La llamada ya “primavera árabe”, desde ya. La que comenzó el Túnez que llevó el 14 de este mes al derrocamiento del dictador Ben Alí. La que quiere contagiarse al resto del Magreb y el mundo árabe, con manifestantes que se queman a lo bonzo en varios países para replicar la chispa que, justamente, inició todo en Túnez. La que amaga con prender pronto en Yemen (el país más pobre de la Península Arábiga), Argelia (tan rica en gas que una crisis allí también aterraría, pero a la Europa que depende fuertemente de ese recurso), en Jordania… En Egipto.
Mientras escribo esto, y vos lo leés, vuelan los tiros en El Cairo, Suez, Alejandría y otras ciudades. Se habla de entre tres y siete muertos más (hasta ayer eran diez). Las detenciones se cuentan por miles. Mohamed El Baradei, el opositor, premio Nobel de la Paz y extitular de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) que pretende timonear la transición con apoyo occidental, está “retenido”. Internet y la telefonía celular están cortados para los 80 millones de habitantes del país. Las calles hierven de manifestaciones y enfrentamientos, pese a que el régimen de Hosni Mubarak había prohibido las concentraciones. El “Viernes de Ira”, en suma, convocado en el día de la semana sagrado para los musulmanes, supone un salto cualitativo y cuantitativo en un movimiento a esta altura aparentemente incontrolable. Y Barack Obama tiene motivos para aterrarse y dudar.
¿Qué hacer? ¿Apoyar a su aliado de siempre, al dictador que gobierna sin piedad el país desde 1982 pero que es un factor aliado en la política de Medio Oriente, el gigante del mundo árabe que mantiene relaciones formales y de cooperación con Israel? ¿Soltarle la mano y abrazarse a un movimiento prodemocrático de fisonomía por ahora indescifrable? ¿Mantener el pragmatismo sea cuanta sea la sangre que corra o llevar a los hechos la remanida prédica sobre la democracia, la libertad y los derechos humanos? ¿Ser cuestionado en lo interno por izquierda o por derecha, por apoyar a tiranos o por amenazar por mero idealismo la “seguridad nacional”?
¿Y qué responder ante la evidencia de que la ayuda militar que cada año Estados Unidos brinda a su aliado suma u$s 1.300 millones, sólo superada en la región por Israel, y que hoy está siendo usada para matar a ciudadanos desarmados? Si el movimiento prodemocrático se impone, ¿perdonará fácilmente esa afrenta?
Es una cuestión de timing, como tantas veces. Se soltará un pasamanos para asirse a otro en el momento justo. No puede haber error.
Sí Egipto se pierde, Estados Unidos perdería mucho en su estrategia para Medio Oriente. Semejante país acercándose al “eje del mal” sería un desastre.
Si en Túnez los islamistas nunca lograron adueñarse de las protestas, en Egipto las cosas no son tan claras. La presencia protagónica en las protestas de los Hermanos Musulmanes, el grupo fundado en 1928 que irradió el islamismo fundamentalista a todo el mundo musulmán, prohibido pero por rachas tolerado de facto, es una amenaza para Estados Unidos e Israel. Más cuando el frente del rechazo a Mubarak es tan heterogéneo y dado por la convivencia entre liberales, desocupados, jóvenes insatisfechos, opositores al laicismo, etcétera, etcétera.
Entre Egipto e Israel está Gaza, el santuario palestino del grupo Hamás; con un nuevo orden influido por los islamistas, habría en esa frontera peligro de trasiego de víveres (lo que esterilizaría el bloqueo israelí y daría aire a los extremistas) y, peor, de armas.
En Cisjordania, donde predominan los nacionalistas moderados de Al Fatah, el presidente Mahmud Abás tambalea en medio de filtraciones propaladas por la cadena de TV Al Yazira que lo deja desnudo en lo que hace a las concesiones a Israel durante fracasadas negociaciones de paz. Se lo muestra, en efecto, cediendo en todos los temas más sensibles, como Jerusalén y el regreso de los refugiados palestinos. (A propósito, ¿quién habrá filtrado las minutas de esas reuniones escritas de puño y letra por Condoleezza Rice?). Mientras, Hamás festeja.
En Líbano, acaba de caer un gobierno prooccidental y asumir uno nuevo, controlado por el chiita, prosirio y proiraní Hizbulá, en la persona de un magnate sunita aliado como Nayib Mikati.
¿Muchos cambios, no? La primavera, parece, no le sienta bien a Obama.
A EE.UU. la primavera le sienta mal

