Que si venía a Argentina o no, que si Brasil lo recibiría como a un héroe o no, que si diría algo importante o no… La visita de Barack Obama a América Latina dio mucho para especular, pero sus resultados concretos están siendo bastante más opacos que las ilusiones de muchos.
En Brasil no hubo suicidios colectivos de éxtasis a su paso, el discurso en una plaza de Río de Janeiro pasó a un mucho más discreto teatro y la expectativa brasileña de obtener un aval aunque sea retórico a su aspiración a integrarse al Consejo de Seguridad de la ONU se vio desairada. Mea culpa: creí que Obama iba a ser un poco más flexible, ambiguo en la cuestión, si, al cabo, ya había respaldado una pretensión similar de India. Pero India no es Brasil: está demasiado cerca de China, el rival futuro de Estados Unidos a nivel global, y puede resultar un contrapeso útil.
En lo comercial, el discurso pro libre comercio de Estados Unidos no se tradujo en compromisos concretos de su Presidente para dejar de bloquear el etanol, el jugo de naranja, el algodón o el acero brasileños. Apenas, un acuerdo para crear un mecanismo de resolución de controversias.
En Chile, mucho más a gusto, elogió el modelo de democratización lenta, dificultosa y condicionada por el poder militar (“exitosa”, la definió él) y de apertura comercial irrestricta.
Su “discurso hacia la región” arrancó con un símbolo geográfico: lo pronunció desde el sótano del Palacio de la Moneda.
Luego dijo que América Latina es hoy “más importante que nunca” para Estados Unidos y propuso a cada país una relación entre iguales (vamos, Barack…), basada en tres ejes: seguridad, comercio y derechos humanos.
Lo primero (que engloba terrorismo y narcotráfico) es lo único que en realidad le interesa a la Casa Blanca, tanto con George W. Bush como hoy, y siempre en los términos conocidos.
Lo segundo, interesa hoy todavía menos, algo que queda claro en la imposibilidad de que se apruebe el acuerdo de libre comercio oportunamente negociado con otro aliado incondicional de Washington en la región, Colombia.
Lo tercero es aún más espinoso. Mientras ponderaba la vigencia de los derechos humanos y cuestionaba a Cuba, aseguraba en Chile que su Gobierno está dispuesto a entregar documentación para sustanciar causas sobre violaciones a los derechos humanos durante el pinochetismo “en principio” y negaba cualquier posibilidad de pedido de perdón histórico por el involucramiento de su país en la ola de golpes de Estado que asoló la región en los años 80. Hace poco, recordemos, recibió en clave de reparación histórica a Henry Kissinger.
“Es importante que no nos quedemos atrapados en la Historia”, dijo. ¿Y los derechos humanos? Nada nuevo bajo el sol.
Mientras, el también premio Nobel de la Paz monitoreó minuto a minuto los ataques aéreos a Libia, una guerra iniciada sin la debida aprobación del Congreso de Estados Unidos, dicho sea de paso. Y, si hablamos de Cuba, sin que dé señales de cumplir su promesa de campaña de cerrar la infame prisión de la base de Guantánamoni de someter a los detenidos a un juicio normal, con derecho de defensa. O de llevar a la justicia a los agentes de inteligencia que torturaron a presuntos terroristas ni a los cerebros de la administración anterior que los autorizaron.
Acaso todo esto sirva para que nuestros gobernantes (latinoamericanos en general, pero argentinos en particular) no aparezcan desesperados por una reunión o una foto con alguien que paga tan poco y mal. Duele constatar cómo resultan mencionados en los cables de WikiLeaks peleando por quedar cada uno como el dirigente más proestadounidense del país. Después, cuando llega la hora del desaire, tal desesperación no permite argumentar que las diferencias son muchas y que, en realidad, un encuentro no interesaba.
PD: Al margen de todo, y sin querer ensañarnos… La foto de arriba, tomada el domingo en la favela Cidade de Deus de Río de Janeiro, además de mostrar a un Obama poco plástico para el fútbol… ¿no lo deschava yendo con peligrosa plancha sobre el pobre niño carioca? Ay…


