Debido a las reacciones que se han producido en el país después de que Barack Obama hubo anunciado el martes a la noche que en marzo visitará El Salvador, Chile y Brasil, y no la Argentina, las sordas (dentro del propio Gobierno) y las sonoras (las de la oposición y la mayoría de los medios de comunicación), el Departamento de Estado ensaya ahora una razón: no interferir en un año electoral. Una buena razón, si fuera cierta.
Otros analistas, más ecuánimes, señalan que la relación entre los dos países es en general buena, pero no apasionada como en la era de las relaciones carnales, cuando Hillary Clinton era primera dama, y no canciller, y su marido Bill era el que disfrutaba de las mismas, con la Argentina y con otra gente.
Políticas antiterroristas, choque con Irán (para EE.UU. no el plan nuclear, para la Argentina por AMIA; igual da); contención o, al menos, no alineamiento con el eje chavista; y (muy importante) anti proliferación nuclear. No hay allí tirria alguna.
Las políticas contra el lavado de dinero están bajo la lupa, es cierto, pero para Washington debería parecer hoy que es más tiempo de persuadir y presionar que de condenar. Y la famosa “inseguridad jurídica”, queja endémica, alimentada tanto por motivos valederos (como el INDEC, que, objetivamente, ha perjudicado a inversores) como ideológicos, de ésos que se usan para disciplinar a los países.
Una a favor y otra en contra: Argentina es un país muy importante en términos económicos, políticos, comerciales y culturales en el concierto sudamericano; pero no es un gigante como Brasil.
Sin embargo, hay, sí, una cierta distancia, un ninguneo de la relación, algo que le reprochan a Barack Obama incluso importantes dirigentes de su Partido Demócrata (los defensores de la relación son más escasos en el Republicano). Éstos afirman que el vínculo debería reforzarse como contrapeso ante un Brasil tantas veces más díscolo en temas como el comercio bilateral, Irán y la pelea por esferas de in fluencia dentro de la región.
¿Se “castiga” de algún modo al país, entonces? ¿Qué, en ese caso?
Para responderlo hay que entender primero qué se “premia” al ir a los países seleccionados.
En El Salvador, a un Gobierno encarnado en un hombre afín (aunque no del riñón) del riñón del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Contrariando las expectativas del ala más izquierdista del oficialismo, éste no ha adoptado una política exterior rupturista, no se plegó al chavismo y, por ende, mantuvo al país dentro de la égida estadounidense, tanto que mantuvo el acuerdo de libre comercio vigente. Un ejemplo para América Central.
Brasil es el gigante, el país llave, y la asunción de Dilma Rousseff, con sus guiños (el nombramiento como canciller del exembajador en Estados Unidos, Antonio Patriota, su aparente toma de distancia con el régimen iraní) brinda la oportunidad de ensayar un acercamiento mayor al que rigió durante la era Lula, que tuvo vaivenes notables.
Chile, el mejor alumno, el foco que más y mejor irradia en la región las ideas de libre comercio, mercado doméstico desregulado, flexibilidad laboral… ahora, por fin, encima en manos del centroderecha.
Esto último es lo mismo que se premiaba en la Argentina menemista, cuando el país fue elevado, recordémoslo, a la categoría de “aliado extra-OTAN”. Lo mismo que, por defecto, se sanciona hoy: regulación laboral, proteccionismo relativo, reciente default, renegociación dura de la deuda pública, alianza con Venezuela, énfasis latinoamericano… ¡Nosotros también…!
Lo cierto es que nadie, ni vos ni yo, va a vivir mejor o peor porque Obama pise suelo argentino en su gira. Ese hecho es, en lo fáctico, completamente irrelevante.
Esto no es lo mismo que sostener que la relación misma no vale nada; sólo un enajenado podría afirmar eso, dado lo mucho que influye (en general para mal) ese vínculo en los países más pequeños. Pero ese lazo se alimenta, se mejora, se hace más fluido en el día a día, en los despachos a los que no entran los fotógrafos. Las grandes cumbres suelen aportar poco y nada, como, por caso, sostenía Néstor Kirchner. No podríamos estar más de acuerdo.
Quien sí pierde por el hecho de que el estadounidense no visitará el país es Cristina Kirchner, a quien le habría venido muy bien la foto común a siete meses de las elecciones. Una foto que, hay que reconocerlo, ha buscado muchas veces, con Obama y con los Clinton. Por eso, no valdría ahora que la Casa Rosada o la Cancillería desestimen la importancia de la oportunidad perdida; eso sería hacer trampa en la discusión.
Pero, creo, ahí, en ese minúsculo punto, se terminan los “daños” del desaire norteamericano. Así, quienes más se quejan son los que, en realidad, más deben estar festejando en su fuero íntimo…