El «asesinato selectivo» de Osama bin Laden terminó con el principal rostro del terrorismo internacional, pero éste es un «éxito» que debe medirse más en términos simbólicos que de estricta seguridad. La esperable reacción de sus seguidores en todo el mundo -toda una «certeza», según el jefe de la CIA y próximo titular del Pentágono, Leon Panetta- obligará a elevar en el corto plazo los niveles de alerta. Sin embargo, ya que la lucha es sobre todo política y dista de estar zanjada, Estados Unidos haría muy bien en preguntarse con qué cartas cuenta para evitar que la ideología demencial de Al Qaeda siga resultando un imán para numerosos jóvenes musulmanes.
Es sabido que ese movimiento -«La Base», en árabe- es fundamentalmente una marca, una suerte de «franquicia» a la que adhieren espontáneamente grupos extremistas en diversos países. La idea de que Bin Laden se encontraba en la cúspide de una pirámide desde la que definía operativos terroristas y los encargaba a diferentes células que le respondían verticalmente es del todo inadecuada. Sobre todo cuando el ahora abatido disidente saudita se encontraba sometido desde el 11 de septiembre de 2001 a una implacable persecución que limitaba al máximo su margen de maniobra y su capacidad de comunicación.
Conviene entonces observar el contexto en el que irrumpe la noticia de su desaparición. El dato destacado de la actualidad árabe es la ola de movimientos prodemocráticos que buscan deshacerse de algunas de las dictaduras más añejas del mundo, en los cuales predomina, en general, un elemento laico y modernizador. En algunos casos lo van logrando con dificultades, pero por sus propios medios (Túnez, Egipto); en otros, lo intentan con un activo auxilio internacional, por más que las formas de éste resulten peculiares cuando no cuestionables (Libia); en otros, finalmente, se debaten entre las promesas de respaldo que entrevieron en el caso anterior y un abandono de facto, defección de Occidente que los convierte en carne de cañón barata para tiranos liberados a sus instintos más deplorables (Yemen, Siria). La ilusión suele llevar a los hombres débiles a la perdición, decía Tucídides.
Las reacciones de sectores políticos árabes clave en la apertura que se atisba son ilustrativas de lo mucho y de lo importante que está en juego.
El conflicto palestino-israelí ha sido en los últimos años uno de los principales «caballitos de batalla» de los comunicados, cintas de audio y videos en los que Bin Laden llamaba a la yihad (guerra santa) y el homicidio masivo.
Las dos principales facciones palestinas pusieron en marcha la semana pasada una difícil reconciliación, destinada a terminar con una guerra civil de cuatro años, a reunificar los territorios de Gaza (gobernado por los islamistas de Hamás) y Cisjordania (por el grupo laico Al Fatah) y a presionar en la ONU por el reconocimiento de la independencia nacional. Pues bien, ayer Hamás elevó a Bin Laden a la categoría de «combatiente árabe santo» y de «mártir», en boca del primer ministro gazatí, Ismail Haniyeh. Disintió su par de la Autoridad Palestina en Cisjordania, Salam Fayad, quien denostó al muerto como «como una persona que dedicó su vida al terrorismo».
La apertura electoral en ciernes en la Autoridad Palestina aterra a Israel, que recuerda que cuando eso aconteció, en 2006, Hamás arrasó en las urnas. ¿Se debería entonces seguir apostando a la represión? De ningún modo, sobre todo porque es razonable suponer que aquel auge islamista tuvo más que ver con la historia de un conflicto impiadoso, con la persistencia de la colonización israelí y con la aceptación estadounidense de esa iniquidad, algo que Barack Obama amagó con cambiar para, impotente, arrepentirse a mitad de camino. Con las causas, en definitiva, que en los últimos años incluso le abrieron la puerta de los territorios palestinos a Al Qaeda, y no con la expresión de la voluntad popular.
La pregunta, en todo caso, sería si el mundo hizo lo suficiente en su momento para sostener a los elementos moderados o si la morosidad en el reconocimiento de las aspiraciones nacionales palestinas terminó llevando a éstos a un callejón sin salida. Un error fatal que se repite hoy.
Para trazar estrategias políticas que alejen a Hamás del terrorismo -una tarea ardua, hay que admitirlo-, es útil seguir de cerca lo que ocurre en Egipto con el principal grupo islamista, la Hermandad Musulmana. Ésta, fundada en 1928, ha sido la organización madre del fundamentalismo islámico, y es considerada la precursora directa de aquel. El fin de semana se constituyó en un partido político para las elecciones legislativas de septiembre, causando pánico en los elementos laicos de la coalición que derrocó a Hosni Mubarak. No es para menos: al tratarse del grupo mejor organizado del país, no pocos suponen que sus posibilidades en las urnas son excelentes.
Sin embargo, el nuevo Partido de la Libertad y la Justicia surgido en su seno comenzó por presentar un programa «civil y no teocrático» en línea con el laicismo que consagra la Constitución. Aunque sobrelleva una evidente tensión entre ultras y moderados, parece en principio decantarse por el modelo turco de un islamismo moderado. De paso: el Gobierno de Ankara se congratuló ayer por la desaparición de Bin Laden.
Sugestivamente, la Hermandad Musulmana se sumó a esa línea y se alejó de Hamás al afirmar que el hecho «frenará el terrorismo y eliminará una de las causas de la violencia en el mundo». No se privó, claro, de señalar que la desaparición del saudita remueve una de las principales justificaciones de la ocupación de Irak y Afganistán, y de reiterar su tirria contra el «enemigo sionista». Pero su discurso revela la existencia en su interior de sectores moderados o, al menos, políticamente sensibles, pasibles de ser fomentados.
¿Pueden el Egipto laico, Estados Unidos, Israel y Occidente en general confiar ciegamente en las buenas intenciones del grupo? Seguramente no, pero convendrá apostar a la generación de incentivos para que en la Hermandad Musulmana se afiance la línea moderada. Apartarla del proceso se parecerá demasiado a cerrar una olla a presión.
El recurso militar en Afganistán fue justificado en su momento, dado que los talibanes habían protegido a Bin Laden cuando éste pergeñaba el 11-S; con todo, está visto que no ha servido precisamente para debilitarlos. En Irak, fue abusivo en sus motivaciones y desastroso en sus consecuencias, por cuanto estimuló el ingreso de Al Qaeda como un jugador fuerte. De Palestina puede decirse algo semejante.
La llamada «primavera árabe» es, entonces, una oportunidad y una vía novedosa para fomentar la libertad y el progreso de los pueblos y, consecuentemente, conjurar el fantasma del terrorismo. Así, los esfuerzos deberían destinarse a impedir que aquella languidezca. Aunque para eso, convengamos, habrá que imaginar recursos más inteligentes y sutiles que los bombardeos de la OTAN.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).
Hace falta más que tiros para terminar con el terrorismo

