Las explosiones populares suelen revelar el costado más estúpido de ciertas autoridades. «No se considera que concurran causas extraordinarias y graves que justifiquen la urgencia de la convocatoria solicitada en un espacio de 24 horas», dijo hoy la Junta Electoral Provincial de Madrid, celosa de la normalidad con la que debe transcurrir el tramo final de una campaña insípida para las elecciones municipales y regionales del domingo. «¡No nos vamos!», respondieron los miles de jóvenes que desde el domingo, y desde ayer sin solución de continuidad, ocupan el centro de la capital española. A esta hora, madrugada en ese país, la gente sigue llegando a la Puerta del Sol para engrosar una manifestación que, como debe ser en las actuales circunstancias, desafía a los ciegos y transcurre sin permiso de nadie.
Los señores jueces, de seguro, no forman parte del 45% de jóvenes sin empleo, ni del 21% de los españoles que, en lo global, padecen ese flagelo. Tampoco, claro, de la legión de mileuristas impotentes para parar la olla en sus hogares. Desde ahora, eso sí, seguramente se enrolarán en la dirigencia repudiada por esa multitud, bautizada ya como «movimiento de los indignados» o 15-M, por haber hecho el pasado día 15 su debut convocándose simplemente a través de Facebook y mensajes de texto.
 

Muchos políticos españoles apelaron ayer a una demagogia tonta con la esperanza de sumarse algunos votos. Intentan la quimera de surfear el tsunami que se está por caerles encima. Otro modo de la estupidez. Algunos de ellos buscaron sumarse a la manifestación, otros ensalzaron a los rebeldes por los medios. Unos y otros fueron repudiados.
A diferencia de la explosión argentina de diez años atrás, la española parece más ponderada. No hay un reclamo de tono histérico al estilo del «que se vayan todos». Lo que se pide allí es una «democracia real», que los representantes del pueblo dejen de traicionar sistemáticamente a quienes los votan y que la crisis la paguen los ricos, con los bancos, sus verdaderos causantes, en primer lugar.
La multitud debió tomar la calle por la defección generalizada de los partidos. Los conservadores (los «populares», alta ironía…), responsables remotos de una burbuja que explotó recién un par de años atrás, se aprestan a capitalizar el desastre inminente de un socialismo que abrazó con fervor la causa del ajuste, el FMI y la ortodoxia.
Los sindicatos fueron otros grandes ausentes. Su reacción al ajuste brutal, al retiro de beneficios sociales, al recorte del 5% de las jubilaciones y los salarios de estatales, fue tibia, tardía y cobarde. La dirigencia española, que se limita a ofrecer el horizonte de un lustro de crecimiento menor al 2% anual (hoy el ritmo es un 0,8%, verdadero electroencefalograma plano) queda ahora sobrepasada por la respuesta popular.


Son cada vez más los funcionarios europeosque entienden que la crisis de la zona del euro no podrá ser superada sólo con ajustes y sacrificios para los pueblos. No es bondad, apenas conciencia (tardía) de lo que resulta a esta altura políticamente inviable. Se habla entonces cada vez más, al menos en el caso de Grecia, de una reestructuración de la deuda pública.
La situación e ese país es insostenible: el ajuste salvaje metió, como se suponía, la economía en un pozo en el que los propios objetivos del ahorro fiscal se hacen imposibles. El presidente del Eurogrupo y primer ministro de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, fue uno de los primeros en plantear públicamente la idea del default. Pero hay más. Martin Wolf, el gurú del Financial Times, acaba de lanzar la misma propuesta.
Los bancos no querían perder nada de lo que ganaron especulando, apostando irresponsablemente a tasas insostenibles en la certeza de que, si un Estado no podía pagar, lo harían los contribuyentes de todo el bloque a través de los inefables y multimillonarios «paquetes de ayuda». Parece que la hora les va llegando también a ellos.
No obstante, el FMI (que no pierde las mañas ni cuando su director va a la cárcel bajo cargos de violación) y la Unión Europea siguen apostando al dolor. La idea es que, en paralelo a una posible renegociación con quita del capital de los compromisos públicos, esto es de una solución «a la argentina», Grecia privatice todo lo que le queda y recaude unos 50.000 millones de euros más para, luego sí, aspirar a nuevos préstamos que volverán a endeudarla.
El ministro holandés de Finanzas, Jan Kees de Jager, exhortó a los griegos a sufrir en silencio: «No los vamos a obligar a vender la Acrópolis», señaló con cinismo. El disciplinamiento será implacable.
¿Pero le alcanzará a Grecia con seguir el «mal ejemplo» de la Argentina post 2001 para renacer? Improbable. Aquí la devaluación restauró la competitividad de la economía y facilitó el rebote. Si Grecia no abandona el euro sólo podrá abaratar sus precios internos a través del ajuste y la recesión.
Para España no habrá, previsiblemente, ni quita de la deuda ni alivio al ajuste. La exposición de los bancos europeos a los bonos soberanos españoles es demasiado grande. Allí la apuesta es, simplemente, al rigor.
Los jóvenes que tomaron las calles de Madrid, Barcelona, Valencia y otras ciudades deben sentirse en estas horas reconfortados por verse rodeados de una multitud de pares. Eso, en el llano. Si miran hacia arriba no encontrarán más que líderes cómodos y cobardes que se han juramentado para dejarlos solos.