Tras el estallido de la “primavera árabe”, la caída de la tiranía tunecina y la acechanza que se cierne sobre tantas otras, el (recientemente) previsible colapso de Hosni Mubarak y el fracaso del impresentable experimento de convertir en sucesor gatopardista nada menos que al jefe del espionaje del régimen, Omar Suleimán (la primera ficha a la que había apostado la confundida administración de Barack Obama), comienza ahora en Egipto una etapa de final imprevisible.
El Ejército tomó el poder (la segunda ficha de Estados Unidos), dando forma de golpe de Estado palaciego a la magnífica pueblada de las últimas semanas. Algunos observadores se solazan ante el hecho de que las Fuerzas Armadas se pusieron del lado del pueblo, que no lo reprimieron y que precipitaron el final del dictador de 82 años. No observan que cada uno de esos aspectos ha tenido una contratara: sus dudas y llamados reiterados a los manifestantes a “volver a casa”; el acoso, la detención y el maltrato a periodistas, extranjeros varios y militantes por los derechos humanos; su actuación en perfecta sintonía con la estrategia de Estados Unidos, por la que pasó de sostener al tirano a abogar por una transición dentro del sistema y, finalmente, a asumir directamente el poder. Al respecto, cabe recordar la presencia de la plana mayor de las FF.AA. egipcias en el Pentágono al momento del estallido de la revolución.
Previsiblemente, el arma ratificó hoy en su primera decisión la vigencia de todos los tratados internacionales firmados por el país; léase, básicamente, el de Camp David, que selló la paz con Israel, fijó la frontera binacional a partir de la devolución del Sinaí, dio lugar a un reconocimiento del Estado judío y sacó de la cancha del conflicto al principal ejército árabe, hoy nada menos que el décimo del mundo. Esto no debe sorprender, dado que las Fuerzas Armadas han sido el verdadero poder detrás del régimen que surgió del derrocamiento de la monarquía en 1952, desde Gamal Abdel Naser hasta Mubarak. Pero, tal como en la Argentina de 2001 y 2002, el futuro hoy parece allí abierto. Cualquier poder que surja gobernará por un tiempo con temor dado el impacto que generó la presencia de la población en la calle, dispuesta a todo, descubriéndose a sí misma como un actor político. Pero la promesa de una libertad radical tiene limitaciones que el sistema (el Ejército, al cabo) intentará aprovechar para que las cosas no vayan demasiado lejos.
Si algo caracterizó la protesta de la población fue su carácter inorgánico. Esto signó tanto su fuerza (los intentos de diversos referentes de negociar con el régimen una transición de aquí a los comicios de septiembre fueron desoídos por las multitudes, que volvieron a la plaza Tahrir -de la Liberación- para exigir el fin de la dictadura) como sus carencias. ¿Cómo se canalizará esa fuerza en un programa de gobierno, en una estrategia política, en un plan de reforma institucional? No será fácil.
LO QUE VIENE
Como todo, decir que el futuro está abierto no equivale a negar que, por insistir en un muy relativo paralelo con la Argentina del “que se vayan todos”, el nuevo régimen resulte diferente al viejo. Es de esperar que primen en unas Fuerzas Armadas visiblemente divididas las visiones más reformistas, y que el golpe dado resulte rápidamente en una transición a la democracia y no en un mero reciclaje.
¿Y entonces qué? Los nuevos jugadores del sistema son:
- Una multitud inorgánica, con más poder de veto que de construcción a largo plazo.
- Partidos laicos y plataformas reformistas, que van del nacionalismo y la izquierda al liberalismo, que surgen débiles, atomizados y empequeñecidos por décadas de represión y, desde ya, sin experiencia de gestión alguna.
- La Hermandad Musulmana, un grupo que ha sabido pactar una convivencia incómoda con el antiguo régimen, que oscila entre un ala social y una política, y en la que conviven elementos moderados (a la turca) y radicales; no por nada el grupo terrorista palestino Hamás es considerado una de sus ramas.
- Y el Ejército, claro.
Pasados los festejos, la euforia y la sensación de que el futuro es una hoja en blanco, llegará la hora de presentar programas, candidatos… “aparatos”. Allí se jugará el futuro, con una polaridad dada por las Fuerzas Armadas como factor clave para dar y retacear apoyos, buscando una salida tan laica y proestadounidense como hasta ahora, aunque algo más presentable; y por la Hermandad Musulmana, que parte con la ventaja que le da tener una estructura nacional (mezquitas, escuelas, centros de salud), un programa claro (“la solución es el islam”) y cuadros dirigentes asentados.
ES LA ECONOMÍA, CHABÓN
La “primavera árabe”, esto es las revoluciones consumadas y en curso con las que las poblaciones de varios países buscan sacudirse dictaduras sangrientas y miopes, se ha nutrido, acaso principalmente, del desempleo (sobre todo juvenil en sociedades de elevada natalidad), de la pobreza y de reformas económicas que se traducen en buenos indicadores macro pero que nunca terminan de llegar a la gente. Reformas que son recomendadas con fotocopiadora, con total desprecio por las realidades nacionales.
Por centrarnos en Egipto, debemos recordar un par de datos: 80 millones de habitantes, un PBI per capita
de unos u$s 4.000, un desempleo de cerca del 40% (peor aún entre los jóvenes), graduados universitarios sin mercado de trabajo y con títulos que sólo sirven para colgar en la pared, más del 40% de la población que vive con menos de u$s 2 por día y un 70% que lo hace con menos de u$s 4… ¿Cómo se llegó a eso?
