Las cumbres entre presidentes son pomposas ya desde el nombre y generan atracción. Por más que habitualmente no arrojen grandes novedades y que lo importante suela tratarse a puertas herméticamente cerradas.
Éste es el caso de la publicitada visita de Hu Jintao a Barack Obama. Con el agregado de que la misma se da entre el presidente de la potencia emergente y el de la actual, que muestra signos de decadencia que no convendría exagerar.
Los desacuerdos serán más políticos que otra cosa. Sobre todo lo referente a los reclamos de Estados Unidos sobre el estado de los derechos humanos en China, cuya brutal represión de la libertad de expresión, veda de la actividad política, mal trato a los presos y la existencia de prisioneros políticos, entre otras bellezas, si no son ignorados muchas veces quedan opacados en las conciencias normalmente sensibles ante la prepotencia de su veloz desarrollo económico.
Corea del Norte, un motivo de desvelo para Estados Unidos, tiene en China uno de sus escasos aliados. Pero el propio Pekín está cada vez más harto de su socio que, volcánico y sentado sobre un pequeño arsenal nuclear de dudosa eficacia potencial, vive amenazando con guerras a su vecino del sur e intentando, sin éxito, canjear paz por efectivo.
Con respecto a Irán, las cartas están más bien echadas. China y Rusia acompañan a regañadientes las sanciones internacionales por el plan nuclear persa, pero con cautela y ofreciendo siempre a la República Islámica una puerta para ensayar acercamientos a la comunidad internacional cuando la tirria apremia. Statu quo a pleno. Un juego funcional a un régimen que necesita ganar tiempo para llegar a la capacidad de producir armas nucleares, un objetivo que es visto como su garantía de supervivencia por compartir vecindario con el atómico Israel y con unos Estados Unidos asentados en torno a sus fronteras en Irak y Afganistán.
En lo económico, los reclamos y respuestas serán los de fórmula. Obama se quejará por el impactante superávit comercial chino, y Hu contestará que éste se ha achicado en el último tiempo. El estadounidense dirá que el yuan debe apreciarse, y el chino, que ya lo hizo un 3% a mediados de 2010 y que, considerada la inflación, la sobrevaluación real se eleva al 6 o el 7%. Más no se puede a corto plazo, so pena de socavar las exportaciones, una de las bases primordiales del modelo económico. Gradualismo (o una mera promesa) será la conclusión.
Pero, en ningún caso, las declaraciones explosivas de consumo doméstico harán que la sangre llegue al río donde las cosas se cocinan de verdad. China es el principal acreedor externo de Estados Unidos, y retiene cerca de u$s 900.000 millones en bonos del Tesoro (sobre una deuda total de 14 billones) en momentos en que ese país no puede darse el lujo de espantar a ningún inversor.
No olvidemos que en las últimas semanas, China sumó a los países europeos en problemas a su esquema de creciente prestamista de última instancia. Además de Estados Unidos, España, Portugal, Irlanda y hasta Grecia han recibido compras chinas de deuda pública, en un intento de que no se caigan mercados de exportación vitales para Pakín y que una crisis arrastre a toda la eurozona con consecuencias devastadoras para la economía mundial. Un comportamiento típico de superpotencia.
Mientras China actúa como un factor de estabilidad global, la relación bilateral se retroalimenta: Estados Unidos financia el crecimiento chino a través de la balanza comercial bilateral y Pekín hace lo propio con el déficit de cuenta corriente norteamericano, usando los dólares acopiados en el primer tramo del ciclo.
Es fácil imaginarse quién gana a largo plazo en una relación semejante, pero eso no es algo que se dirima en una mesa o en una cumbre. Es la estructura. O la economía, estúpido.