Luiz Inácio Lula da Silva dejará mañana el poder. Su proceso fue tan rico y tiene tantos matices que no puede ser agotado en un mero balance de ocasión. Quiero, sin embargo, repetir una entrada anterior que, creo, resume bien el modo en que personalmente interpreto el trazo grueso de los últimos ocho años vividos por Brasil. Acá va.
«Mi objetivo es que, cuando termine mi mandato, todos los brasileños coman tres veces por día», dijo Luiz Inácio Lula da Silva allá por 2002, cuando todavía era una incógnita para todos, su currículum causaba convulsiones en los mercados y su llegada al Palacio del Planalto distaba de estar asegurada. Si ese es el criterio por el que, a pedido de él mismo, se debe juzgar su paso de ocho años por el poder, no cabe menos que despedirlo con un aprobado y con un aplauso sonoro.
Es que su amplia política de ayuda social, que avanzó sobre lo mucho y bueno, hecho por su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, es reconocida de manera unánime en Brasil y en todo el mundo. Esta, que abarca a 11 millones de familias, un cuarto del país, sumada al crecimiento de la economía y al desarrollo del crédito, le permitió sacar a 30 millones de personas de la pobreza y engrosar la clase media, al punto de que hoy abarque a la mitad de los brasileños.
La pregunta es cómo lo logró, lo que lleva a poner la lupa en un modelo demasiado idealizado (y distorsionado) fuera de Brasil.
Como presidente, Lula da Silva aplicó una política muy amigable hacia la inversión, pero estuvo muy lejos de ser un liberal. Por el contrario, al viento llegado de China (que, como se ve, no sólo benefició a nuestro país) se sumaron buenas condiciones para la actividad privada y un fuerte activismo del Estado en la economía que a menudo es soslayado.
En buena medida gracias al providencial cambio del paradigma de la economía internacional (con un mayor dinamismo en el mundo en desarrollo, con el auge de China e India, y con ingentes masas de seres humanos que comenzaron, por fin, a acceder a la quimera de alimentarse), Lula da Silva pudo resolver el conflicto que partió en dos a todos los gobiernos posteriores a la restauración democrática: liberalismo o desarrollismo.
El líder del Partido de los Trabajadores entregó a los primeros la política monetaria, colocando a Henrique Meirelles, ex cabeza mundial del BankBoston, al frente del Banco Central, pero dejó todos los resortes de la economía productiva en manos de políticos que incrementaron exponencialmente el rol impulsor del Estado en la economía. Una tendencia de la que recela el gran empresariado, aunque le haya servido en los últimos años para ganar más dinero que nunca.
Quienes elogian el modelo brasileño deben saber que están celebrando enormes planes de ayuda social, el mantenimiento de un sistema jubilatorio estatal y más que generoso, un consiguiente aliento del mercado de consumo interno, un capitalismo extensamente subsidiado por el Estado y la persistencia de un núcleo duro de empresas estatales, cuyo emblema es Petrobras.
La «entrega del Banco Central al mercado financiero» fue el eje del conflicto ideológico que signó el comienzo de la era Lula, que, curiosa coincidencia, derivó tanto en una escisión del Partido de los Trabajadores como en una queja permanente de la poderosa industria paulista, que siempre reclamó a gritos crédito más barato.
Sin embargo, ello permitió el ingreso al país de una enorme cantidad de divisas, lo que infló el valor de la moneda local. Esta tendencia se acentuó con el auge de los precios de las materias primas, en buena medida la soja. El enojo recargado de los industriales, que auguraban dificultades para exportar y para competir con las importaciones que nunca se produjeron, fue paralelo al de los productores agropecuarios, que si bien no debieron lidiar con retenciones, vieron, por otro camino, cómo, igual que en la Argentina, el valor en moneda local de sus ventas al exterior no rendía tanto.
Sin embargo, el dólar barato permitió que, en un contexto de permanente expansión de la producción agropecuaria, los alimentos se hicieran accesibles para el pueblo. Para decirlo brutalmente, el superreal les permitió a los pobres pagar el arroz en pie de igualdad con los chinos.
