Joseph Biden no es un vicepresidente más. Es el hombre que acompañó a Barack Obama en la elección de noviembre de 2008 con la condición de mantener una palabra de peso en cuestiones de política internacional. Por eso conviene volver sobre sus declaraciones más recientes, que pasaron injustamente desapercibidas y en las que respondió de modo contundente a los pedidos de un papel más decidido de Estados Unidos en la guerra de Libia: «No podemos hacer todo».
Si algo pone en evidencia la ola de revueltas populares en el mundo árabe, es la novedad de una renuncia de Estados Unidos a seguir jugando el viejo rol de gendarme global. Algo que señaló de modo más que claro el propio Biden el jueves al Financial Times, al indicar que «si Dios todopoderoso sacara a los Estados Unidos de la OTAN y los depositara en Marte (…), sería extraño sugerir que la OTAN y el resto del mundo no pueden lidiar con (la crisis de) Libia». Subtitulado: que Europa se haga cargo de una intervención por la que bregó activamente en una zona de su directa influencia, en la que entran en crisis países que fueron sus colonias, en la que tiene valiosas inversiones por las que velar y que deposita parte importante de su seguridad energética.
Pero el carácter razonable de los dichos del vicepresidente demócrata no excluye el hecho de fondo: Estados Unidos elige retirarse de ese escenario regional, marcando un contraste claro con la era de George W. Bush, cuando ningún barullo parecía ajeno a la Casa Blanca. ¿Qué ha cambiado? Básicamente, que, en este momento, Estados Unidos no es lo que era.
La crisis financiera que sacudía a ese país y al mundo en 2008, el año del triste final del republicano, derivada del estallido de la burbuja de las hipotecas de baja calidad, está teniendo efectos duraderos en la economía estadounidense. El crecimiento parece recuperarse más rápidamente allí que en el promedio de la eurozona, pero aún sin generar los puestos de trabajo suficientes para que el índice de desempleo baje del actual 9%/10% y, sobre todo, para darle a Obama garantías sobre el cambio de humor que necesita en una ciudadanía que, por ahora, lo califica apenas con un regular. La reelección el año próximo se presenta para el mandatario como una faena ardua, que sólo parece facilitar el extremismo que prima en el Partido Republicano.
Aquella coyuntura, que amenazaba con llevarse puesto todo el sistema financiero obligó al Estado norteamericano a ensayar un monumental rescate que, vía la consecuente explosión del déficit fiscal y un hiperendeudamiento, terminó haciendo sistémica una crisis en principio sectorial. Y eso, el déficit fiscal que alcanza hoy al 11% del PBI y una deuda pública que se acerca al 100%, niveles tercermundistas, determina mucho de lo que está pasando.
Las calificadoras de riesgo se han ganado con creces su reputación de inimputables, pero causó revuelo que el lunes de la semana pasada Standard & Poors se haya animado por primera vez a centrar sus admoniciones no ya en remotos países subdesarrollados, sino en la gran potencia mundial, cuya deuda puso en revisión negativa. Esto se vincula con la pelea desatada en torno al Presupuesto para el año fiscal 2012, que comenzará el 1 de octubre. Aquel déficit del 11% del PBI significa en vil metal nada menos que 1,6 billón de dólares anuales. Obama ha propuesto ahorros por 4 billones en los próximos doce años, mientras que los republicanos pretenden ajustar 6 billones y en una década.
Con su plan, el mandatario pretende tocar lo menos posible los gastos del sistema de salud y aumentar los impuestos a los ricos, justo al revés de sus rivales. La pelea será encarnizada, pero pensar en una cesación de pagos realmente parece ciencia ficción. Que los muchachos de S&P se queden tranquilos: ni unos ni otros querrán cargar con la culpa de haber llevado al país a un inédito default, sobre todo en un año electoral, y, tarde o temprano, llegarán a un acuerdo que asegure la actualización del tope autorizado para el endeudamiento público, hoy de 14,3 billones de dólares y camino a alcanzarse el mes que viene.
Este contexto de estrechez presupuestaria es fundamental para entender esa parcial retirada estratégica de Estados Unidos. El país lleva adelante hoy dos guerras en paralelo, la de Irak (que parece razonablemente encaminada) y la de Afganistán (todo un albur). Mientras, la amenaza terrorista sigue acechando y abulta gastos de defensa y seguridad interior ya gigantescos, en momentos en que se impone hacer recortes en todos lados. La carrera pasa por buscar la salida más decorosa posible de aquellos escenarios, no por precipitarse a nuevas aventuras en las que hay muy poco por ganar. Más de Biden: «Todo el mundo sabe que (Muamar Gadafi) es el malo (…), pero la cuestión es si Estados Unidos debe concentrar sus recursos en Irán, Egipto, Corea del Norte, Afganistán y Pakistán» o hacerse cargo de Libia. Breve digresión: alivia saber que «todo el mundo» sabe por fin que el tirano de Trípoli es un sujeto repudiable.
No sorprende así que el Pentágono haya encabezado los primeros bombardeos para, con una prisa mal disimulada, entregar casi de inmediato el comando de la campaña a la OTAN. En esa instancia, la Unión Europea respondió del único modo que conoce cuando de temas militares y diplomáticos se trata: con desacuerdos públicos muy poco prolijos. El escándalo entre Italia y el resto de la UE sobre qué hacer con la secuela de refugiados que está dejando la crisis magrebí es elocuente. En tanto, el bloque se trabó en escabrosos debates sobre si cabe derrocar o matar a Gadafi; sobre si es mejor armar a los rebeldes o investigar si están ligados a Al Qaeda; sobre si conviene cumplir, modificar o violentar alevosamente la resolución 1.973 del Consejo de Seguridad que autorizó los bombardeos… Sobre si, en definitiva, hay que explorar una salida diplomática o emprender la azarosa empresa de enviar una avanzada de tropas terrestres, como parece comenzar a ocurrir.
Es evidente que Estados Unidos atraviesa una fase de retirada discreta del rol de única potencia global que impuso la implosión de la Unión Soviética a fines de los 80. Una necesidad que se deriva de sus actuales debilidades económicas y que da por tierra con las esperanzas de que la guerra en Libia inaugurara una supuesta «doctrina Obama». Como queda clamorosamente claro a la luz de los sucesos en Siria y Yemen (donde las masacres son alarmantes y, en el segundo caso, hasta se negocia la salida del dictador Ali Abdalá Saleh con garantías de inmunidad legal), no se trató entonces de proclamar la justicia de atacar a todos los dictadores que violan los derechos humanos; la resolución 1.973 resulta un gesto bastante más oportunista, chapucero y manchado de petróleo.
Pero lo anterior no debe llevar a engaño a quienes viven soñando con la caída del imperio. Ese país conserva recursos económicos, militares, científicos, políticos, comunicacionales y hasta ideológicos únicos para restablecer su posición cuando pase la era del ajuste. Eso sí: de cuánto tarde en hacerlo depende cuál será el rostro del mundo que observará al despertar. La tantas veces proclamada y hasta hoy nunca concretada multipolaridad sólo será una realidad si duerme demasiado.
Estados Unidos, hiperpotencia en retirada

