Antes de comenzar, en seco, una advertencia: Estados Unidos atraviesa una fase acaso estructural de dificultades, que limitan su rol imperial, pero de ningún modo puede proclamarse su derrumbe. Al contrario, sigue contando con recursos económicos, militares, científicos, políticos y hasta ideológicos únicos para restablecer su posición. Aunque, y en esto estriba la cuestión, su debilidad relativa actual y la emergencia de nuevos factores internacionales de poder puede llevar a que en el futuro deba acostumbrarse a pensar su rol más en términos de mero predominio que de hegemonía.
Vayamos ahora al tema. La crisis financiera de 2008, derivada del estallido de la fraudulenta burbuja de las hipotecas de baja calidad, está teniendo efectos duraderos en la economía estadounidense. El crecimiento parece regenerarse más rápidamente que en la eurozona (no más que en Alemania, pero sí que en el promedio de esa área), pero aún sin generar el empleo suficiente para que el índice baje del actual 9-10%. Y este dato es sensible en lo político en momentos en que Barack Obama comienza a trabajar en su reelección, dura faena que sólo facilita el extremismo derechista que prima en el Partido Republicano y en la insistencia de éste en prescribir las recetas de siempre para una nueva enfermedad.
Pero, más importante para lo que estamos tratando, aquella crisis que amenazaba con llevarse puesto todo el sistema financiero obligó al Estado norteamericano a ensayar un monumental rescate que, vía un híper déficit fiscal y un hiperendeudamiento, terminó haciendo sistémica una crisis sectorial. Pero aquello, el déficit fiscal que alcanza hoy al 11% del PBI y una deuda pública que se acerca al 100%, niveles verdaderamente tercermundistas, determina mucho de lo que está pasando.
Las calificadoras de riesgo son, ya lo sabe hasta el establishment, impresentables. Pero ayer, por primera vez (al menos en lo que yo tenga memoria) una de estas, Standard & Poor’s, centró sus admoniciones no ya en remotos países subdesarrollados sino en la gran potencia mundial. Dijo que hay un 33% de posibilidades en los próximos dos años deba rebajar la nota de la deuda de Estados Unidos, que en la actualidad es AAA, el máximo nivel. (Digresión: ¿cómo llegarán a un porcentaje al evaluar riesgos tanto económicos como políticos, me pregunto? En fin…). Así, puso los Bonos del Tesoro en revisión negativa.
El hecho, inédito en sí mismo, se vincula con la pelea por el Presupuesto para el año fiscal 2012, que comienza el 1 de octubre, ya desatada. Aquel déficit fiscal del 11% del PBI significa en vil metal 1,6 billones de dólares. Obama ha propuesto reducirlo en 4 billones en los próximos doce años, mientras que los republicanos pretenden hacerlo en 6 billones y en una década. Más: el Presidente pretende tocar lo menos posible los gastos del sistema de salud y aumentar los impuestos a los ricos, justo al revés de sus rivales. La pelea será encarnizada. De más está decir que una política de aliento al consumo y una consiguiente retomada fuerte del crecimiento económico implicaría una recuperación de los ingresos fiscales que, como en tiempos de Bill Clinton, cerraría rápidamente buena parte de esa brecha. Pero, pese a todo lo que se habla de un cambio de paradigma ideológico en el mundo, no parece ese un camino que el grueso de la dirigencia estadounidense esté dispuesto a recorrer. A sufrir, entonces.
Pero para peor, si no hay avances en aquella puja, la mayoría republicana de la Cámara de Representantes (baja) podría negarse a incrementar el tope autorizado para el endeudamiento público de 14,29 billones de dólares, que será alcanzado en mayo. Desde julio, mes hasta el que podrían aplicarse parches legales, la amenaza de default sería en tal caso más que concreta. De todos modos, uno no espera que, al final, la sangre llegue al río.
