Hiela la sangre asistir al espectáculo de estas horas. Un pogromo racista y xenófobo en toda la regla en plena Ciudad de Buenos Aires, que avergüenza, duele y, lo más grave, se acaba de cobrar una cuarta muerte.
Afortunadamente, después de una intervención pública bastante menos que poco feliz del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, el gobierno nacional tomó cartas en la crisis de Villa Soldati y convocó a Mauricio Macri a la Casa Rosada. Vale, pero es una lástima que se lo haya hecho tan tarde, cuatro días y cuatro muertos después del inicio de la crisis por la toma del Parque Indoamericano.
No me importan nada las especulaciones políticas, quién se beneficia y quién pierde con todo esto. O si hay que criticar a algunos y no hacerlo con otros. Nunca hay obediencia debida, y menos ante la sangre.
Los hechos demostraron varias cosas.
Mauricio Macri ha llevado adelante en tres años de expansión económica y recursos fiscales crecientes una gestión pasmosamente insolvente en los temas más sensibles: salud, educación, infraestructura, vivienda. Los índices de mortalidad infantil en el sur de la ciudad dan miedo, la infraestructura escolar colapsa, los presupuestos se subejecutan, las viviendas sociales construidas se cuentan apenas por decenas, algunos parques parecen más bien baldíos propicios para las tomas. Sólo ha creado una policía de cotillón, camuflada New York style, y su único aporte en esta crisis ha sido atizar los sentimientos más bajos, racistas y xenófobos, de una parte importante de la sociedad porteña.
El gobierno nacional también erró fiero al dejar que las cosas escalaran hasta este punto. No es admisible que Aníbal Fernández haya dicho que “ni loco” restaría fuerzas policiales en otras zonas de la ciudad para desplegarlas en Soldati. ¿No se destinan 1.000, 1.500 policías a los partidos de fútbol de “alto riesgo” acaso? ¿No está la Policía Federal en condiciones de mantener sus tareas habituales y, cuando es menester, acudir ante una situación de emergencia? Nunca se había informado de semejante crisis en la fuerza.
El conflicto no se puede ni se debe resolver a los tiros, y no tengo la menor idea de cómo se soluciona la cuestión de fondo. Cómo se atiende la necesidad de miles de personas de tener diez metros cuadrados “propios” para vivir bajo las mismas chapas y cartones de siempre, pero sin estar tan hacinados como hasta ahora y sin tener, encima, que pagar alquiler por ello. No sé tampoco cómo se concilia esto con el reclamo de quienes legítimamente no quieren ver el surgimiento de una villa más en la puerta de su casa.
Insisto: la solución en todo caso debe ser política y nunca será policial. Pero las fuerzas de seguridad (Metropolitana, Federal, Gendarmería) debían haber actuado en lo inmediato, a la espera de una solución negociada, como fuerza de disuasión y, en un extremo, de interposición entre los ocupantes del parque y los lamentables herederos plebeyos de la Liga Patriótica Argentina de 1919. Eso habría evitado otra muerte.
Resultó triste también ver por televisión como mientras se celebraba el Día Internacional de los Derechos Humanos y la presidenta Cristina Kirchner premiaba a Madres, Abuelas y a Baltasar Garzón, entre otros, se desataba, en curiosa coincidencia, el pogromo citado. El tiempo dirá cuánto hubo de casual o de causal en ello. En cualquier caso, más pasto para las fieras que distinguen entre los derechos humanos de ayer y los de hoy, los de los ya muertos y los de los aún vivos, como si una cosa inhibiera la otra, como si finalmente no fueran un mismo y único principio que defender. Hartan ya, y no hacía falta hacerles el juego con un día más de inacción indolente ante un desastre que, se olía en el aire, volvería a estallar como en las jornadas previas.
Tan malo fue el diagnóstico de la situación, que pasa desapercibido un anuncio trascendente como es la creación de un Ministerio de Seguridad, un guiño importante a una gran parte de la sociedad legítimamente preocupada por la inseguridad. Tan desacompasado estuvo, que no se advirtió que el pedido de disculpas a los países limítrofes por los impresentables dichos de Macri, a esa altura, debía hacerse en realidad por el asesinato de tres bolivianos y un paraguayo. Los hechos habían superado lo imaginable.
Ante tanto mal cálculo, no hubo presencia del Estado, los “monstruos extranjeros”, bolivianos y paraguayos, sólo siguieron aportando muertos y “los vecinos” buenos, las consignas racistas y las atrocidades.
No todos los que han ocupado el Parque Indoamericano son extranjeros. Muchos son argentinos, otros, hermanos latinoamericanos afincados aquí desde hace muchos años. Pero la construcción político-mediática ha instalado la idea de que todos son foráneos, que es lo que le da su componente de pogromo a estos hechos.
Así las cosas, digamos que es obvio que un país puede tener una política migratoria y que eso no es pecado. Pecado es todo lo que se hizo y se dijo en los últimos días de furia, que no se repare en que esos extranjeros trabajan y producen en el país, sueñan en él y ya son parte del mismo. Como mis abuelos, como los tuyos, probablemente.
Pecado es repetir como idiotas que los argentinos pagamos nuestros impuestos (¿todos, en serio?), que los de afuera nos roban el trabajo y no sé cuántas imbecilidades más, que hasta uno podría seguir citando si no fuera tan repugnante reproducir el combustible social, el contexto, el PH justo en el que crece como una bacteria una situación tan lamentable. Parece que algunos imaginan que sus empleadas domésticas, las que cuidan de sus hijos, no duermen en ningún lado, que simplemente se evaporan al caer la noche y recibir las gracias cotidianas pos los servicios prestados.
Pecado es haber retirado la presencia del Estado y dejado a los émulos desclasados de la Liga Patriótica entrar al parque a incendiar carpas y colchones, emprenderla luego contra los periodistas que mostraban los desmanes, tirotear a las ambulancias y, finalmente, sacar a un herido de una de éstas y rematarlo en el suelo.
Un párrafo aparte para los medios. Mucha toma panorámica, mucha opinión de “los vecinos” (¿los otros qué son, carajo?), mucha alusión a los “okupas”, término que, encima, tiene la ventaja de llevar una “k”, la letra más despreciable del abecedario, se sabe.
Si se trataba de simplificar, de identificar, de poner motes, ¿”los desesperados” no había sido, acaso, una expresión apropiada?
El pogromo de la vergüenza

