«Made in USA». Tal la inscripción que, según testigos, podía leerse en los cartuchos de gas lacrimógeno que quedaron servidos en las calles de El Cairo, Alejandría y Suez. Una evidencia tanto de la represión salvaje que el régimen egipcio ensaya para aplacar la insurrección como de la incomodidad extrema que ésta provoca en el Gobierno de Barack Obama.
Más allá de la incesante retahíla de muertos (que se cuentan por decenas), heridos (que se suman de a cientos) y detenidos (que se acumulan de a miles), los hechos más salientes registrados al cierre de esta edición parecían avanzar en perfecta sincronía. Por un lado, un líder moderado, Mohamed El Baradei, comenzaba a agrupar en torno suyo la heterogénea alianza de demócratas laicos, fundamentalistas islámicos, jóvenes sin militancia previa y desesperados varios; por el otro, Occidente, con Estados Unidos a la cabeza, recordaba de súbito las bondades de la democracia y le soltaba la mano a quien hasta hace días era su aliado más valioso.
«Transición ordenada» y «reforma democrática» fueron las consignas que eligió Hillary Clinton, casi en clave de certificado de defunción para el régimen de Hosni Mubarak. Absolutamente reñidas, se sabe, con la política para Egipto en particular y Medio Oriente en general de todas las administraciones estadounidenses desde la firma del tratado de paz de Camp David, en 1978, que selló tanto la paz entre el país más populoso del mundo árabe e Israel, además de representar el acto por el que el primero pasó de la órbita soviética en política exterior a la norteamericana.
«Transición ordenada» y «reforma democrática» no son lo que Mubarak ensaya en estas horas cruciales. El nombramiento de Omar Suleimán como su vicepresidente significó la entronización del jefe histórico de la impiadosa policía secreta y el inicio de una carrera frenética y suicida entre la «intifada» popular y la capacidad del Estado de desactivarla a través de una represión sin miramientos.
En ese contexto, no debe soslayarse la presencia (¿casual?) en el Pentágono de una delegación de las Fuerzas Armadas egipcias al mando del teniente general Sami Enan, jefe de Estado Mayor. Los visitantes habían llegado el miércoles, un día después del estallido, y recibieron en Washington el anuncio de que la ayuda militar de 1.300 millones de dólares anuales que hacían de Egipto el país más favorecido de la zona detrás de Israel podría no continuar en las actuales circunstancias.
El egipcio es el décimo ejército del mundo y la institución que ha entregado al país cada «rais» desde Gamal Abdel Nasser hasta el presente. La corporación que definirá la actual puja, además.
¿Y AHORA QUÉ?
La pregunta a esta altura es qué tipo de orden surgirá. Lo único seguro es que ya nada será igual, aun en el más que improbable caso de que el octogenario Mubarak logre aferrarse al poder o ensayar alguna variante de gatopardismo. Tampoco, claro, si la oposición conduce una transición que será necesariamente turbulenta, dada su heterogeneidad.
El Baradei es un diplomático de carrera que, desde que llegó en 1997 a lo más alto en la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), siempre hizo buenas migas con Washington. No podía ser de otro modo. Sin embargo, desafió a George W. Bush en la crisis previa a la invasión de Irak, cuando dijo que no había pruebas de que Sadam Husein tuviera armas nucleares.
Más allá de ese desplante (crucial para el Nobel de la Paz que recibió en 2005), se trata de un liberal que podría convivir bien con la administración demócrata. Sin embargo, dos factores condicionarán sus pasos, si es que logra consolidarse el frente de la oposición. Por un lado, la desconfianza que genera puertas adentro su carácter de advenedizo en el movimiento opositor (recién el año pasado fundó la Asamblea Nacional para el Cambio), y su mora en regresar a El Cairo para ponerle el cuerpo a la represión. Por el otro, la necesidad que tendrá de convivir con la Hermandad Musulmana, un grupo islamista que supo coexistir con el antiguo régimen durante décadas, que formalmente lo prohibió, pero lo toleró de hecho.
EL FACTOR ISLÁMICO
Se trata de un movimiento fundado en 1928 que fue pionero en la difusión de un islamismo político y que irradió su influencia a todo el mundo musulmán. Es el antecedente más remoto de Osama bin Laden y Hizbulá, pese a las diferencias entre éstos. Su potencia no debe ser subestimada, dada la extensión de su red de mezquitas y entes de ayuda social en un país en el que, si algo abunda es la pobreza.
