La suba del real no dio respiro en Brasil ni siquiera en el día en que verdaderamente comenzó el gobierno de Dilma Rousseff. Ayer trepó otro 1%, y cerró a su mayor nivel desde septiembre de 2008.
Se trata del problema más acuciante de la economía del país vecino, que se tradujo el año que acaba de terminar en una caída interanual del 19,8% del superávit comercial, que se redujo a u$s 20.278 millones, el menor en ocho años. Y eso a pesar de que el auge de los precios de las materias primas se tradujo en exportaciones récord de u$s 201.916 millones.
Dispuesta a cortejar al sector privado de la economía, Dilma, que también estudia un fuerte recorte del gasto público y privatizar la ampliación y gestión de los aeropuertos, no piensa en modificar el régimen de tipo de cambio flotante. La manera, entonces, de atender los reclamos del sector exportador será reducir la carga impositiva para los más afectados, mejorando su competitividad.
Así lo sugirió ayer el nuevo ministro de Desarrollo, Industria y Comercio Exterior, Fernando Pimentel. “El gobierno no se quedará inerte ni pasivo mientras nuestra moneda se valoriza y perjudica a nuestra industria. Tenemos que encontrar caminos sin alterar el modelo de cambio flotante que adoptamos», indicó.
Los primeros sectores en recibir socorro serían el textil y el de los calzados, sometidos hoy a un régimen de cupos en nuestro país. No debería sorprender que en los próximos meses se produzcan en ellos nuevos tironeos.
A pesar de que la ecuación cambiaria beneficia hoy a la Argentina, Brasil disfruta de un superávit comercial estructural: el comercio bilateral trepó a u$s 30.000 millones en 2010, pero dejó un rojo de u$s 4.097 para nuestro país, explicable en buena medida por lo que ocurre en autopartes. Así las cosas, no debería desatenderse la erosión que una inflación elevada provoca en un tipo de cambio que se mueve poco y nada.

