Hace un tiempo hicimos nuestro balance de la era de Luiz Inácio Lula da Silva. A apenas tres días del traspaso del poder a su heredera política, Dilma Rousseff, es pertinente profundizar ese esfuerzo debido a lo sesgada que suele ser la cobertura del tema en la prensa Argentina. Al revés de lo que ocurre en Brasil, donde Lula no es el héroe de las élites, muchas veces en nuestro país se exageran los logros del brasileño para presentarlo como contratara del Anticristo que nos ha tocado. Pero una caricatura nunca es un retrato.
Defendimos y defendemos como un logro trascendente del lulismo, logrado, igual que en nuestro país, a favor de un fuerte viento de cola internacional, que benefició a todos los exportadores de materias primas (¿cómo, Brasil es básicamente un exportador de commodities? Claro): el cumplimiento de la promesa hecha en la campaña de 2002 de que todos (o casi todos) los habitantes pudieran al menos comer. Se trata de un hecho trascendental y extraordinario, que constituye la rareza de que, al fin, un imperativo moral fue cumplido (en términos generales) por la política. Algo que justifica que el mandatario se vaya del poder con una popularidad del 87%.
Se conocen ampliamente, acaso por lo explicado más arriba, algunos hechos clave logrados por Lula. Entre ellos, el crecimiento sostenido, la fuerte captación de inversiones externas (de las productivas, pero también de las otras), el aumento de las exportaciones, la proyección política y económica internacional, la reducción de la pobreza, etcétera, etcétera.

  • Unos 30 millones de brasileños salieron de la pobreza en los últimos ocho años, pasando a revistar en una clase media que accedió por primera vez al crédito y al consumo.
  • Durante su gestión se crearon 15 millones de puestos de trabajo, y el desempleo se derrumbó del 10,5% al 5,7% actual.
  • Del 35% de pobreza, se bajó al 24% en 2008, y del 13,7% de indigencia se pasó al un 6,6% en el mismo período.
  • La proeza se consiguió gracias, además del avance macroeconómico, a la aplicación de una masiva ayuda social, resumida en el plan Bolsa Familia, que acerca una renta mensual de entre u$s 13 y 117 a las familias que ganen menos de u$s 80 por mes, según su grado de necesidad. Esto le ha costado este año al Tesoro brasileño u$s 7.647 millones.

Pero esta postal, aunque meritoria, no es completa.

  • Brasil sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo, sólo “superado” en la región por Haití y Bolivia.
  • Su Índice de Gini (que cifraría la desigualdad absoluta en 1 y la igualdad perfecta en 0), fue de 0,56 en 2008, según datos divulgados el año pasado por la PNUD. Mientras, Bolivia y Haití registraban un índice de 0,6.
  • Según la PNUD, mientras Argentina, por caso, registra un índice de desarrollo humano que lo ubica en el puesto 46 sobre un total de 169 países, Brasil figura 73, por debajo de, por caso, Mauricio, Azerbaiyán y Albania.
  • Además, entre 2002 y 2009 el analfabetismo pasó de afectar al 11,8% de los brasileños mayores de 15 años al 9,7%. El último dato representa 14,1 millones de personas. Hubo una mejora, pero fue demasiado leve.
  • La tasa de escolaridad, que mide el tiempo promedio de instrucción formal en los distintos países, ubica a Brasil con 7,2 años, al nivel de Zimbabue.
  • En materia de educación, si el informe PISA registró la decandencia de la Argentina y el crecimiento de Brasil, la foto indica que ambos países están hoy en un nivel insatisfactorio: nuestro país en el puesto 58 y el vecino, algo mejor, en el 53.
  • En lo que hace al acceso a la red cloacal y al agua potable, si en 2002 el 59% de los hogares no tenían acceso, esa proporción descendió, ocho años después, a un 56%. A nivel de municipios, los que cuentan con tratamientos cloacales subió módicamente de 2.630 a 2.795.

El obvio que se ha hecho mucho en estos años, que no alcanzó y que no podía ser de otra manera dado el piso de necesidades del que partió la era Lula. También que ese piso es hoy más alto para Dilma Rousseff, lo cual es muy bueno.
Pero también es verdad que Brasil se benefició, como nosotros y los otros vecinos del barrio, de una coyuntura internacional favorable y que no se avanzó mucho en lo que hace a la distribución del ingreso con un criterio progresivo. Y que eso se hace con voluntad política, pisando callos, afectando intereses y generando críticas.
No todo es diálogo y concordia en la vida. Más cuando se trata de que algunos cedan algo de lo mucho que tienen para mejorar la condición de quienes han vivido siempre privados de casi todo.