Barack Obama acaba de ensayar una vez más la receta que mejor conoce: ofrecer «un nuevo comienzo» en la relación a los países con los que Estados Unidos mantiene graves y antiguas diferencias. El turno le tocó ayer al mundo árabe. Una vez más, podría decirse, si se recuerda el discurso que pronunció el 4 de junio de 2009 en El Cairo. Claro que entonces gobernaba Egipto Hosni Mubarak, y que este hoy ha sido arrojado al desván de la historia por una pueblada que nadie, y muy especialmente la Casa Blanca, logró prever.
Aunque habrá que constatar con qué grado de éxito, el norteamericano intentó abrazarse a la ola de revueltas conocida como «primavera árabe». ¿Convencerá a los pueblos alzados en pos de la democracia, o les resultará a éstos muy evidente el contraste entre los bombardeos a la petrolera libia y el dulce coscorrón a la yerma Siria, a cuyo régimen ayer reclamó que se ponga al frente de los cambios? Soñará posiblemente con que Bashar al Asad le haga caso, saciado ya con el escarmiento que supuso para quienes pedían libertad la sangre de 800 civiles liquidados por sus fuerzas de seguridad.
El asesinato selectivo de Osama bin Laden también formó parte de la escenografía, pero serán muy pocos, en especial entre los grupos mayoritariamente laicos y juveniles que reclaman democracia, quienes llorarán al terrorista o serán demasiado severos con su eliminación.
Además de los pueblos y los liderazgos árabes, Obama tuvo otra audiencia: Israel. Su discurso pareció ratificar su vieja idea de que una solución del conflicto entre ese país y los palestinos es crucial para que Estados Unidos pueda reconciliarse con el mundo musulmán. Acaso sea esa presión y un detalle, único pero significativo, lo que explique la agria respuesta de Benjamín Netanyahu al rap de buenas intenciones voceado por el jefe de la Casa Blanca.
El «detalle» aludido es, desde luego, la mención a las fronteras entre Israel y Palestina «en base a la línea de 1967». Un tema crucial, ya que implica poner sobre la mesa de negociaciones a Jerusalén, conquistada en la Guerra de los Seis Días, reivindicada por los palestinos como cabeza de su futuro Estado y declarada por Israel su capital «única e indivisible».
Aunque la alusión del estadounidense a 1967 se destacó ayer en los titulares de los canales de TV y en los sitios de internet de todo el mundo, hay que decir que, fuera de la cuestión de la «ciudad santa», el discurso de Obama contempló todas y cada una de las reivindicaciones israelíes.
Por un lado, dijo que esa frontera deberá atenerse, además, a los «intercambios de tierras» que acuerden las partes. Se trata de una postura que busca preservar para Israel los masivos asentamientos que ese país ha construido en Cisjordania y que no deja de ampliar. Una coincidencia perfecta, por otra parte, con lo expresado por la Cancillería argentina el 6 de diciembre último al reconocer al Estado palestino, algo que marcó una diferencia sutil pero importante con lo hecho tres días antes por Brasil, que había aludido a los límites de 1967 sin acotaciones.
Por otro lado, Obama habló, como quiere Netanyahu, de un Estado palestino «desmilitarizado», desestimó como un «acto simbólico» la movida para que la independencia sea votada en septiembre por la Asamblea General de la ONU, rechazó cualquier intento de aislar internacionalmente al Estado judío y justificó la desconfianza de este al acuerdo de unidad cerrado por las facciones palestinas por considerar que Hamás, que propugna en su carta fundacional la destrucción de Israel, no puede ser un interlocutor para la paz.
Apenas hubo un reto liviano para el Gobierno hebreo: el sueño de un Estado democrático es incompatible con una ocupación que se eterniza, dijo. Alusión más que oblicua al mantenimiento de la política de colonización en Cisjordania y Jerusalén oriental, política que el propio Obama pretendió desactivar al comienzo de su mandato como parte de una ofensiva mediadora y que luego, ante la porfía israelí, el norteamericano no osó sostener ni siquiera en el plano del discurso.
La fórmula de dos Estados conviviendo en paz en arreglo a las fronteras de 1967 y a intercambios territoriales puede sonarle mal a Israel y es novedad sólo en lo retórico, ya que, en los hechos, es una tradición en la diplomacia estadounidense. Fue, en lo concreto, esa la fórmula con la que Bill Clinton acercó a las partes más que nunca, sobre el final de su mandato, a un acuerdo de paz. Hasta Jerusalén fue parte de aquella negociación, con la aceptación israelí a entregar a los palestinos los suburbios orientales. (Una digresión: sucesivos gobiernos de EE.UU. han evitado trasladar allí su embajada, pese a una ley en ese sentido sancionada en 1995). Pero Yaser Arafat le dijo que no al expremier hebreo y hoy titular de Defensa de Netanyahu, Ehud Barak, por su insatisfacción con la negativa de este a aceptar el retorno de los casi 4,5 millones de refugiados palestinos.
El intercambio de territorios es, para desilusión de Mahmud Abás, una alternativa inevitable. En eso Israel se saldrá tarde o temprano con la suya, por injusta que haya sido su política de colonización. Es inimaginable que piense siquiera en evacuar a 300.000 colonos de Cisjordania (para más, en muchos casos, miembros del Ejército o la reserva), si el desalojo de 8.000 personas en Gaza puso al país al borde de un severo quiebre político.
El agrado de Abás por los dichos de ayer de Obama se explica en que percibe que su estrategia de presión comienza a rendir frutos. La votación de la Asamblea de la ONU en septiembre no es, en rigor, vinculante para que el organismo acepte un nuevo Estado miembro. El puntapié inicial para ello debe darlo el Consejo de Seguridad, con Estados Unidos y su poder de veto incluidos. Sin embargo, un voto favorable masivo como el que se espera (ya hay 112 países que reconocen a Palestina) sería un dato político de alto impacto para Estados Unidos y reforzaría el ya indisimulable aislamiento de Israel.
Además de la Argentina y Brasil, también Uruguay, Paraguay, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Chile han reconocido la independencia palestina. En Europa, España y Francia han amenazado con hacer lo propio (¿en septiembre?) si las negociaciones no se relanzan pronto y sobre bases serias. Mientras, ambos países, Portugal y otros Estados europeos decidieron darle a la representación diplomática palestina estatus de embajada.
Pero Netanyahu no se resigna. Hoy llegará a Estados Unidos con la noticia de que su Gobierno autorizó la construcción de 1.520 nuevas viviendas en Jerusalén oriental. El mismo desaire que atormentó al vice Joe Biden en marzo del año pasado, y que llevó a la Casa Blanca, por un rato, a destratar públicamente a Netanyahu. Seguramente este no temerá ahora probar hasta qué punto el Obama aceitoso que se ha hecho conocer en estos años será capaz de ponerle condiciones justo cuando comienza la carrera por su reelección. Noviembre de 2012 le queda tan, tan cerca.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

