Al no concurrir el sábado a la asunción de Dilma Rousseff, Cristina Kirchner se perderá un encuentro que puede sacar chispas: el de la canciller estadounidense Hillary Clinton y el presidente de Chile, Sebastián Piñera.

La referencia es una anécdota, pero el encuentro mencionado será sin dudas tenso. La norteamericana reiterará, seguramente, su rap habitual de disculpas por las filtraciones, pero no encontrará palabras para explicar cómo se pasa de los informes demoledores sobre el presidente-empresario a alguna suerte de elogio público.

En los últimos cables diplomáticos revelados por WikiLeaks, Piñera es descripto como “tenaz y competitivo” y se afirma que “maneja sus negocios y la política hasta los límites de la ley y la ética. Algunas de sus acciones, como prestar dinero a empresas ficticias, parecen cruzar claramente la línea de la incorrección legal”.

El cable está fechado el 9 de octubre de 2009 y está firmado por Carol Urban, “número dos” del entonces embajador Paul Simons, quien abandonó la legación este año, algo que atenuará las consecuencias de la indiscreción.
La comunicación diplomática también alude a la multa que Piñera debió pagar por haber usado información privilegiada para comprar tres millones de acciones de la aerolínea LAN, de la cual fue socio mayoritario hasta este año, poco después de su asunción.
Además menciona el caso del Banco de Talca entre 1979 y 1980.

“Como muchos otros bancos de la época -y no muy diferente de la reciente crisis financiera de Estados Unidos- el Banco de Talca concedió muchos créditos arriesgados, que inicialmente generaban apreciables beneficios, pero finalmente lo llevaron a la bancarrota”, recuerda.
“Piñera y otros directivos del Talca fueron más allá de las típicas actuaciones inapropiadas de la época y crearon docenas de falsas compañías, les concedieron créditos y usaron esos fondos para comprar más acciones del banco”, añade.
Por otro lado se lo describe como un severo crítico de Michelle Bachelet, a quien calificaba como “una buena mujer, pero una mala presidenta” y se dedican algunos elogios a su capacidad de trabajo.
Como en otros casos, los “wikichismes” sobre Piñera recogen, en rigor, mucho de lo que se ha dicho sobre él y de los que se sabe públicamente. Pero actualizan ese pasado incómodo, lo ponen en boca de “los Estados Unidos” y suman ruido a una relación bilateral que se suponía idílica.
Las revelaciones (que, como se vio, no son tales) tienen sí el mérito de exponer públicamente opiniones reservadas, de constatar cuán sesgadas y limitadas son las fuentes de información y análisis que consultan los diplomáticos y de dejar mucha tela para cortar acerca de la percepción “colonialista” de Estados Unidos sobre los personajes y eventos internacionales. Pero su impacto no irá mucho más allá de las vergüenzas actuales y de una segura reorganización del cuerpo diplomático norteamericano, imprescindible para recomponer algún día la red de diálogos confidenciales que se revelan en las filtraciones.

Mientras, los funcionarios chilenos dirán que Estados Unidos ya pidió disculpas, no aclararán por qué lo hizo (si por la infidencia o por la opinión negativa), Hillary se flagelará en público (un poquito, claro) y la historia seguirá.
A propósito, una vez más: ¿por qué, en paralelo a las polémicas, los problemas judiciales de Julian Assange y las negociaciones con la Casa Blanca «por motivos de seguridad» confesadas por los medios encargados de divulgar las filtraciones, los chismes son cada vez más aislados y los países más castigados inicialmente parecen haber salido de la agenda? Parece que el criterio inicial de selección del material hecho por los medios encargados de difundirlas no fue demasiado ecuánime.