Problemas de tercer mundo, insistimos. Pero problemas, en cualquier caso, que tienen profundas implicancias globales. Estados Unidos lleva adelante hoy dos guerras, la de Irak (que parece, después de todo, razonablemente encaminada) y la de Afganistán (todo un albur). Mientras, la amenaza terrorista sigue acechando. Todo esto supone gastos de defensa y seguridad interior gigantescos, en momentos en que se impone hacer recortes en todos lados.
No sorprende así que la hiperpotencia en apuros se haya retirado del escenario de guerras civiles que sacuden al mundo árabe. Apoyó, con alguna renuencia inicial, la vía militar en Libia y contribuyó con los primeros ataques para, rápidamente, ceder el protagonismo a una Europa que no puede consigo misma. La OTAN se hizo cargo del comando y los bombardeos, pero las peleas europeas se hicieron indisimulables en su seno y fuera de él. ¿Derrocar o matar a Muamar al Gadafi? ¿Armar o no a los rebeldes? ¿Enviar o no tropas de tierra? ¿Cumplir, modificar o violentar torpemente la resolución del Consejo de Seguridad que autorizó la aventura? ¿Qué hacer, finalmente, con las decenas de miles de refugiados norafricanos que atormentan la sensibilidad nacional italiana y que ningún otro país quiere ayudar a aliviar, una oleada que podría agravarse hasta un punto inimaginable en el actual contexto de impasse militar en Libia?
La intervención en ese país revela una dosis importante de hipocresía, no sólo por hablar de humanitarismo cuando en realidad se trata de petróleo, sino porque (Aznar dixit) desde una perspectiva de derecha dura se termina castigando a un “amigo extravagante” como Gadafi mientras se indultan las barbaridades de regímenes hostiles a Occidente como Siria e Irán, producidas además en el mismo contexto de revueltas prodemocráticas. Al libio se lo acusó con razón de asesinar salvajemente a su propio pueblo. ¿Qué decir entonces de las sangrientas represiones en Irán cuando la sospechada reelección de Mahmud Ahmadineyad, o el conato de protestas más reciente? ¿Qué de Siria, donde las fuerzas de seguridad vienen practicando en las últimas semanas tiro al blanco con los manifestantes, dejando ya 200 muertos, y donde ayer mismo la emprendieron brutalmente contra gente que protestaba sentada? ¡Es el petróleo, estúpido!
Pero, más allá de dicha hipocresía, lo que se pone de relieve es que Estados Unidos ya no puede cumplir con el papel de gendarme global que había llegado a su punto más alto con George W. Bush. Sus capacidades materiales actuales no dan para eso. Y emprende, entonces, una retirada poco discreta que recorta su alcance como gran potencia excluyente. El Mediterráneo, parece, ya no es cosa suya; que Europa se arregle. Toda una novedad.
Como dijimos al comienzo, no caben los festejos anticipados y ese país lo tiene todo para volver a ser. La solución gradual del déficit fiscal y el endeudamiento tiene a su favor el hecho de que el principal prestamista es, por lejos, China, país que debe retener sus masivas tenencias de Bonos del Tesoro en pos de la preservación de ese capital y, más importante, del mecanismo por el cual, al financiar el desequilibrio macroeconómico estadounidense, termina asegurando el mantenimiento del principal mercado internacional para sus exportaciones.
¿Volverá Estados unidos a ser antes o después de que China pueda traducir su poderío económico en términos políticos? ¿Antes o después de que fragüe en lo estratégico el tan mentado crecimiento del mundo emergente? ¿Antes o después de que la Unión Europea supere su enanismo político inveterado y se convertirá, por fin, en un poco de verdadero poder global? ¿Se consolidará el tantas veces anunciado mundo multipolar?
Se verá. Por ahora lo cierto es que el brazo de Estados Unidos se ha encogido súbitamente. Tanto que una desacreditada calificadora de riesgo se anima a mojarle la oreja.