Con la fábrica de mitos urbanos abierta de par en par, una pregunta recurrente en estas últimas horas ha sido porqué el operativo militar estadounidense en Pakistán decidió liquidar a Osama bin Laden y no arrestarlo.
Por un lado, se ignoran los detalles operativos. Se habla de un duro combate con sus custodios, ¿pero podía pensarse que el terrorista más buscado del mundo estuviera desarmado, tal como acaba de confirmar la propia Casa Blanca? No se puede tomar acríticamente el relato del Pentágono, pero la falta de datos, curiosa en verdad, impide determinar qué es lo verosímil en una historia que, lamentablemente, no tiene más que un narrador. Interesado, para colmo.
Por otro, es impensable que Bin Laden fuera trasladado a territorio estadounidense para responder en un juicio. La densidad de sus vínculos iniciales con la CIA, su pasado como yihadista antisoviético en Afganistán, sus negocios y secretos compartidos con esta seguramente aconsejaban a los verdugos, más bien, un procedimiento de “quema de archivo”. Decir esto no es una ingenuidad; ingenuo es a esta altura suponer que Estados Unidos guía su política exterior y el manejo de sus asuntos de seguridad según los principios de democracia que declama. Frases como “tiene derecho a permanecer callado” o “señor Bin Laden, jura sobre el Corán decir la verdad…” a esta altura de los acontecimientos no pueden valer ni para una película que clase B. “Lo que digo y no hago” a pleno, o realpolitik
Lo anterior no puede ser novedad. En una entrada anterior recordaba lo que escribí en Ámbito Financiero el mismo día de la asunción de Barack Obama, cuando su discurso recogía tópicos verdaderamente bushistas. Lo refresco para resaltar que la esperanza de un giro total de la política estadounidense era mera ilusión, y que los imperios no se mueven según el arbitrio de un simple presidente.
Todo esto queda claro cuando se repasan las declaraciones de los funcionarios del Pentágono. En on, dicen que no se lo arrestó porque no se pudo; en off, admiten directamente que las órdenes eran matarlo. ¿Vivo o muerto? Mejor muerto.
¿Y por qué con Sadam Husein se procedió de modo diferente? El iraquí fue juzgado en su propio país, en un juicio que tuvo poco margen para las sorpresas. Procesarlo y ejecutarlo allí fueron parte de una estrategia destinada a legitimar el orden político surgido de la invasión norteamericana a partir de bases nuevas, ligadas a un discurso de institucionalidad y de necesaria diferenciación con respecto a la dictadura precedente. Sadam debía morir como un cobarde escondido en un agujero y como reo, no como un héroe de la resistencia a la ocupación.
La cuestión de porqué se arrojó al mar a Bin Laden y no se lo enterró en un lugar reconocible por ahora sólo admite especulaciones. Afirman que Arabia Saudita (su país natal) y Pakistán (donde obtuvo su último refugio y, finalmente, halló la muerte) rechazaron hacerse cargo de semejante foco de veneración extremista. Estados Unidos también alega cuestiones de seguridad, aunque disfrace sus argumentos con la observancia de los rituales islámicos que exigen disponer de los cadáveres ni bien sea posible. No convencieron con ello a los musulmanes ni a nadie. Qué pasó con ese cuerpo al caer en manos norteamericanas, cuál era su estado o si fue efectivamente recuperado son cuestiones que, a falta de pruebas documentales públicas, quedan libradas a la imaginación popular. O, si de especular se trata, ¿el hombre, prisionero del máximo valor, fue dado públicamente por muerto pero en realidad fue apresado para charlar amablemente y sin miradas indiscretas sobre sus contactos, planes y finanzas antes del tiro del final? Las habladurías pueden dar para todo.
¿Y por qué no exhibir fotos o videos, entonces? ¿Es un modo de extender la ansiedad, de dilatar la noticia resonante en el tiempo, de entregar a cuentagotas la “buena nueva”, como recomendaba Maquiavelo?
En concreto, la Casa Blanca dice temer que la imagen del cuerpo dañado del líder de Al Qaeda excite aún más los sentimientos (y la peligrosidad) de sus seguidores. Tampoco hay que olvidar que su aspecto cadavérico quitará, cuando pase la euforia en Estados Unidos, algo de épica al operativo. Además, ¿las fotos mostrarán a un Bin Laden reconocible o un amasijo de sangre que sólo alimentará las dudas? En Washington dicen que prefieren evitar correr el riesgo mencionado al comienzo de este párrafo, para lo que esperarán que la propia Al Qaeda legitime con un comunicado la noticia de la muerte de su líder. Si eso no ocurre, las pruebas saldrían a la luz.
Sería conveniente. Hasta ahora, con lo hecho desde el inicio del operativo, Estados Unidos, que con sus gestos se dirige a su opinión pública pero también, inevitablemente, a los simpatizantes del islamismo, no ha hecho más que alimentar el mito. Muerte, desaparición, misterio… Ingredientes indispensables de un martirologio que puede resultar más dañino a futuro.