Conforme pasaban los años tras el horror desatado en 2001 en Nueva York, Washington y Pensilvania, con 3.000 muertos y una conmoción internacional mayúscula, era cada vez más probable que a Osama bin Laden le se fueran acabando las guaridas y que, más tarde o más temprano, cayera en su ley. Tampoco sorprende que los acontecimientos hayan culminado con su muerte y no con su detención, dadas las dificultades operativas que habría entrañado la segunda opción y que el operativo comando que lo abatió el domingo estuvo diseñado, todas luces, a la primera de ellas.
Lo que sorprende, en cambio, es el escenario del asesinato. El líder de Al Qaeda no cayó en un remoto refugio de la insondable frontera montañosa entre Afganistán y Pakistán, donde se suponía que se ocultaba y recibía protección tribal. Lo hizo en una casa de Abotabad, un distrito residencial próximo a la capital paquistaní, Islamabad (foto).
Abotabad está ubicado unos 50 kilómetros al noreste de esa ciudad y, además, alberga la Academia Militar de Pakistán, una de las instituciones más importantes de las Fuerzas Armadas nacionales. Se presume que los controles allí deben ser muy estrechos.
Desde el 11-S se habló mucho acerca de los problemas de salud que, se suponía, arrastraba el líder terrorista. Eso hacía difícil que las montañas fueran un lugar adecuado para alguien que, se afirmaba, hasta se veía obligado a someterse a sesiones de diálisis. Los próximos días serán ricos en información, confirmaciones y desmentidas, y se verá hasta qué punto estas lucubraciones de la CIA eran correctas y en qué medida orientaron su localización final en la gran ciudad.
En cualquier caso, podrá argumentarse que, al acercarse a Islamabad, probablemente desde hace varios meses, Bin Laden permitió que se lo acorralara. El Gobierno paquistaní podrá alegar, incluso, que eso es lo que permitió su asesinato. Lo que sorprende, sin embargo, es imaginar los niveles de protección que Bin Laden debió haber concitado para tomar semejante riesgo.
Se sabe desde hace tiempo que el aparato militar y de inteligencia de Pakistán están ampliamente infiltrados por elementos islamistas cercanos a los talibanes. Los atentados de esa matriz han sido frecuentes y a gran escala en los últimos años, lo que incluyó el asesinato de Benazir Bhutto el 27 de diciembre de 2007.
Mientras lucha contra su crisis económica, su déficit fiscal del 11% del PBI y una deuda pública que se acerca ya al 100% del mismo, las restricciones presupuestarias fuerzan a Estados Unidos a dejar de actuar como el gendarme global y a concentrar sus esfuerzos en sus principales áreas de interés. Primero, debe salir de Irak, cuya situación se ha estabilizado de manera razonable. Luego, impedir que Afganistán vuelva a caer en manos de los fanáticos talibanes, los mismos que dieron protección a Bin Laden durante los preparativos del 11-S. Tercero, impedir que el islamismo se apodere del Estado en Pakistán.
Ya lo había dicho, pocos días atrás, el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, cuya voz es influyente en temas internacionales. En referencia a la cesión del protagonismo en Libia a la Unión Europea y a la OTAN, por considerar a ese país un escenario de importancia limitada para su país, señaló que la Casa Blanca debe decidir si sus recursos se deben concentrar allí o, por el contrario, “en Irán, Egipto, Corea del Norte, Afganistán y Pakistán; no podemos hacer todo».
Pakistán, un país de 170 millones de habitantes y un ingreso per capita de apenas 3.000 dólares, es un polvorín. Tanto que su Gobierno, lejos de colgarse una medalla por su presunta colaboración en el golpe de ayer, salió a despegarse inmediatamente y a dejar en manos de Barack Obama tanto los logros como los costos políticos. El miedo no es zonzo.
Se trata, además, del único Estado del mundo musulmán dotado de armas nucleares. El problema no es su carácter islámico, sino la fuerte presencia de grupos islamistas cuya yihad se dirige tanto a la India, enemigo mortal desde la independencia en 1947, como a los Estados Unidos. Y ahora que el animal del terrorismo está herido, más que nunca.
Que aquel arsenal caiga en las manos equivocadas es, desde hace tiempo, el mayor desvelo de la Casa Blanca. Una preocupación mayúscula, toda vez que la red que protegía a Bin Laden parece más extensa de lo que se imaginaba.
(Nota publicada en ámbito.com. Foto de AP).