La economía de los Estados Unidos venía sorprendiendo por el nivel de su recuperación. Aunque esto no se traducía del todo en la creación de empleo, que, todo un problema político, sigue por encima del 9%, era una tendencia que no se ponía en duda. Hasta hoy, cuando el crecimiento económico del cuatro trimestre del año pasado de 3,1% contrastó con el del período enero-marzo, que cerró en un magro 1,8%. Un número muy inferior y, además, por debajo del 2% estimado por los analistas.
Es sólo un dato, que deberá contrastarse con los que vengan. Pero preocupa, sobre todo por las causas del retroceso relativo. Primero, un aumento del déficit comercial; segundo, los efectos del incipiente retiro del andador que el gasto público supone para la actividad; tercero, la suba del petróleo, que resta capacidad de consumo a las familias.
El primer punto se vincula con el tercero y, dada la coyuntura en un Medio Oriente convulsionado y con un dólar en baja, no parece que vaya a revertirse dramáticamente en el costo plazo. Tanto es así que pese a la perspectiva de un nivel de actividad en baja en la principal economía del mundo, el crudo cerró a un máximo de 31 meses en Nueva York. El segundo, en tanto, debería empeorar, dado que demócratas y republicanos coinciden en la necesidad de reducir el déficit fiscal (11% del PBI) y sólo difieren en el monto, el plazo y en si debe suponer una suba de impuestos para los más ricos.
Otra mala para Obama justo cuando pone en marcha su maquinaria política para las elecciones del año próximo.