Mucho se habla y con gran admiración del modelo peruano, al que se atribuye el impactante salto de la economía que, por fin, parece poner al país en el sendero del desarrollo. Los mismos peruanos, al menos en el grueso de su dirigencia política, de su intelectualidad y de sus formadores de opinión, sueñan gracias a ello con poder, de una buena vez, plantear una competencia en pie de igualdad con Chile, país con el que el Perú ha rivalizado largamente, con el que se ha enfrentado (y perdido) en una guerra que terminó, incluso, con la ocupación de Lima, y con el que mantiene disputas territoriales más o menos amables.
Un dato basta para ilustrar esas esperanzas y ese motivo de orgullo nacional: si en la década horrible de los 80 (signada por el primer paso de Alan García por el poder, por la cesación de pagos de la deuda externa y por una hiperinflación desatada) la economía peruana se desinfló un 9,2%, en la del 90 rebotó un 47,6% y en la primera del siglo XXI se aceleró un impactante 73,6%. De la mano de esto, el PBI per capita se acercó a unos mucho más respetables u$s 6.000 dólares.
La tendencia, como vimos, viene en proceso de aceleración. El crecimiento económico de 2007 llegó al 8,9% y trepó en 2008 al 9,8%. Crisis internacional mediante, se redujo a 0,9% en 2009 (aunque aún en terreno positivo, toda una proeza en semejante contexto) y volvió a ubicarse el año pasado en 8,8%. Para este período, las estimaciones de 7% lucen ya bastante conservadoras y son superadas en un par de puntos por la realidad.
Semejante expansión, uno debería pensar, debería ir de la mano de un amplio consenso social. Sorprende, con todo, constatar que ello está muy lejos de ocurrir. Por sólo citar a los últimos dos presidentes, Alejandro Toledo y el reciclado Alan García, la salida del poder los ha encontrado con niveles de popularidad paupérrimos, tanto que ni uno ni otro lograron en su hora ni siquiera soñar con impulsar una reforma constitucional que habilitara la reelección inmediata. Tampoco, objetivo mucho más modesto, impulsar un candidato propio para el próximo turno.
Toledo vuelve ahora y con chances, es cierto. Pero eso es sólo posible por el descrédito general de la clase política, algo que lo coloca como un candidato expectable con una intención de voto no muy superior a la aprobación que tenía al finalizar su mandato hace cinco años: sólo 22%. La cuestión es que eso alcance el domingo para salir primero o segundo, entrar al balotaje de 5 de junio, apostar todo a que el rival sea ese cuco que es Ollanta Humala e introducir en el debate todo el miedo posible.
Según la última encuesta del instituto IMA (que va en la misma tendencia de las otras conocidas), el nacionalista Humala (exmilitar acusado de violaciones a los derechos humanos, exchavista arrepentido, admirador tardío de Luiz Inácio Lula da Silva, cliente hoy de expertos en imagen que lo han trajeado y puesto “más presentable” y moderado) lidera con el 26,1%. Lo siguen el liberal-conservador Toledo, la conservadora populista Keiko Fujimori (hija de papá, a quien sacará de prisión si gana) con 17,8% y el liberal tecnocrático Pedro Pablo Kuczynski con 15,7%. Más atrás queda el exalcalde limeño Luis Castañeda con 11,9%.
Curioso. Estamos ante un panorama electoral similar al de la Argentina de 2003, cuya violenta implosión política, económica y social no son asimilables al Perú de hoy. ¿Cómo es posible entonces un escenario electoral equivalente y tan cruzado por el escepticismo?
Para entenderlo hay que analizar al menos brevemente el llamado modelo peruano, basado fuertemente en el complejo minero, capaz de absorber grandes inversiones debido a las ventajas comparativas que ofrece el país pero generador de una prosperidad de muy difícil derrame.
El año pasado, las exportaciones mineras de Perú llegaron a u$s 22.000 millones, el 62% del total nacional, lideradas por el oro (42% de aquella cifra), el cobre (36%), el zinc (7,5%), el plomo (6,8%), el estaño (2,9%), el hierro (1,8%) y la plata (1,3%). Todo, claro, primario y en crudo. Pero el calor de la crisis internacional disimula casi todo: el oro, refugio tradicional para los inversores, no ha dejado de encarecerse, mientras que el cobre, cada vez más codiciado por países como China, permanece en precios récord y es hoy una gran aspiradora de inversiones.
Pero, pese a su preeminencia dentro de la estructura de la economía peruana, el sector minero formal ocupa apenas al 1% de la población económicamente activa, según un estudio de Enrique Vásquez (Universidad del Pacífico) difundido el año pasado. El estudio aporta, entre otros, un dato de gran interés: la inversión necesaria para crear un puesto de trabajo en la minería es 16,6 veces la que se requiere en la agricultura.
El carácter capital intensivo de esas inversiones (sumado a su condición eminentemente extranjera) tiene así un impacto más que modesto en la ampliación del mercado de consumo doméstico y en la mejora de las condiciones de vida de la población. Mientras, la desocupación se mantiene, rebelde, entre el 9 y el 10%, dato que, como en todos los países latinoamericanos, no debe oscurecer el hecho de que hay todo un mundo de economía informal y precaria que no es registrado por las estadísticas. Entre los jóvenes, en tanto, la falta de empleo duplica al promedio y triplica a la que sufren los adultos, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
No sorprende, entonces, que el 35% de los peruanos que siguen viviendo con menos de u$s 4 diarios (y las capas ubicadas inmediatamente por encima de ellos) se sientan excluidos del mercado y, si no se refugian en la indiferencia, busquen alternativas con cierto aroma antisistema como la que ofrece (¿ofrecía?) Humala.
El propio Chile, el gran espejo en el que Perú se mira entre la admiración, la envidia y el resentimiento, no logra superar del todo los problemas de una economía primaria. Casi la mitad de las exportaciones chilenas son mineras (con el cobre y sus derivados a la cabeza), y a ellas le siguen el pescado, la harina de pescado y productos agrícolas. Perú viene aún más rezagado en esa carrera.
Es largo todavía el camino que resta recorrer en esta parte del mundo, e importantes las reformas necesarias a modelos que deslumbran más en lo macro que en lo concreto, para que las economías nacionales estén verdaderamente diversificadas, para que los frutos del crecimiento lleguen a todos y para que los sistemas políticos tengan, por fin, una base de consenso suficiente.