La última encuesta de Gallup muestra que la aprobación retrospectiva a la Presidencia de George W. Bush supera a la que recoge hoy la de Barack Obama: 47% a 46%. La imagen del republicano trepó nada menos que 13 puntos desde que salió sin gloria del poder hace dos años.
La nostalgia de tantos estadounidenses en llamativa, pero acaso se explique en parte por la actitud vacilante de un presidente demócrata que, en vez de dar pelea por las causas en las que dice creer, sistemáticamente opta por la concesión a sus críticos.

Un buen ejemplo es el acuerdo que acaba de cerrar con la oposición republicana de prorrogar por dos años (hasta el final de su mandato) las rebajas impositivas otorgadas en su momento por Bush, que, pese al galopante déficit fiscal del país, benefician incluso a los más ricos.
Pese al escollo fiscal, los republicanos, triunfantes en los comicios de mitad de mandato, insistieron y Obama cedió. El Presidente pretendía mantener el beneficio sólo para la clase media, es decir aquellos que ganan hasta u$s 250.000 por año. Al acordar con los conservadores, admitió que el beneficio corra también para quienes superan esa cifra, lo que conllevará un costo adicional de u$s 700.000 millones en diez años.
Curioso: parte central de la oposición a la reforma de salud que, aun con una versión final descafeinada, dio cobertura a 32 millones de personas que no la tenían era su elevado costo en un contexto económico que –afirmaban- requiere más recortes que nuevos gastos. Los republicanos abominaban de gastos calculados en u$s 900.000 millones en una década, una cifra no muy lejana a la volcada ahora a los bolsillos de los más acaudalados. Lo que era malo para dar salud a la población pobre del país (más del 14%, algo inconcebible en el país más rico del mundo, dueño del 20% de la riqueza global) es bueno ahora en beneficio de las 39.000 familias más ricas del país, desde la de Bill Gates hasta la de Warren Buffet, por nombrar a dos íconos.
Lo concreto es que Obama acordó con la oposición esa extensión de una de las medidas económicas más polémicas de Bush, pero “se olvidó” de pactar con su propia tropa. El ala liberal del Partido Demócrata ha puesto el grito en el cielo, y reclama que, si el desequilibrio de las cuentas públicas no importa, entonces que el esfuerzo de gasto se destine a los más pobres y a auxiliar a los desocupados. Si el entendimiento del mandatario con los republicanos finalmente pasa por el Congreso, acaso sea más gracias a los votos opositores que a los oficialistas…

Se sabe que la ideología no es más que el interés privado convertido en doctrina que lo muestra como funcional al bien público. La teoría conservadora indica que desgravar a los más ricos implica estimular el ahorro y la inversión en los sectores que tienen la posibilidad de realizarlos. La realidad es que la inversión seguirá siendo endeble en un contexto de desempleo cercano al 10%, de un crecimiento lánguido como el actual y de debilidad del consumo y del mercado interno.
Al final, la ideología desaparece y sólo queda expuesto, crudo, el interés privado.