Fatalmente formateados en lo cultural por el hegelianismo, tendemos a considerar los hechos históricos como inevitables y dotados de una racionalidad propia. Sin embargo, sorprende constatar cómo hechos fortuitos contribuyen, cuando menos, a profundizar ciertas tendencias.
Hoy todos nos conmovemos con las noticias e imágenes del terremoto y el tsunami en Japón. No es para menos. Pero costos humanos inmediatos aparte, puede pensarse la cuestión en términos económicos, en un contexto mundial de crisis. Y sumarle otro fenómeno en buena medida no previsto, como lo que está ocurriendo en el mundo árabe, con la crisis libia y la amenaza de extensión a la Península Arábiga. Las estrellas parecen haberser alineado contra el mundo.
Un terremoto es por definición un hecho fortuito. El de Japón llega en momentos en que ese país, hasta el temblor la segunda economía del mundo, lucha por salir de la recesión en la que cayó en el último tramo del año pasado. Según pronósticos iniciales (y acaso apresurados), el sismo recortará en al menos un punto porcentual el crecimiento del PBI del año, hasta ahora estimado en 3,3%.
El desastre se tradujo hoy en una fuerte caída de la bolsa japonesa, y repercutió con vigor en las otras de Asia. Habrá que esperar para conocer el impacto final del fenómeno y sus proyecciones económicas, que, si bien probablemente no tendrán una influencia global duradera, sí la tendrán para el país afectado, con toda su importancia como uno de los motores de la economía mundial.
Mientras, en Libia, el mundo asiste impotente al esperable avance de las tropas de Muamar el Gadafi sobre los enclaves rebeldes en el este del país, amenazando ya al principal enclave de éstos, Bengasi. Acaso la mayor culpa de Occidente no haya sido la de no intervenir para frenar la masacre (de hecho, no hay que ser hipócritas: ¿qué se diría si Estados Unidos envía tropas a otro país petrolero, en este caso, el principal de África?) sino la de haber amenazado con hacerlo, dándole esperanzas a una oposición con un poder de fuego ridículamente escaso frente a las bien pertrechadas fuerzas del dictador. Como decía Tucídides: la esperanza es la perdición de los débiles.
Ayer, se registró una inusual manifestación en el este de Arabia Saudita, protagonizada por parte de la población chiita, atávicamente postergada. Fue reprimida a los tiros (de hecho se produjeron tres muertos) y se esperan ahora más protestas, lo que, de concretarse, sería la mayor pesadilla del mundo desarrollado: el país en el principal productor de petróleo y su estallido tendría consecuencias económicas incalculables para el mundo.
Mientras (y esto sí cae dentro de lo esperado), Europa sigue arrastrándose en su crisis. España no despega, las calificadoras de riesgo degradan la calidad de su deuda soberana (ayer Moody’s golpeó al país, y hoy lo hizo con cuatro autonomías, entre ellas Cataluña), Portugal se hunde más y Standard & Poor’s aludió a la posible inminencia de una cesación de pagos en Grecia. Si esto último se concreta, ¿dónde quedarán las previsiones de que Alemania y Francia impedirían a toda costa la caída de un miembro de la eurozona, y cómo podría pensarse en “salvar” a una economía grande como la española si no se lo logró con la pequeña de Grecia?
Ajenos al mundo, seguimos aquí sólo enfrascados en la tirria electoral. Es bueno que la marcha de la economía (aunque con lunares importantes como la inflación y el consecuente deterioro del tipo de cambio) nos ponga hoy relativamente a salvo de las acechanzas descriptas. Pero, insistamos, relativamente a salvo. Demasiado difícil está todo allá afuera. No conviene olvidarse de la prudencia.
Cuando Dios juega a los dados

