El rey Abdalá II y Hosni Mubarak (foto) son los jefes de Estado de Jordania y Egipto (el segundo, en tiempo presente stricto sensu. A propósito: habla en un rato. ¿Se bajará de la posibilidad de buscar la reelección en septiembre? Es probable. ¿Le alcanzará? Muy improbablemente). Ambos son los gobernantes de los dos únicos países árabes que mantienen relaciones diplomáticas con Israel y reconocen su existencia. El primero quiso curarse en salud ante los primeros indicios de protestas prodemocráticas y removió al primer ministro Samir Rifai y a su Gabinete (un remedo burdo de las monarquías parlamentarias europeas); difícilmente el nuevo Gobierno mantenga sin alteraciones una línea tan proestadounidense como la conocida, no al menos si no quiere irritar más a los sectores opositores más recalcitrantes. El segundo, se sabe, ya busca la puerta de salida.
Israel se quedará, entonces, más solo e Medio Oriente. La posibilidad de una negociación de paz en serio con los palestinos requeriría de una visión política generosa e inteligente, propia de estadistas, una especie en extinción en ese país. Tanto es así que hasta hoy mismo el Gobierno de Benjamín Netanyahu sigue operando para que Estados Unidos y la Unión Europea no le quiten el último apoyo a su aliado Mubarak.
Le sobra voluntarismo y le falta lectura de la realidad, parece.