Uno de las infinitas puntas de la revelación de material escrito que ha circulado entre el Departamento de Estado de EE.UU. y sus embajadas en todo el mundo alude a la relación entre ese país y Brasil. Uno de esos cables menciona una conversación que personal que el embajador Clifford Sobel mantuvo en enero de 2008 con el ministro de Defensa de Lula da Silva, Nelson Jobim, quien describió al entonces número dos de Itamaraty, Samuel Pinheiro Guimarães, como alguien que “odia a los Estados Unidos” y “trabaja para crear problemas” en la relación bilateral.
Jobim es descripto como “tal vez uno de los líderes más confiables” (para EE.UU., claro) y la Cancillería brasileña casi como una enemiga.
El problema es que Jobim ha sido confirmado en su cargo por Dilma, lo que, tras conocerse lo anterior, determinará que la relación entre éste y la diplomacia brasileña no sea la mejor. Un cortocircuito no menor. Y, además, pone en serio entredicho la imagen del ministro de Defensa del país ante las bases del Partido de los Trabajadores y su dirigencia ubicada más a la izquierda, que no se alegrará precisamente por tener en ese cargo al mejor amigo del Tío Sam.
Y otra delicia: el gobierno de Lula ha ocultado a presos por causas de terrorismo, dice la embajada, y los presenta como sospechosos de narcotráfico para no levantar olas. Si es cierto, ¿no es eso violatorio de garantías y disposiciones jurídicas y, eventualmente, del derecho de defensa y los derechos humanos?
¿Continuará la saga?