La historia es corta, y su corolario, interesante. Parece que nos es lejana, pero no es así. Veamos.
Islandia vivió en septiembre de 2008 una grave crisis, centrada básicamente en sus sobredimensionados bancos. Tres de ellos debieron incluso ser reestatizados. Así, cuando esas entidades ganaban dinero a raudales en plena burbuja y timba, la presión había pasado por privatizarlos; cuando perdían, por nacionalizarlos, de modo de cargarle el muerto al pueblo islandés.
Una entidad, Icesave, filial en Internet del Landsbanki (uno de los renacionalizados), quebró, perjudicando a numerosos ahorristas británicos y holandeses. Los Gobiernos del Reino Unido y de Holanda debieron entonces correr con el pago de las garantías de depósito establecidas para las operaciones en esos países. Sin embargo, le reclamaron al fundido Estado islandés que los resarciera por u$s 4.000 millones. Una locura para un país de 320.000 habitantes y para una economía que antes de la crisis etnía un PBI de u$s 12.000 millones.
El tema fue puesto a consideración de los islandeses dos veces en plebiscito. El resultado, en ambas, fue un no tan rotundo como elogiable.
Islandia se ve confrontada ahora a trabas a su aspiración de entrar a la Unión Europea y a nuevos juicios. Además, la calificadora Standard & Poor’s decidió ayer rebajar la nota de riesgo soberano del país como sanción directa por el resultado del voto popular. La democracia tiene razones que el mercado no entiende.
Pregunta final, cortita y al pie. ¿Alguien, alguna casa matriz de un banco extranjero (para no irnos al extremo de hablar de Estados), se hizo cargo de la insolvencia de sus filiales argentinas en la crisis de 2001?

