A fines de abril, el Parlamento de Irak sancionó una ley que establece el pago de indemnizaciones por u$s 400 millones a las víctimas de torturas de Sadam Husein… si estas son estadounidenses.
Se trata de un acuerdo entre ambos gobiernos (esto es, entre los Estados Unidos y su protectorado) destinado a cerrar la vía judicial recorrida por decenas de sus ciudadanos que denunciaron haber sido torturados durante la invasión iraquí de Kuwait, en 1990, aventura que terminó con la operación Tormenta del Desierto de George Bush padre. Hasta ahora los tribunales estadounidenses habían definido pagos por u$s 1.137 millones, por lo que las autoridades locales (las iraquíes, claro) podrán vanagloriarse de haber hecho un negocio redondo.
Los legisladores se declararon forzados a actuar para que el país no sufra embargos a sus ventas de petróleo u otro tipo de represalias. Al fin y al cabo, gracias a la intervención occidental Irak ha pasado a formar parte de la comunidad internacional civilizada.
Además, el pacto no cierra la posibilidad de que Irak también le haga a Estados Unidos algún planteo de tipo económico. Pero no sé si eso se concretará. ¿Qué son entre 150.000 (según un promedio calculado por el Gobierno iraquí) y 655.000 civiles muertos (según The Lancet), la destrucción de la infraestructura nacional, las familias despedazadas, los secuestros y torturas de la CIA y el vacío de poder que dejó la puerta del país abierta para la violencia sectaria y hasta el terrorismo de Al Qaeda, en comparación con la obra libertadora de los Estados Unidos?
Tanto valora Washington su aporte que, pese a la promesa de completar la retirada militar para fin de año, comienza a hablarse de la necesidad de mantener en Irak una “pequeña fuerza” residual para que tanto esfuerzo no sea en vano. Así lo propuso el líder republicano de la Cámara de Representantes, John Boehner.
“Hemos invertido demasiado dinero y vida para simplemente irnos”, explicó, para no dejar margen de dudas, el conservador.
Mientras, el secretario de Defensa saliente, Robert Gates, acaba de urgir al Gobierno de Bagdad para que decida “lo más rápidamente posible” si desea que dicha fuerza permanezca en el país. Será, desde ya, una decisión soberana que deberá administrar el sucesor de Gates, el hoy director de la CIA, Leon Panetta, que llegará al Pentágono con el “logro” del asesinato de Osama bin Laden a cuestas.
Barack Obama ya sabe que contará con un respaldo patriótico para esa noble finalidad.
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