¿Hosni Mubarak aspira, a esta altura de los acontecimientos, a resistir hasta generar condiciones que le permitan simplemente negociar un exilio tranquilo o sueña, con una dosis afiebrada de imaginación, con pergeñar algún modo de supervivencia para su régimen y aplastar el movimiento opositor? El martes, cuando la Unión Europea le retiró todo apoyo, Estados Unidos sólo quedó a un paso de pedirle abiertamente su renuncia, el Ejército sugirió una toma de distancia fuerte y él mismo, impotente tras una manifestación histórica en su contra, renunció a su quinta reelección, parecía lo primero. Hoy, tras más de 24 horas de ataques brutales contra la multitud por una turba conformada por militantes oficialistas y matones de los servicios de inteligencia, parece imponerse el segundo punto de vista.
Mientras, la Policía, responsable de la situación que había desembocado en unas 300 muertes (algo imposible de verificar dado el caos reinante) fue retirada a sus cuarteles… sólo para que sus miembros se pongan ropa de civil y actúen de un modo más informal. Y el Ejército cumple, por ahora, su promesa de no reprimir y se limita a colocar endebles vallas entre ambos bandos, mirando impávido los salvajes enfrentamientos. ¿Se buscan sentar las bases para una intervención militar salvaje, que sea bienvenida por quienes ven al país peligrosamente cerca de la disolución y la guerra civil?
Bien podría ser esto lo que se está planeando. Obra de un régimen que, al desatar semejante cacería contra quienes piden pan y libertad, desnuda su verdadero rostro. Y, a la vez, el de todos los que lo han apoyado en treinta años.
Cada presidente de Estados Unidos, cada gobernante europeo y cada premier israelí de ese lapso podrían argumentar sobre la falta de alternativas que han tenido. Los aliados no se eligen, podrían decir sin mentir. Que hayan atado su suerte a dictadores como Mubarak fue una necesidad. Primero para contener a la Unión Soviética y sus satélites en Medio Oriente. Luego para frenar el auge del islamismo desatado tras la revolución iraní de 1979. Más tarde como un factor de estabilidad en el marco del conflicto palestino-israelí. Excusas han sobrado.
Si manifestaran lo que verdaderamente piensan, todos ellos dirían que la democracia habría sido demasiado peligrosa, intolerable en manos de algunos pueblos. Los árabes, en concreto. Así, aquella no sería un fin en sí mismo, como se declama, sino un mero medio para lograr ciertos objetivos.
Lo que es indisimulable es que han preferido la vía de los caudillos y los dictadores (como, en su momento, Sadam Husein, más tarde defenestrado), los monarcas religiosamente fanáticos del Golfo y los reyes laicos de países como Jordania y Marruecos, antes que la de la soberanía popular. La que desde el exterior se fortalece con el respeto a los pueblos, con relaciones económicas equitativas, con fomento a la educación y a la mejora del nivel de vida.
Resulta lamentable ver hoy a Barack Obama lanzar consignas sobre la democracia y la transición mientras el hombre que ha recibido en los últimos treinta años decenas de miles de millones de dólares de “ayuda” en armamento y equipamiento represivo. El mismo que se ha usado en estos días y se utilizará en los próximos, mientras la TV muestra la cacería desatada en las calles de El Cairo. O a Benjamín Netanyahu, atando su suerte a la quimera de que la revuelta en Egipto y otros países del mundo árabe (atención a lo que pase desde mañana) sea aplastada cueste lo que cueste.
¿Cómo llegan países que se precian de ser democráticos a semejante situación, dependiendo, para preservar sus intereses geopolíticos, de los machetazos, las balas y los golpes de una turba manejada contra una multitud que pide, justamente, democracia? Una respuesta: a través de la negación de los derechos de pueblos como el palestino, del apoyo a la colonización interminable de sus territorios, de los bloqueos que castigan más a las poblaciones que a sus regímenes, del taponamiento de su desarrollo económico. Un rumbo errado, durante el cual se ensayaron apuestas a la paz que jamás terminaron de ir a fondo, y que decantó en un statu quo lamentable que sólo sirvió como caldo de cultiuvo para los violentos, los terroristas y los fundamentalistas. ¿Cómo pudo Hamás, si no, llegar a ganar una elección y harcese con el control de Gaza? ¿Cómo es posible que se hable hoy de una incipiente penetración de Al Qaeda en los territorios palestinos?
El mundo está cambiando, irremediablemente. Nada de lo que surja de la sangre derramada en las calles de Túnez, El Cairo, Alejandría y Suez será tan moderado, pronorteamericano y proisraelí como lo conocido. Alguien se ha equivocado demasiado y durante demasiado tiempo.
El callejón sin salida de los "demócratas"

