Evo Morales decidió que los subsidios a los combustibles, que le costaban ya al Estado u$s 380 millones por año (u$s 1.900 en un lustro), no daban para más. Así, decidió un tarifazo de entre el 57% y el 82% en los precios del gasoil y las naftas. Un ajuste en toda la regla que golpea a los más débiles (su base electoral) y que le abre un enorme flanco para que se lo corra por izquierda. Justo a él.

Lo de Evo es una jugada de alto riesgo, que en otro tiempo ha volteado gobierno, claro, más débiles que el suyo. Pero lo visto hoy en El Alto y la Paz, las manifestaciones masivas, los intentos de saqueo, las refriegas con la policía y una corrida bancaria peligrosa, son una fulgurante luz amarilla.

Hugo Chávez cedió hoy a la realidad y tomó conciencia de que los esquemas de control de cambios generan un mercado paralelo. Si a eso se le suma una paridad fija (y muy baja) para las importaciones de productos esenciales como la comida (masivas en Venezuela) y los medicamentos y, además, una inflación del 27% anual que erosiona más el tipo de cambio, el desenlace estaba cantado. Hoy se unificó el mercado cambiario, lo que supone una devaluación del 65%, una inflación en alza para 2011 y un golpe severo al bolsillo de los más pobres, también su base política.
Bolivia y Venezuela, los dos modelos emblemáticos del eje bolivariano, están hoy en crisis. Uno, por un cúmulo demasiado grande de subsidios a la energía, que no se podían seguir sosteniendo. El otro, por la erosión persistente de una inflación elevada sobre un tipo de cambio fijo.

Son dos ejemplos extremos pero no ajenos a lo que ocurre en Argentina, que está hoy lejos de sufrir problemas agudos como los de sus vecinos pero que debería ver en lo que allí ocurre dos advertencias acerca de los límites de ciertas políticas. Límites que obligan a hacer “sintonía fina” para no toparse con sorpresas desagradables. Y para evitar que algunos, los que siempre juegan al fracaso, comiencen a sentir el fuego de la ilusión.