Hombres de su riñón fueron candidatos en las elecciones legislativas de noviembre y diciembre, aunque bajo la chapa de «independientes». Las vehementes evidencias de fraude hicieron que se retiraran del proceso, que dejó finalmente el 80% de las bancas en manos del partido oficial, el Nacional Demócrata.
Esos resultados serán ahora «corregidos», dijo ayer el presidente del Parlamento, Fathi Sorur, en atención a «próximos fallos judiciales». Rápido de reflejos, el hombre ya imagina cuán rápidamente se reciclará al nuevo credo institucionalista la judicatura del país, tan moldeada en la obediencia.
Así, la transición que ansía Hillary no permite todavía entrever cuál será el rumbo futuro del país. ¿Una democracia a la occidental, con un hombre como El Baradei al frente? ¿O, en cambio, un deslizamiento hacia formas más apegadas al islam y a la sharia, si logran marcar el paso los clérigos de la Hermandad Musulmana? La apurada conversión estadounidense al imperio universal de la democracia y el inverso alborozo con que Irán sigue los acontecimientos revelan cuánto se juega el mundo en el desenlace de esta crisis.
La alarma de Estados Unidos, Gran Bretaña y países occidentales es paralela a la de Israel, que teme perder el favor del país clave que logró sacar de la cancha en el conflicto con los árabes en 1978. Sea cual sea el próximo Gobierno egipcio, y el poder que tengan los islamistas dentro de él, la proximidad con Israel (al menos entendida a rajatabla, como hasta ahora) será la primera víctima del nuevo orden.
La cuestión estará en qué grado tendrá esa toma de distancia. Tal cálculo explica la callada ilusión de Hamás, que espera en una Gaza bloqueada tanto por Benjamín Netanyahu como por Mubarak (un servicio que surgió, prístino, en el «Wiki-escándalo») la emergencia de un Gobierno afín en El Cairo que libere, por fin, su frontera occidental al tránsito de víveres, combustible y armas.
Además de un posible fortalecimiento de Hamás (Movimiento de Resistencia Islámica), Estados Unidos e Israel se revuelven ante la reciente caída de un Gobierno prooccidental en el Líbano y la emergencia de uno nuevo, controlado por el chiita, prosirio y proiraní Hizbulá. Y ante el incierto futuro de Túnez, Yemen, Jordania y Argelia. ¿Más allá también?
COMER O NO COMER
¿Y si lo que emerge es, antes que un Egipto más islámico, rebelde y antioccidental, un país inestable? La posibilidad no debe desestimarse, al menos si se tiene en cuenta que la violenta pueblada de la última semana no ha sido solamente un grito libertario. La economía egipcia venía creciendo por encima del 7% hasta la crisis de 2009. Pero incluso en ese año fatídico para el mundo, logró la proeza de resultar una de las menos afectadas, tanto que cerró con un avance del 4,7%, impactante dado el contexto. Para este año los pronósticos iban más allá del 6%, pero éstos quedaron sepultados bajo los escombros.
Sin embargo, bajo la superficie, el progreso se concentraba en sectores poco generadores de empleo, por lo que la desocupación fue trepando al mismo ritmo que la apertura económica, al punto que cifras extraoficiales la ubican hoy en torno al 40%, más dura incluso entre los jóvenes, algo que, se sabe, es una bomba política. Así, ese porcentaje de la población pasó a vivir con menos de 2 dólares diarios.
En paralelo, la explosión de los precios de las materias primas, que tanto beneficia a nuestro país, causó estragos. La inflación de la canasta básica al menos duplicó el 15% del índice general de precios del año pasado, de la mano de subas de hasta el 50% en productos sensibles como el pan, la leche y muchos vegetales. Un tema poco evocado en estos días, por más que en 2008 Egipto fue uno de los países alcanzados por las llamadas «revueltas del pan», y que éste fue uno de los componentes clave del dominó árabe que comenzó a caer en Túnez.
Los subsidios masivos a la energía y los alimentos aplicados por el Gobierno egipcio no lograron frenar la tendencia y, para peor, le pusieron más presión al balance fiscal. Un tema delicado, en lo macro y en lo micro, que se reciclaría durante una eventual transición democrática.
Algunos pueblos llegan a tolerar, incluso por largo tiempo, la pérdida de la libertad, o aprenden a convivir con la miseria. Pero difícil es esperar que no estallen cuando lo pierden todo a la vez.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

