Hace algo más de dos años, Barack Obama, un político demócrata de raza negra, asumía la Presidencia de los Estados Unidos. El hecho, sin precedentes, provocó genuina emoción en todo el mundo y esperanzas de cambio, efecto que se potenciaba por la poderosa verba del personaje.
La crisis económica desatada por la locura bancaria y las hipotecas de baja calidad habilitaba un discurso más que crítico sobre los excesos del poder financiero, mientras que los desbordes del bushismo en términos de militarismo, engaños, invasiones, espionaje interno, guerra (sucia) al terrorismo y violaciones de los derechos humanos también daban lugar a un cambio de paradigma estimulante.
Pero el tiempo pasa y las ilusiones suelen terminar domesticadas por la estructura (sobre todo donde ésta es poderosa), por la endeblez del convencimiento renovador de los líderes y por los límites de la conciencia de los votantes.
Hubo avances que hay que reconocer para no caer en la visión tonta de que todo es igual. Un ejemplo es la reforma de salud, pero incluso ésta terminó siendo una versión diluida, descafeinada y finamente gasificada de sí misma.
La economía, en tanto, sigue navegando en la debilidad, dada la preferencia por volcar el peso de la ayuda estatal (y el déficit fiscal y el sobreendeudamiento resultantes) sobre los mismos bancos que, en su codicia desenfrenada, llevaron al mundo al desastre y no sobre las personas que sufren el día a día. Esa debilidad de carácter, la falta de voluntad para confrontar, esa vocación por el diálogo a toda costa y una relación de fuerzas en el Congreso y frente a los medios a veces desfavorable, llevaron a Obama a encarar un eterno peregrinaje desde el centroizquierda hacia lo que se presume como el sentido común conservador del estadounidense medio.
El mejor y más lamentable ejemplo de esto es lo ocurrido en materia de derechos humanos. La tortura ha sido prohibida, pero los responsables de haberlas ordenado y ejecutado en Guantánamo y en el exterior no serán juzgados y ni siquiera investigados. Dicha base iba a ser cerrada, pero permanece abierta y su final sólo ya es una promesa vaga sin plazos. Y ni siquiera Obama ha sido capaz de trazar una línea ética (cuando menos tácita) entre él y personajes nefastos del pasado.
En la campaña electoral, cuando la gente, la politizada y la más emocional caía rendida ante su oratoria, había prometido: «Bajo todo concepto, nuestro sistema para procesar a detenidos (por cargos de terrorismo) ha sido un enorme fracaso. Mi gobierno rechazará el acta de Comisiones Militares». Pues bien, ahora su Gobierno acaba de decidir el restablecimiento de éstas, que había suspendido al comenzar su gestión, esto es un sistema de enjuiciamiento que priva a los acusados de terrorismo del acceso a la justicia común de los Estados Unidos (y con ello de las garantías del debido proceso y del derecho a apelar a tribunales superiores), que los mantiene en un limbo jurídico en manos de carceleros sometidos sólo al «control» del ejército, que permite su detención indefinida sin la correspondiente presentación de cargos y que incluso limita el acceso de sus defensores a partes cruciales de los expedientes, muchas veces sustanciados en base a denuncias de testigos de identidad reservada.
En este sentido, se han constatado varios casos de personas secuestradas y encarceladas sin motivo, que debieron ser liberadas años después sin que nadie les repare las penurias sufridas. Claro, las encuestas indicaban que era muy impopular llevar a juicio dentro de territorio de Estados Unidos a «terroristas peligrosos». ¿Para qué hacerlo, al cabo, si se tiene una base en Cuba? A propósito… ¿figurarán estas lacras en el próximo informe del Departamento de Estado sobre las violaciones de los derechos humanos en el mundo?
El fruto nunca cae demasiado lejos del árbol.
PD: Terminaron las (largas) vacaciones. Restablezco desde ahora la actividad habitual de este blog. Saludos a todos y gracias por la paciencia.

