La Argentina se quedó súbitamente afónica ni bien se decidió el ataque occidental a Libia. Un twit del canciller Héctor Timerman, algunos comunicados de Cancillería sobre la labor (desde ya encomiable) de los Cascos Blancos en la frontera entre ese país y Túnez y una declaración elíptica de la presidenta, Cristina Kirchner, junto a Hugo Chávez.
«Finalizando el análisis de la acción militar sobre Libia. Primera conclusión: no se habían agotado los medios diplomáticos disponibles», escribió Timerman en su cuenta de Twitter, en económicos 134 caracteres. Difícilmente los seis que le sobraron hubiesen bastado para ir más allá de la cuestión formal sobre cómo se decidieron los ataques militares y abordar el fondo de la cuestión. Fondo que, aclaremos, no pasa por determinar que Muamar Gadafi es un monstruo (hasta Occidente lo sabía, sólo que lo olvidó por unos años al calor de los negocios petroleros y armamentistas) sino por si es válida una intervención semejante en un país soberano.
Mientras, la Presidenta señaló: “Cuando uno mira el mundo y observa a los presuntamente civilizados resolver las cuestiones a bombazos, me siento orgullosa de ser americana del sur, de formar parte de la Unasur y de hacer honor a la tradición de paz y concordia».
«Si se mira en términos de civilización y barbarie, los presuntos bárbaros de América del Sur pudimos resolver civilizadamente y en el marco del derecho internacional, situaciones de gran conflictividad, con una inmensa voluntad de paz», agregó.
Ni siquiera pronunció la palabra «Libia», aunque puede entenderse que no haya querido ir más allá en presencia de un dirigente como Chávez que, más allá de cuestiones de Derecho Internacional, reivindica en Gadafi a un revolucionario y a un amigo personal. Sobre gustos…
Con todo, no fue esa la única ocasión posible para rescatar toda una tradición diplomática argentina que ha sabido defender el principio de no intervención y el de la soberanía de los países y los pueblos, honrada por los aportes decisivos de hombres como Luis María Drago y Carlos Saavedra Lamas. Siempre se está a tiempo de reparar lo que se omitió.
La Argentina muda

