Hay temas que me provocan nostalgia. YPF es uno de ellos. Nostalgia y dolor por una historia que, creo, debió ser muy diferente.
En 1999 la española Repsol, entonces apenas una empresa de refinación (tal como surgía de su propio nombre, Refinería de Petróleo de Escombreras), se quedó con el paquete accionario de esa compañía estratégica para el desarrollo argentino por unos u$s 15.000 millones. Entonces, el petróleo cotizaba en los mercados internacionales a unos u$s 15 por barril.
Ahora la firma española busca nuevos horizontes y acaba de vender el 6,67% de sus acciones por u$s 1.075 millones, lo que arroja una valuación para el total de la filial argentina de u$s 16.126 millones, caso lo mismo que hace doce años. Sólo que hoy el crudo, principal elemento de cálculo para tasar una petrolera, supera cómodamente los u$s 100.
¿Qué pasó en el medio? Errores regulatorios, falta de inversión, distracciones varias, caída dramática de reservas. Pérdida para el país que va mucho más allá de un monto cuantificable.
Y se dejó de hablar de Estado, no siquiera en términos de un regreso con parte del paquete accionario. Pese a que los españoles pusieron YPF en venta nada se dijo sobre esa posibilidad, ni desde el Gobierno ni desde quienes deben dar un debate público sobre el tema. ¿Alcanza con una «argentinización» a través de empresarios privados?
Son muchos los que se deshacen en elogios hacia el «modelo brasileño», pero pocos los que recuerdan que Petrobras, una impactante historia de éxito que va camino a convertirse en un gran jugador mundial, es una compañía mixta con control estatal. Memoria selectiva, que le dicen.
Ese dolor llamado YPF