Si la moda de las privatizaciones comenzó en Egipto en 1991 (cualquier semejanza con la Argentina no es pura coincidencia, claro), la última ola liberalizadora arrancó en 2004, cuando una reforma fiscal redujo del 42% al 20% la tasa de impuestos para los más ricos, equiparándola con la de quienes poco tenían. Como recordaba el diario británico The Guardian en noviembre de 2009, cuando nadie preveía la revuelta, los aplausos del establishment atronaban en forma de salva (sin que nadie se preguntara por las formas de gobernar de ese rais vitalicio), las inversiones se dispararon hasta u$s 13.000 millones en 2008 y la economía comenzó a crecer a un ritmo del 7% anual. Tendencia que no frenó ni la crisis global: en 2009 el país creció un 4%.
Pero el citado artículo, escrito por el aguafiestas de Jack Shenker, decía: “Desde que el FMI comenzó a arrastrar la economía de Egipto hacia la modernidad [ndr: el subrayado es nuestro; tenelo en cuenta, por favor], los egipcios se han vuelto de manera constante considerablemente más pobres: cuando el ajuste estructural comenzó, el 20% de la población vivía con menos de 2 dólares diarios (ajustados por inflación); hoy lo hace el 44%. En la última década, cuando el crecimiento del PBI fue más fuerte, la pobreza absoluta ha aumentado del 16,7% a casi el 20%”.
¿SON O SE HACEN?
El 15 de septiembre de 2008, cuando el mundo se hundía en la crisis de las hipotecas de baja calidad, el FMI emitía un comunicado en el que reseñaba las conclusiones de la visita al país realizada por su director gerente, Dominique Strauss-Kahn (“el socialista francés que está a la izquierda de Néstor Kirchner”, según la recordada definición de Alfonso Prat-Gay). En aquél, el funcionario dice en primera persona que «en mi primera visita a Egipto como director gerente del FMI, felicité al presidente Hosni Mubarak, al primer ministro, Ahmed Nazif, y el equipo económico por el impresionante desempeño económico de los últimos años. Esto ha sido respaldado por un programa de reformas estructurales ambiciosas, que incluyeron la liberalización del comercio, de la inversión extranjera y del mercado de cambio, una privatización extensiva y la modernización del sector financiero. El programa de reforma no sólo ha aumentado la confianza de los inversores nacionales, sino también hicieron de Egipto un destino de inversión para los inversores regionales e internacionales”.
En pleno frenesí, Strauss-Kahn indicaba que “nos pusimos de acuerdo en la necesidad de mantener el impulso de la reforma y en controlar la inflación, que es la mayor amenaza a la estabilidad económica a corto plazo. Egipto enfrenta actualmente desafíos crecientes por la suba de los precios de los alimentos y los combustibles, que han puesto presión sobre el presupuesto a través del aumento del costo de los subsidios”. La receta conocida.
Sin redundar en elogios similares de visionarios como el Banco Mundial, los bancos privados, las calificadoras de riesgo y demás vendedores de hortalizas varias, recordemos que el último ranking de libertad económica de la ultraconservadora Heritage Foundation, que ubica a la Argentina en un horroroso puesto número 138, colocaba a Egipto en un mucho más favorable lugar 96, elogiando “la continuidad de su transformación económica”. Egipto, decía, “ha centrado sus decisiones políticas recientes en medidas para crear empleo. Tasas impositivas competitivas y regulaciones cada vez más transparentes han respaldado el desarrollo de un ambiente empresarial vibrante. La libertad de comercio de Egipto ha mejorado considerablemente en los últimos años. En el sector financiero la presencia del Estado ha sido eliminada, y, a pesar del difícil entorno financiero global, la modernización [ndr: otra vez, subrayado nuestro] ha seguido avanzando”. La genialidad, correspondiente a datos 2010 y fue difundida apenas días antes del estallido …
La ortodoxia insiste en sus recetas a pesar de su interminable retahíla de disparates, contradicciones y pronósticos fallidos. Del ridículo, en definitiva, y del riesgo de descrédito total. Pero, a no engañarse, no actúa así por torpeza o ceguera. Al contrario. Celosa de los intereses que defiende, moldea a golpe de ideología el presente y condiciona el futuro, dado que el bienestar que persigue nunca es el general ni el de las sociedades o clases que sufren la opresión.
Para terminar, expliquemos el sentido de aquellos subrayados. “Modernización”, decían. Para otros, occidentalización. No es la primera vez que esos proyectos, siempre encarados por regímenes autoritarios y sangrientos, terminan en revolución. Ya en 1979 colapsó, ante los ojos absortos del mundo, la supuestamente indestructible monarquía persa de los Reza Pahlevi. ¿Se deslizará Egipto, como lo hizo Irán, hacia posturas antiestadounidenses, antiisraelíes, antidemocráticas y de fanatismo religioso? Es temprano para saberlo. Al fin y al cabo cada país tiene sus especificidades y no se debe caer en la trampa de quienes pretenden hacer equiparaciones abusivas para, una vez más, acallar a los pueblos. Pero por algo los “demócratas” que sólo recuperan la memoria sólo cuando les conviene están tan, pero tan preocupados.

