Silvio Berlusconi sobrevivió milagrosamente a una doble votación en el Congreso. Se sabía que lo haría en el Senado por amplio margen, pero la duda estaba centrada en la Cámara de Diputados, donde, contra los pronósticos iniciales, zafó por tres votos. Para ello necesitó de la deserción de un legislador del Partido Democrático (oposición de izquierda) y de dos de la agrupación de Gianfranco Fini, su ex aliado otrora neofascista y hoy conservador moderno (¡vaya oxímoron!), que fue justamente quien desató la crisis al abandonar la coalición oficial.
«Il Cavaliere» zafó y festeja, pero queda al frente de un gobierno desprestigiado por sus aventuras sexuales (algunas, se ha denunciado, con menores) y por una crisis económica que comienza a sentirse cada vez con mayor intensidad.
Italia no está tan comprometida fiscalmente, pero sí en cuanto a la deuda pública. Si las fichas del dominó europeo siguen cayendo, y a Irlanda le siguen Portugal y España, Italia ya no podrá sentirse a salvo.
Pero además del desprestigio, el gobierno deberá lidiar con un estrechamiento drástico de su base parlamentaria, lo que lo dejará en cualquier momento d merced de nuevas mociones de censura y lo que le hará muy cuesta arriba la aplicación de cualquier reforma legal en el marco de una economía lánguida y en peligro.
Y, peor para él, la reacción social a las medidas de ajuste que comienzan a anunciarse, sobre todo en educación, va en aumento, como lo prueban los graves desmanes producidos hoy mismo en Roma y otras ciudades.
Hoy Berlusconi festeja y su supervivencia política hasta lo benefició con un rebote de las acciones de sus empresas de medios. Mañana, pasada la euforia, se dará cuenta de que ya no tendrá espacio político para sus extravagancias y que 2013, cuando deberían celebrarse las próximas elecciones, le queda lejos, demasiado lejos.
Silvio lo hizo


