¿Los locos deliran en el aire o en sentidos condicionados por su entorno social? La pregunta debe ser respondida por psicólogos y psiquiatras, pero acaso no todos ellos se pongan de acuerdo. Con todo, convengamos que cuando un loco toma un arma, le mete un balazo en la cabeza a una diputada, mata a seis personas (entre ellas un juez federal y una nena de nueve años) y deja heridas a trece más, el contexto debe ser al menos tenido en cuenta.
Nadie discute estoy hoy en Estados Unidos a cuento de la matanza que perpetró Jared Lee Loughner (foto), el joven de 22 años que se propuso el sábado asesinar a la legisladora Gabrielle Giffords. No lo logró (por ahora ella lucha por su vida en un hospital), pero sí hizo que todo un país se pregunte si la retórica política de odio en vigor no llegó demasiado lejos.
Y sí, la verdad es que llegó demasiado lejos. Barak Obama retratado en medios de comunicación y manifestaciones como Hitler. Calificado, sin que nadie se sonroje, como comunista, fascista, criptomusulmán. Sus políticas, como la reforma de salud, no son intentos de dar cobertura a 45 millones de estadounidenses sino de matar a los ancianos para ahorrar recursos. El salvataje estatizador de los bancos era la fundación de los Estados Unidos Soviéticos de América.
Líderes legislativos demócratas como la propia Giffords colocados en las redes sociales con una mira telescópica sobre su rostro, su rival republicano en la última elección llamó a descargarle una ráfaga de M-16, la incitación al odio, al liberal, al “progre” es permanente.
¿Nada que decir aquí, cuando Néstor Kirchner era retratado como Hitler, cuando Elisa Carrió contaba que “la gente” le decía “los quiero matar”, cuando los escarches violentos de los ruralistas eran indulgentemente comprendidos como reacciones naturales, cuando se afirmaba que el expresidente se dedicaba a «pensar perversiones veinticuatro horas por día»?
Bastante nos hemos bandeado también aquí en los últimos años, demasiada rienda suelta se le ha dado a la desmesura, al odio, a la descalificación.
Nunca hay que recorrer caminos que llevan a donde nadie querría ir.