El atentado de ayer en el aeropuerto moscovita de Domodédovo, que dejó 35 muertos (al menos 8 extranjeros) y 170 heridos (110 siguen internados, muchos graves), pone en evidencia, una vez más, la persistencia de los conflictos que enfrenta Rusia en el norte del Cáucaso, de donde habrían provenido los terroristas. Allí, una insurgencia separatista de cuño islamista lucha por la independencia de repúblicas como Chechenia, Daguestán e Ingushetia, mantenidas a sangre y fuego dentro de la Federación Rusa. Una represión que se tradujo en miles de muertes y que le abrió paso a una creciente influencia de Al Qaeda, según especialistas en la región.
El área es un mosaico explosivo, con 30 millones de habitantes pertenecientes a 60 pueblos diferentes, con agendas de soberanía atávicamente postergadas.

Pero, además de la disputa nacionalista, se juegan en el Cáucaso temas estratégicos de primer orden, que ubican a la región como un foco principal de la disputa entre Rusia y Estados Unidos, la que excede largamente la perimida competencia comunismo-capitalismo propia de la Guerra Fría y que se asienta más bien entre una potencia regional que desde hace siglos busca imponer o mantener su hegemonía en esa zona en competencia con poderes globales provenientes de Occidente.
El Cáucaso concentra nada menos que el 15% de las reservas mundiales de petróleo y gas, con las oportunidades de negocios actuales y futuras que ello representa.
Además, pasan por allí importantes oleoductos y gasoductos, que, dependiendo de la evolución política de la zona, reforzarán o disminuirán la dependencia energética de Europa central y oriental con respecto a Moscú.
Por último, la región es rica en otro insumo energético clave, el uranio, base de la generación nuclear.
Todo esto explica los alineamientos que se dan en la zona: Georgia (que enfrenta una rebelión separatista en Osetia del Norte, apoyada por Rusia) y Azerbaiyán (proveedor de crudo de Occidente a través del oleoducto BTC, propiedad de Chevron en un 9%, y que prepara nueva “cañería” con apoyo del Banco Mundial) juegan para Estados Unidos; Armenia (enemiga de Azerbaiyán, con la que disputó una cruenta guerra por el enclave armenio de Nagorno-Karabaj) e Irán, próximos a Rusia.
Miremos una vez más el mapa: Irán se ve rodeado por la influencia norteamericana en el norte y, más efectivamente, con miles y miles de tropas, por el este (Afganistán) y el oeste (Irak). Más allá de la disputa con Israel (poseedor de cientos de cabezas nucleares, además), ¿sorprende que la República Islámica busque dotarse de armas atómicas como garantía de supervivencia política?
De esto, básicamente, se habla también cuando la OTAN intenta por todos los medios sumar fichas hacia el este y Rusia reacciona con indignación, amenazas y, periódicamente, con el cierre de las válvulas que permiten el paso de gas hacia Polonia, Alemania y otros países.
Por último, un apunte rápido sobre la política rusa. El presidente Dmitri Medvédev fue el delfín de Vladímir Putin, quien, impedido constitucionalmente de buscar una segunda reelección, eligió un heredero (“títere”, describen las malas lenguas) y se refugió en el cargo de primer ministro, responsable de la administración general. Según los analistas, Putin (alguien tolerado pero no querido por Occidente) sigue siendo el hombre fuerte y poder real en Rusia, aunque la cohabitación entre ambos no derivó en los cortocircuitos que muchos imaginaron inicialmente.
En 2012 habrá comicios presidenciales en el país, y ni uno ni otro han dado todavía muestras de tener decidido presentarse, según me dijo hace un rato en radio El Mundo el encargado de negocios argentino en Moscú, José María Venere.
Con todo, llamaron la atención la dureza con el que el supuesto títere criticó ayer las medidas de seguridad adoptadas por el gobierno y su «orden» al premier de que corte cabezas en el Ministerio del Interior.
¿Choque en puerta?