La crisis fue inicialmente, en 2008, un problema restringido al sistema financiero estadounidense, dada la exposición de sus bancos a las hipotecas de baja calidad. El salvataje masivo de los gobiernos de George W. Bush y Barack Obama la convirtieron en una crisis de la economía de los Estados Unidos, dado el contagio a todo el sistema que provocó la explosión de la deuda pública (casi 100% del PBI en la actualidad) y del déficit fiscal (11%). La tercera fase fue su contagio a Europa, también a través de los problemas de los bancos, de su rescate por parte de los gobiernos nacionales y de la caída del principal mercado importador del mundo.
La eclosión se produjo con particular fuerza en la periferia de la zona del euro: primero Grecia; luego Irlanda; más tarde Portugal. La Unión Europea puso una carretilla de dinero para “rescatar” a esos países (a sus propios bancos, en realidad, demasiado comprados en títulos de deuda soberana que pasaron a valer nada). La idea fue darle tiempo a Italia y sobre todo a España, dos economías grandes, a despegarse, limitando los efectos sobre toda la eurozona y los consiguientes costos de una “ayuda” que se habría hecho imposible por los montos involucrados. Que los PIGS fueran sólo PIG.
En ese punto nos encontramos hoy. Según el Fondo Monetario Internacional, ajustes brutales mediante, España no crecerá al 2% al menos hasta 2017, pero eso es problema sólo de los españoles. El sistema respira aliviado.
Desde el comienzo dijimos que la magnitud de los ajustes de Grecia, Irlanda (por lo menos acá y acá) y Portugal eran social y políticamente insostenibles y que, tarde o temprano, se debía avanzar en una «solución a la argentina”, esto es una renegociación con quita de la deuda pública.Hoy pocos dudan, en primer lugar para Grecia, que eso es lo que se viene.
Pero, hay otra derivación, en este caso política: el crecimiento de la ultraderecha xenófoba y antieuropea, expresada en primer lugar en las recientes elecciones de Suecia y Finlandia. ¿Y si la ola llega a los “grandes”?
Conviene mirar a Francia, donde el Frente Nacional de Marine Le Pen (foto, digna hija del inefable Jean-Marie) crece en las encuestas de intención de voto para las presidenciales del año que viene, relegando al partido de Nicolas Sarkozy a un tercer lugar que lo sacaría de un balotaje. Así, los franceses realmente democráticos, que en su momento debieron votar por Jacques Chirac en una coyuntura similar (“papá” había eliminado al Partido Socialista) ahora podrían verse obligados, lo deseen o no, a sufragar por el centroizquierda.
Para evitar el desastre, Sarkozy juega la carta ultraderechista. La emprende contra el islam (a través de un curioso debate dentro de su partido y mediante la prohibición por ley de que las mujeres usen el velo integral, un fenómeno que se limita a apenas dos mil de ellas) y contra la inmigración. Ya le dijo a Silvio Berlusconi que se arregle solo con la ola de refugiados que llegan a Lampedusa debido a las crisis políticas en el norte de África y, para ello, aboga por una suspensión del Tratado de Schengen, que establece la libre circulación de personas dentro de la Unión Europea. Esto es, amenaza con un retroceso fenomenal para la construcción comunitaria.
Un dato final. Según una encuesta publicada ayer, Marine Le Pen atrae el voto obrero más que Sarkozy y cualquiera de los posibles candidatos socialistas juntos.
De acuerdo con un sondeo de Ifop publicado por Le Journal du Dimanche, Ifop, Le Pen lograría un 36% del voto trabajador contra 15% de Sarkozy y 17% de Dominique Strauss-Khan, directos gerente del FMI y, a la vez, curioso socialista. Esto expresa un fuerte temor a perder el empleo a manos de inmigrantes (extracomunitarios y también europeos).
Si la ola ultra llega a Francia, cabrá más bien hablar de un tsunami.

