El regreso de Jean-Claude Duvalier y el posible retorno de Jean-Bertrand Aristide han puesto al castigado Haití en un torbellino político. Mientras grupos defensores de los derechos humanos se afanan por vencer las dificultades y llevar al primero a la Justicia para que responda por miles de casos de secuestro, tortura, desaparición y asesinato, la comunidad internacional, que debería ayudar en esa causa a un Gobierno fantasmal, da en cambio señales extraña y peligrosamente contradictorias.
Estados Unidos se ha limitado a decir que las dos presencias no ayudan al país. Francia, acaso para no explicar cómo permitió a Duvalier viajar a Haití con un pasaporte vencido, calla. La Organización de Estados Americanos (OEA), apoyada por las Naciones Unidas, presiona para que las autoridades electorales admitan el fraude cometido a favor de Jude Celestin, el candidato del presidente saliente René Préval, y lo saquen de una segunda vuelta cuya fecha prevista ya pasó y aún no se sabe cuándo se llevará a cabo.
En medio del caos, Duvalier y Aristide especulan con que la crisis se haga tan grande que, directamente, lleve a la cancelación de los comicios y a la convocatoria a uno nuevo, lo que los habilitaría para competir. Incipientes manifestaciones realizadas hoy mismo en Puerto Príncipe (foto) apuntan a crear las condiciones para que ello ocurra, algo que, señalemos rápidamente, sería un fracaso y un bochorno ilevantable (uno más y van…) para la comunidad internacional que tutela al país.
En ese sentido, llaman poderosamente la atención declaraciones de Igor Kipman, el embajador de Brasil, nada menos que el país que comanda la Minustah, la fuerza de la ONU que busca mantener el orden en el país.
Lejos de hablar de juicio y castigo, señaló que la presencia de Duvalier y Aristide es «bienvenida».
“Es importante la participación de todos en este momento. Cualquier participación es bienvenida, tanto la de Aristide como la de Duvalier», dijo.
Folha de Sao Paulo, el medio que recogió sus declaraciones consigna que hace sólo dos días su postura era muy diferente.
Aristide, derrocado en 2004, “tiene más presencia y más liderazgo entre las masas porque dejó la presidencia hace siete años. De ‘Baby Doc’ ya pasaron 25. Es una suposición mía. Si Aristide viene con el espíritu de contribuir, es benéfico», amplió.
Brasil, cuyo rol es central en Haití, juega con estos dichos a favor del reconocimiento de un rol político destacado a un exdictador acusado de hechos gravísimos como Duvalier. Pero, además, pone en entredicho las promesas de la nueva presidenta, Dilma Rousseff, de privilegiar el tema de los derechos humanos en el diseño de su política exterior.
Si los países con voz en la saga haitiana no juegan un rol honesto, claro y decidido, las posibilidades de enjuiciar el pasado violento se verán frustradas más temprano que tarde y su papel se reducirá, tristemente, a la revalidación de lo mismo que llevó al país al desastre.
¿Confusión o giro en ciernes ante una situación que amenaza con salirse de control?