Muamar al Gadafi es un sujeto deplorable. Su historial terrorista es conocido y prácticamente fue reconocido por el Estado libio cuándo, por no mencionar varios hechos más, autorizó un juicio internacional contra dos acusados, y finalmente condenados, por el atentado contra una avión de Pan Am sobre Lockerbie, Escocia, que dejó 270 muertos en 1988.
Esa entrega de dos libios, producida en 1999, y la aceptación de responsabilidades civiles para el pago de indemnizaciones a los deudos por un total de u$s 2.700 millones marcaron su reconciliación con Occidente. Que este último gesto se haya producido en agosto de 2003 (en los albores de la invasión a Irak) y que haya sido acompañado por la desactivación de los programas libios para la producción de armas de destrucción masiva da una idea de que el hombre será loco pero no come vidrio. Tras el 11-S se convirtió en un aliado vital en la lucha contra Al-Qaeda, grupo al que acusa de motorizar la actual revuelta pero al que, vidrioso y extraviado como es, amenaza con aliarse si Occidente ataca el país. Las sanciones internacionales se convirtieron en cosa del pasado; era tiempo de perdonar. ¿Quién no se equivocó alguna vez, acaso?
Pero siempre se termina hablando de petróleo. ¿Qué vamos a hacer? En 2004 (no dejemos de pensar en la historia reciente), el inefable Tony Blair visitó Trípoli, donde exhortó a “no olvidar el dolor del pasado, pero reconocer que llegó el momento de seguir adelante”. Poco después la Shell se hacía con un contrato para la explotación de gas por u$s 500 millones.
E Italia también hizo negocios, Francia hizo negocios, España hizo negocios con los hidrocarburos libios. Los fondos libios alimentados por los ingresos petroleros se volcaron en empresas como Fiat y Unicredit y hasta clubes de fútbol como la Juventus. Y Libia, el primer productor petrolero de África, se convirtió en un proveedor clave de Europa, al punto que la reciente crisis política obligó a una suba de la nafta de entre 20 y 25% en los dos primeros países mencionados, veneno en el contexto de la actual crisis económica.
La escandalosa imbricación de política y negocios quedó desnuda en 2009, cuando Gran Bretaña liberó a uno de los condenados, Abdelbaset al Megrahi, alegando razones humanitarias: se trataba de un enfermo terminal de cáncer. Éste fue recibido con fastos de héroe en Trípoli y, obvio, sigue vivito y coleando.
Los malpensados ligaron el hecho a un contrato por u$s 900 millones a favor de British Petroleum que se mantenía congelado desde 2007. El clamor fue tal que BP terminó por reconocer que había hecho lobby desde entonces a favor del desdichado paciente.
“BP le dijo al Gobierno del Reino Unido que estaba preocupada por el lento progreso que se había hecho para concluir el Acuerdo de Transferencia de Prisioneros con Libia (…). Estábamos concientes de que esto podía tener un impacto negativo en los intereses comerciales del Reino Unido, incluyendo la ratificación de un acuerdo de exploración de BP con el Gobierno libio”, admitió el año pasado la compañía en un comunicado.
Y después dicen que las corporaciones no tienen corazón. Se preocuparon no sólo por la suerte de un hombre moribundo sino por “los intereses comerciales del Reino Unido”. Y los gobiernos, se ve, no actúan como gerentes de negocios privados, sino que defienden el interés nacional. ¿O no?
Pero llegó, inoportuna, la “primavera árabe”, los pueblos de países como Túnez, Egipto, Yemen, Bahréin y otros decidieron que era hora de recuperar derechos confiscados por autócratas decrépitos, y los discursos occidentales huecos sobre la democracia y los derechos humanos se vieron confrontados con la realidad. El statu quo (la defensa de esos dictadores y monarcas absolutos) era lo mejor, pero surgió la obligación de poner en acto la vieja retórica. Barack Obama dudó, pero al final dejó caer a Hosni Mubarak. La próxima ficha del dominó fue Libia y ese compromiso previo debió trasladarse a un apoyo a los sublevados.
De pronto, el proveedor de petróleo dejó de resultar confiable y la canilla se cerró. Occidente (sobre todo un Nicolas Sarkozy que luchará –con mucho viento de frente- por su supervivencia política en las elecciones del año próximo) dio por caído a Gadafi y creyó que la mejor defensa de sus intereses en Libia pasaba por abrazarse a los rebeldes. Se trata de “demócratas” de última generación, dado que muchos de sus líderes habían sido hasta quince minutos antes personeros del régimen gadafista. Un tremendo error de cálculo, que requiere ahora de una intervención miltar directa para cumplirse.
Como decíamos, el tirano no estaba rendido y bombardeó a los opositores que se manifestaban en Trípoli. Fue inevitable entonces que Occidente saliera a velar por los derechos humanos, los mismos que se violan en Guantánamo, en las mazmorras de la CIA y sus aliados en diversos países y en los sótanos de las cárceles de las mismas dictaduras aliadas hoy bajo amenaza.
Sarkozy (otra vez Sarkozy) redobló la apuesta y reconoció a los rebeldes como “representantes legítimos” del pueblo libio. Confrontado a una inminente derrota de éstos, temió haber cometido la criminal torpeza de darles alas para después abandonarlos a su suerte. Así, presionó a Estados Unidos (como siempre, dubitativo al comienzo), ganó el favor de una Gran Bretaña dispuesta a jugarse todo en defensa de sus intereses económicos y arrastró a la Liga Árabe, deseosa a su vez de lavarse la cara con un poco de agüita democrática. Ésta pidió la zona de exclusión aérea. La OTAN hizo entender que la medida era inaplicable sin la posibilidad de atacar desde el mar o desde el aire las modernas baterías antiaéreas libias provistas por Rusia. La mesa de la guerra quedó servida. Ni China (país altamente demandante de petróleo), Rusia ni Brasil obstaculizaron el juego anoche en Naciones Unidas.
¿Desde ahora cada violador de los derechos humanos que haya en el mundo será bombardeado sin piedad?¿Se hará lo mismo con la monarquía bahreiní, que mata a tiros a los revoltosos chiitas (¿proiraníes?) con ayuda saudita? Difícil.
¿Qué pasará ahora? Gadafi no logró arrasar con el último reducto rebelde, Bengazi, la gran ciudad del este libio y la segunda del país. Le faltaron un par de días. Para evitar un ataque, ordenó un cese del fuego. Si las potencias apuestan a buscar rápidamente su salida definitiva del poder, bombardearán igual, en cuestión de horas o días, a más tardar. Si optan por una salida menos grosera, esperará y, mientras, pertrecharán a los mal armados rebeldes, lo que prolongaría el actual impasse y seguiría provocando oscilaciones fuertes en la cotización internacionakl del crudo.
Si cae, no cabrá derramar una sola lágrima por el sanguinario Gadafi, como, pese al indignante cinismo que supuso la invasión de 2003, no se hizo por Sadam Husein. Pero para saber qué va a pasar en el mundo habrá que seguir olfateando el petróleo, más cuando la tecnología nuclear quedará en entredicho por buen tiempo por los graves hechos de Japón. Algo serio para todos los jugadores grandes (Alemania, Estados Unidos, el mismo Japón), pero sobre todo para Francia, que depende de ella para el 80% de su generación eléctrica.
No olvidar entonces el petróleo… una sustancia tan viscosa y negra como las convicciones de muchos.