Cuando, poco después de haber asumido, Barack Obama puso levantar la mirada de los enormes problemas domésticos y mirar al mundo, se trazó un objetivo ambicioso y valiente: volver a sentar a palestinos e israelíes a una mesa de negociación y emplazar a estos últimos para que cesen las construcciones en las colonias judías en Cisjordania (foto). Ésa era la única forma de establecer a Estados Unidos como un mediador medianamente equidistante de las partes y relanzar el diálogo de paz. Se sabe que esas construcciones, que el ala más intransigente del gobierno de derecha de Israel mantiene a capa y espada, tras un interregno de 10 meses ya agotado, son el principal obstáculo a un entendimiento, dado que (ya con 400.000 habitantes) tienden a reducir cada día más el ya empequeñecido territorio en el que deberá emerger un Estado palestino. La parálisis resultante de esa tesitura precipitó la decisión de Argentina y otros países de reconocer ya la independencia palestina, un gesto a la vez concreto y tendiente a fortalecer la posición árabe ante eventuales negociaciones.
La última oferta de Washington había sido una moratoria de tres meses en las construcciones a cambio de beneficios bien tangibles para Israel: provisión de equipos militares de avanzada (sólo en aviones de guerra de última generación, u$s 3.000 millones), el veto a cualquier moción contraria al Estado judío en la ONU y el compromiso de que dicha moratoria sería la última. Pese a todo, Israel dijo no.
Pues bien, fiel a sus convicciones groucho-marxistas (“estos son mis principios; si a usted no le gustan, tengo otros»), Obama tiró otra vez la toalla y decidió dejar de imponer esa condición para el regreso a las negociaciones. ¿Plan B? No hay. no habrá negociaciones, entonces. La decepción palestina es total.
En medio de una crisis económica y social interna muy profunda, Estados Unidos recoge el hilo del barrilete en el mundo. La hiperpotencia global da la impresión de poder imponer cada vez menos cosas.