Las elecciones presidenciales de ayer en Perú dibujaron un panorama electoral tan fragmentado como el de la Argentina de 2003, aunque su realidad económica está a años luz de la violenta implosión política, económica y social que se había producido poco antes de aquella fecha en nuestro país. Para entender esta paradoja, hay que examinar el modelo peruano, un sendero de crecimiento económico impactante que, por sus propias características, derrama con cuentagotas sobre la mayoría de la población.
Si en la década horrible de los 80 (signada por el catastrófico primer paso de Alan García por el poder, con sus secuelas de cesación de pagos de la deuda externa y una hiperinflación desatada) la economía peruana se desinfló un 9,2%, en la del 90 rebotó un 47,6% y en la primera del siglo XXI se aceleró un brillante 73,6%. De la mano de esto, el PBI per cápita se acerca ya a unos mucho más respetables u$s 6.000 dólares. Y la tendencia no para: las estimaciones de un crecimiento del 7% para este año lucen a esta altura bastante conservadoras, y son superadas en al menos un par de puntos por la realidad.
Así las cosas, el grueso de la dirigencia política, de la intelectualidad y de los formadores de opinión sueñan por fin con la posibilidad de plantear una competencia en pie de igualdad con Chile, país con el que el Perú ha rivalizado largamente, con el que ha librado (y perdido) una guerra que terminó, incluso, con la ocupación de Lima, y con el que mantiene disputas territoriales más o menos amables.
El año pasado, las exportaciones mineras de Perú llegaron a u$s 22.000 millones, el 62% del total nacional, lideradas por el oro (42% de aquella cifra), el cobre (36%), el zinc (7,5%), el plomo (6,8%), el estaño (2,9%), el hierro (1,8%) y la plata (1,3%). Casi todo, claro, primario y en crudo. Pero se sabe que en este rincón del mundo la crisis internacional se disfraza de viento de cola: el oro, refugio tradicional para los inversores, no ha dejado de encarecerse, mientras que el cobre, cada vez más codiciado por países como China, permanece en precios récord y es hoy una gran aspiradora de inversiones.
Pero, pese a su preeminencia dentro de la estructura de la economía peruana, el sector minero formal ocupa apenas al 1% de la población económicamente activa, según un estudio de Enrique Vásquez (Universidad del Pacífico) difundido el año pasado. El estudio aporta, entre otros, un dato de gran interés: la inversión necesaria para crear un puesto de trabajo en la minería es 16,6 veces la que se requiere en la agricultura.
El carácter capital intensivo de esas inversiones (sumado a su condición eminentemente extranjera) tiene así un impacto más que modesto en la ampliación del mercado de consumo doméstico y en la mejora de las condiciones de vida de la población. Mientras, la desocupación se mantiene, rebelde, entre el 9% y el 10%, dato que, como en todos los países latinoamericanos, no debe oscurecer el hecho de que hay todo un mundo de economía informal y precaria cercano al 50% del total que no es registrado por las estadísticas. Entre los jóvenes, en tanto, la falta de empleo duplica al promedio y triplica a la que sufren los adultos, de acuerdo con cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
No sorprende, entonces, que el 37% de los peruanos que siguen viviendo en la pobreza (más de 10 puntos menos que un lustro atrás, pero aún mucha gente) y las capas ubicadas inmediatamente por encima de esa línea de miedo se sientan excluidos del «boom» económico y se refugian en la indiferencia o busquen alternativas con cierto aroma antisistema como la que ofrece (¿ofrecía?) Ollanta Humala.
El propio Chile, el gran espejo en el que se mira entre la admiración y el resentimiento el Perú de hoy, no logra superar del todo los problemas derivados de una economía básicamente primaria. Perú viene aún más rezagado en esa carrera.
Es largo todavía el camino que resta recorrer en la mayor parte de los países latinoamericanos para convertir crecimiento en desarrollo, e importantes las reformas necesarias a modelos que deslumbran más en lo macro que en las condiciones de vida de la gente concreta.
Así las cosas, el grueso de la dirigencia política, de la intelectualidad y de los formadores de opinión sueñan por fin con la posibilidad de plantear una competencia en pie de igualdad con Chile, país con el que el Perú ha rivalizado largamente, con el que ha librado (y perdido) una guerra que terminó, incluso, con la ocupación de Lima, y con el que mantiene disputas territoriales más o menos amables.
El año pasado, las exportaciones mineras de Perú llegaron a u$s 22.000 millones, el 62% del total nacional, lideradas por el oro (42% de aquella cifra), el cobre (36%), el zinc (7,5%), el plomo (6,8%), el estaño (2,9%), el hierro (1,8%) y la plata (1,3%). Casi todo, claro, primario y en crudo. Pero se sabe que en este rincón del mundo la crisis internacional se disfraza de viento de cola: el oro, refugio tradicional para los inversores, no ha dejado de encarecerse, mientras que el cobre, cada vez más codiciado por países como China, permanece en precios récord y es hoy una gran aspiradora de inversiones.
Pero, pese a su preeminencia dentro de la estructura de la economía peruana, el sector minero formal ocupa apenas al 1% de la población económicamente activa, según un estudio de Enrique Vásquez (Universidad del Pacífico) difundido el año pasado. El estudio aporta, entre otros, un dato de gran interés: la inversión necesaria para crear un puesto de trabajo en la minería es 16,6 veces la que se requiere en la agricultura.
El carácter capital intensivo de esas inversiones (sumado a su condición eminentemente extranjera) tiene así un impacto más que modesto en la ampliación del mercado de consumo doméstico y en la mejora de las condiciones de vida de la población. Mientras, la desocupación se mantiene, rebelde, entre el 9% y el 10%, dato que, como en todos los países latinoamericanos, no debe oscurecer el hecho de que hay todo un mundo de economía informal y precaria cercano al 50% del total que no es registrado por las estadísticas. Entre los jóvenes, en tanto, la falta de empleo duplica al promedio y triplica a la que sufren los adultos, de acuerdo con cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
No sorprende, entonces, que el 37% de los peruanos que siguen viviendo en la pobreza (más de 10 puntos menos que un lustro atrás, pero aún mucha gente) y las capas ubicadas inmediatamente por encima de esa línea de miedo se sientan excluidos del «boom» económico y se refugian en la indiferencia o busquen alternativas con cierto aroma antisistema como la que ofrece (¿ofrecía?) Ollanta Humala.
El propio Chile, el gran espejo en el que se mira entre la admiración y el resentimiento el Perú de hoy, no logra superar del todo los problemas derivados de una economía básicamente primaria. Perú viene aún más rezagado en esa carrera.
Es largo todavía el camino que resta recorrer en la mayor parte de los países latinoamericanos para convertir crecimiento en desarrollo, e importantes las reformas necesarias a modelos que deslumbran más en lo macro que en las condiciones de vida de la gente concreta.
(Nota publicada en Ámbito Financiero. Foto de agencia Reuters)