Mientras, para alivio de los empresarios, la tasa de interés fue bajando paulatinamente en el mundo, disimulando los efectos moderadores de la actividad de un Banco Central muy celoso con la inflación. El esquema terminó resultando virtuoso para todos: los empresarios encontraron financiamiento más barato, y los pobres, una estabilidad de precios que les facilitó la vida.
El capitalismo subsidiado en Brasil tiene un nombre: Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social. El año pasado, el BNDES financió a baja tasa proyectos productivos por valor de 137.000 millones de reales, 80.600 millones de dólares al cambio actual. Así, su participación en la oferta total de crédito trepó del 17% en 2008 al 20% el año pasado, y la tendencia sigue en aumento.
El Gobierno acaba de capitalizar la entidad con 17.500 millones de dólares, lo que se suma a un aporte de más de 100.000 millones de dólares realizado a principio del año pasado. El ritmo de crecimiento de los créditos entregados por el BNDES es del 18% en lo que va del año.
Para mejor, el gerenciamiento responde y evita que el gran banco de fomento sea un agujero negro entregado al amiguismo: las utilidades crecen este año cerca del 25% comparadas con 2008.
¿Una gran empresa brasileña encara obras de infraestructura en el país o, mejor aun, en Venezuela o Perú? Allí está el BNDES. ¿La disparidad cambiaria permite a las compañías locales quedarse a precio de ganga con emblemas de la industria argentina? El Estado acude con financiamiento blando.
Así, las compañías locales, ya enormes dada la escala del mercado brasileño, se van consolidando, con apoyo estatal, como verdaderas multinacionales.
Quienes admiran el modelo brasileño deben hablar de empresas estatales, porque las privatizaciones, encaradas en el Gobierno de Cardoso, no tuvieron allí el alcance registrado en la Argentina. Tampoco, claro, se produjo una destrucción de industrias (y empleo) análoga a la sufrida en diferentes etapas por nuestro país. Cuando el contexto mundial no jugaba a favor, la economía brasileña pasó por la hiperinflación, crisis varias y un estancamiento prolongado. Pero nunca se destrozó la riqueza nacional generada por una cadena de gobiernos desarrollistas que incluyeron un régimen militar muy diferente del Proceso argentino.
Por caso, en los 90, el petróleo se abrió al capital privado, pero el Estado siguió teniendo poder de veto y, de hecho, el control estratégico de Petrobras. Ese esquema, que sumó dinero fresco a una visión estratégica, terminó con el Brasil dependiente de la energía importada y, a fines de 2007, se tradujo en un impactante descubrimiento de petróleo en el lecho del Océano Atlántico capaz de convertir al país en el sexto productor mundial de crudo y aportarle una riqueza de 1 billón de dólares. Lula da Silva se convirtió en jeque, como bromeó, sorprendido, otro jeque, Hugo Chávez.
Aprovechando el surgimiento del «Brasil saudita», el presidente modificó el esquema regulatorio del sector. En lugar de coparticipar a los accionistas privados de Petrobras, que habían realizado el esfuerzo inversor junto al Estado, decidió (con el Congreso) que el nuevo crudo sea entera propiedad de la Unión. A su vez, como compensación, determinó que Petrobras sea la única empresa autorizada a explotarlo.
La reciente ampliación de capital de Petrobras resulta reveladora del rol que le adjudica el Gobierno. La operación, que alcanzó a 70.000 millones de dólares y se convirtió en la mayor de la historia, tuvo un componente estatal de nada menos que dos tercios del total. Así, la participación del Estado pasó del 40% al 48% del capital total, y del 55% al 60% si se consideran solamente las acciones de derecho a voto.
El 1 de enero próximo, cuando Lula da Silva deje el poder, tocará a su fin una etapa extraordinaria en la historia de Brasil. Una historia de éxitos, deudas pendientes (sigue siendo una de las sociedades más desiguales del mundo) y promesas estimulantes. El componente ideológico del proceso ha sido menos denso que el declamado por quienes enarbolan la idea de un Lula izquierdista y por quienes lo consideran un ortodoxo puro.
Lo cierto es que Brasil, siempre pragmático, se dirige al desarrollo y se ganó un lugar de liderazgo en la política regional. La Argentina, su primer socio en la aventura inconclusa del Mercosur, mira, y, esperemos, aprenda.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

