En medio del tembladeral que hoy es el mundo (con recesión e hiperdesempleo en los países centrales, el desastre natural y la amenaza nuclear en Japón, la crisis política en el mundo árabe y la amenaza de un ataque militar inminente a Libia y con mercados de valores y materias primas que trepan un día sólo para caer con igual contundencia al siguiente), hay un hecho, acaso menor, del que a la Argentina le conviene tomar nota: el giro en la política exterior de Brasil.
Mañana llegará a ese país Barack Obama, un gesto calculado tanto por el Departamento de Estado como por Itamaraty, para desactivar los focos de conflicto reciente y relanzar una relación carnal como acaso nunca antes.
Ya en la campaña electoral, Dilma Rousseff había entregado indicios de ese giro, que marca una ruptura con el tramo final de la administración de Luiz Inácio Lula da Silva. Lo que en éste había sido (al final, insistimos) una sucesión de peleas comerciales, desconfianzas como la motivada por la reactivación de la IV Flota, desacuerdos por crisis como la de Honduras (con Brasil liderando la línea dura contra el golpe y Estados Unidos haciendo lo propio con la ambigua y complaciente), desplantes como el reconocimiento de la independencia palestina y el acercamiento a Irán, mutó hacia un escenario enteramente diferente.
Por un lado, como la Argentina, Dilma decidió poner la cuestión de los derechos humanos en el centro de su enfoque exterior, lo que la llevó a cuestionar a Irán por sus políticas misóginas y su aplicación de la pena de muerte, un mensaje que no tardó en llegar a Teherán. Por el otro, desplazó a quien fue el canciller de Lula da Silva, Celso Amorim, una figura que había quedado desgastada por esas tirrias, y lo reemplazó por Antonio Patriota, también un diplomático de carrera, pero, sobre todo, ex embajador en Estados Unidos. Otro mensaje transparente.
La última prueba de amor, la que corona ese giro sutil pero perceptible y trascendente, es el voto que Brasil emitió el jueves a la noche como miembro rotativo del Consejo de Seguridad de la ONU sobre el ataque militar a Libia. La abstención estuvo en línea con lo decidido por Rusia, China e India (además de Alemania, algo bastante vistoso), esto es el bloque emergente a través del que Brasil busca su inserción internacional. Fue posible, además, porque la propia Liga Árabe había pedido esta modalidad de intervención, light sólo en la medida en que no prevé la ocupación efectiva de suelo libio. Todo lo demás estará permitido.
Rusia, China, India y, en particular, Brasil adoptaron entonces una posición distante en esta virtual declaración de guerra a Libia, pero actuaron, según los particulares códigos que las grandes potencias imponen en la política mundial, como “socios responsables”: si bien no apoyan, tampoco obstaculizan sus designios.
La gran medalla que Dilma quiere colgarse cuando Obama se haya ido de Brasil tras el fin de semana es un aval aunque sea retórico de Estados Unidos a la vieja aspiración brasileña de sumarse al Consejo de Seguridad como miembro permanente en una eventual reforma. La mayoría de los analistas dice que el estadounidense no dejará una definición satisfactoria, pero yo creo que no desaprovechará la ocasión de, aunque sea, dejar una frase que conforme a sus anfitriones. Se verá.
Por lo pronto, Obama, hombre de verba vibrante que brillará el domingo en Río de Janeiro pero de acción cauta y generalmente conservadora en estas cuestiones, consagrará a Brasil como una nueva potencia, como un socio confiable de los Estados Unidos y como un jugador de las grandes ligas. Luego partirá a Chile.
En Argentina sólo se hará presente en su espacio aéreo, a mil kilómetros por hora porque, ya lo ha dicho su hombre para la región, Arturo Valenzuela, no quiere interferir en un momento de campaña electoral. Muy prudente. ¿Pero no violaría esa regla, acaso, si encontrara aquí promesas de amor semejante?