Sí, «la manera chilena» que ensalzó Sebastián Piñera en medio de la euforia por el rescate de los mineros de Copiapó, es la que, más allá de tanta propaganda circundante, supone un límite muy fuerte a las ansias de progreso social.
El terremoto de febrero del año pasado arrojó a medio millón de chilenos más a la pobreza. Una fatalidad, imposible de prever y muy difícil de paliar a corto plazo. Con ello, el índice de pobreza trepó en 2010 a 19,4%, reconoció ayer el Gobierno. La indigencia, en tanto, saltó de 620.000 personas a 700.000, llegando a afectar a casi el 5% de la población.
Pero un año antes, en 2009, el último de gestión de Michelle Bachelet, la calamidad había sido la crisis económica internacional, que disparó la pobreza del 13,7% al 15,1%, pese a las políticas de gasto anticíclicas aplicadas gracias al ahorro fiscal previo.
Así, en sólo dos años, aunque por causas diferentes, la incidencia de la pobreza se incrementó en casi un 50%.
Influyó el sismo, claro. Pero también modelo económico que, pese a sus avances macro y sus éxitos en materia social, sigue dependiendo mucho más de las exportaciones que del mercado interno y que, debido a la intención tanto de progresistas como de conservadores, vuelca excesivamente la balanza a favor de los intereses de las empresas y en contra de los de los trabajadores. Tanto que los shocks externos impactan de pleno en el país, mucho más que en sus vecinos más “proteccionistas”, algo que limita el impacto de las mencionadas políticas anticíclicas y que, llegado el caso, deteriora rápidamente el nivel de empleo y la calidad de vida de los pobres.
Un modelo en el que hasta las cárceles y las jubilaciones son privadas, y la educación superior resulta inaccesible para demasiados.
Un modelo, en definitiva, de apertura comercial multilateral y a rajatabla (tiene el récord mundial de acuerdos de libre comercio, incluso con Estados Unidos) que hace imposible el despegue en serio de una industria nacional y que, así, sigue dependiendo de las exportaciones de materias primas. El 40% de éstas sigue siendo cobre y derivados (estatal, eso sí). Luego se anotan el salmón, la harina de pescado…
Como todo en esta vida, “el estilo chileno”, pese a ser tan celebrado de este lado de la cordillera, bien podría merecer un retoquecito.
“The chilean way”

