
Sin misterios: vamos a hablar de José Mujica, presidente de Uruguay y hoy, con el fracaso consumado del proyecto para declarar nula la Ley de Caducidad, personaje del día. Y si otro líder político no hace muchos, muchos méritos, difícilmente habrá quien lo supere por lo menos en el año.
Exguerrillero, exvíctima de cárcel y tortura y exizquierdista, durante años se alineó, ya en democracia, con su partido para pedir el fin de la ley de impunidad. Llegó al Gobierno venciendo no pocas desconfianzas, lo que lo llevó a sobreactuar moderación; empezó a distinguir entre “justicia para atrás” y “justicia para adelante”, y sorprendió entonces al decir que los ancianos presos por violaciones de los derechos humanos no deberían irse a sus casas.
El Frente Amplio mantuvo su tradicional ofensiva contra la amnistía (fallida en dos referendos, hay que recordar) y su propio canciller, Luis Almagro, presentó el proyecto legislativo para declararla nula. Él lo dejó hacer.
No movió un dedo cuando la norma fue aprobada en Diputados y, con modificaciones, en el Senado. Ahí sí se alarmó. Es que los números auguraban otro voto favorable, aunque estrecho, en la cámara baja, que debía volver a tratar el proyecto enmendado.
Juntó a los diputados del Frente, 50 sobre 99 totales, y, aunque aseguró que no usaría su poder de veto (“no me gustan esas cosas”, dijo), los aleccionó largamente sobre su teoría duhaldista de la responsabilidad que hay que tener con los derechos humanos del futuro y no con los del pasado. No persuadió a 49, sí a uno.
Este, Víctor Semproni, un extupamaro de 75 años, antiguo preso salvajemente torturado y mujiquista de la primera hora, va armado y “con dos balas” por la vida para protegerse. Ayer lo consultó cara a cara una vez más a Mujica para saber si su presidente seguía opinando en contra de la nulidad; la respuesta fue afirmativa.
Anunció entonces que se retiraría del recinto, aunque se enfrentara para siempre con sus compañeros y estos juraran reclamarle su banca, por la indisciplina partidaria que iba a cometer. Allí Mujica, el “Pepe” de todos, le pidió que obedeciera al partido. Sabía que ya era tarde, pero siempre hay ocasión de quedar bien con todos, de decirle a cada uno lo que quiere oír. Semproni (en la foto a la izquierda), un tren bala lanzado a toda velocidad, ya no se detendría.
Se votó, la oposición se abroqueló y el resultado fue 49 a 49. Las víctimas lloran y los criminales festejan: la impunidad seguirá vigente, acaso ya para siempre.
Cambia y cambia, Mujica. Primero que sí, luego que ni, después que no y al final que sí, de puro obediente al partido. El final, al cabo, fue el que quería.
Nunca explicó cómo es eso de la «justicia para adelante», si, como se sabe, los juicios son siempre retrospectivos. El delito viene primero. Pero, además, su intervención termina denegando, si se quiere, un derecho humano «del futuro», como a él le gusta decir. Ya no se trata solamente de juzgar lo que ocurrió en los 70 y los 80; se trata de asegurarles a los ofendidos el recurso presente al servicio de justicia.
Tampoco pudo fundamentar que la soberanía popular expresada en dos referendos sea absoluta, por más que viole la constitución, la ley internacional y el más mínimo sentido moral. Eso es lo que han dicho la Corte Suprema uruguaya y la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Si al Presidente no le gustan los tratados firmados por su país, que los haga denunciar por el Parlamento. Además, como dijimos, si Hitler hubiese plebiscitado las leyes de Nüremberg, ¿eso las habría convertido en algo legítimo e intangible? También la soberanía del pueblo tiene límites.
Demasiado desaliñado, la derecha nunca lo querrá de verdad; sólo lo usará. Ahora se arriesga a que tampoco lo haga la izquierda, con lo que eso puede costarle para gobernar tres años más.
Acá no se defiende una postura ideológica, enmarcada en el clivaje izquierda-derecha, sino una moral. Y la convicción de que no se puede conformar siempre a todos al mismo tiempo. A veces hay que tomar partido y correr riesgos. Mujica cree que no lo hizo. Pero sí lo hizo. A su manera, claro.

