Pocas intervenciones militares occidentales han sido tan precipitadas, mal organizadas y peor justificadas como la actual contra Libia. Un motivo de alivio, seguramente, para el monstruo que es Muamar Gadafi, a quien Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y el resto de la claque quieren… bueno, no se sabe qué quieren hacerle.
En síntesis, la resolución 1.973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas autoriza a los Estados miembros a tomar “todas las medidas necesarias” para “proteger a los civiles y las zonas pobladas por civiles” en Libia. En ningún lugar habla de cambio de régimen, de la destitución del dictador, de su asesinato (como insólitamente llegó a proponer el Reino Unido), de negociar su exilio, de atizar la guerra civil armando a los rebeldes y, por supuesto, de asesinar con sus bombardeos a los mismos civiles que debe cuidar, convirtiéndolos en daños colaterales.
El problema aquí es que, si no se trata de petróleo sino de proteger a la población, ¿el daño es “colateral” a qué objetivo superior? ¿El que no se confiesa?
El tiempo viene demostrando que los rebeldes son una tropa (por ser generoso con los términos) sin poder de fuego, disciplina, entrenamiento, voluntad ni liderazgo suficientes para vencer a los militares leales y a los mercenarios que velan por Gadafi. Sus avances sobre el terreno sólo son posibles cuando siguen a intensos bombardeos aliados. Cuando éstos cesan, los rebeldes emprenden rauda retirada hacia sus endebles bastiones del este de Libia.
Así, Gran Bretaña comenzó a jugar con la idea de pertrechar a los antigadafistas. El problema es que informes de la CIA y otros servicios de inteligencia occidentales afirman que aquéllos han sido penetrados por Al Qaeda y nadie quiere repetir el error cometido en el Afganistán previo al 11-S.
El tema de armar o no a los rebeldes es jurídicamente complejo. Una resolución previa, la 1.970, primera reacción de la ONU a las matanzas con las que Gadafi pretendió conjurar la “primavera libia”, imponía un embargo total de armas al país hoy bajo fuego. Según Londres y Washington, la 1.970 quedó derogada de hecho con la aprobación de la 1.973 y su ambigua (y conveniente) autorización a emplear “todos las medidas necesarias”. Italia, España, Bélgica y la propia OTAN (quienes juegan el papel del “torturador bueno”) piensan lo contrario. Ni unos ni otros confiesan que las dudas pasan en realidad por las credenciales de los dichosos rebeldes, por sus posibles lazos con el terrorismo islamista y por el temor a estar repitiendo el comienzo de un esquema que en otros casos ha llevado a una intervención directa de fuerzas terrestres que por ahora nadie desea asumir.
Más preguntas. ¿Hacer “todo lo necesario” implica en estas horas negociar el exilio de Gadafi? ¿Y la orden de someterlo a la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad en qué quedaría?
En un momento dado, nadie quería el comando de la Operación Amanecer de la Odisea, devenida en Protector Unificado (no, no es una broma) cuando finalmente le tocó hacerse cargo a la OTAN. Estados Unidos no quiere más esfuerzos bélicos (sería el tercero en simultáneo) en momentos en que su deuda pública y su déficit fiscal alcanzan niveles insostenibles, sobre todo cuando “Libia no es un interés vital” para el país, según dijo el jefe del Pentágono, Robert Gates. “Pero sí tenemos intereses allí y es parte de una región que es de vital interés para Estados Unidos”, matizó. Subtitulado: no dependemos del petróleo libio, pero petroleras norteamericanas tienen mucho que ganar o que perder según sea el desenlace de la crisis; además, no queremos que el incendio se extienda a países petroleros más importantes.
Mientras, las fuerzas de seguridad sirias siguen practicando tiro al blanco con los manifestantes prodemocráticos. ¿Bombardear allí? «No», dijo Hillary Clinton. “Es que ahí no hay petróleo”, aclaró el ministro italiano de Economía y Finanzas Giulio Tremonti.