Un Parlamento rodeado. Diputados y el presidente del Ejecutivo regional llegando a él en helicóptero. Legisladores pasando entre empujones, insultos, corros de pintura y otros líquidos. Uno, ciego, hasta sufrió un intento de arrebato de su perro guía. La protesta social en España, hasta ahora llamativamente pacífica, cobró hoy tintes exasperados y violentos en Barcelona, una de las ciudades más ricas del país.
La convocatoria de los «indignados» respondió a la sesión en la que la legislatura regional debía aprobar el nuevo Presupuesto catalán. El resultado de lo ocurrido es que hoy toda España habla del desborde de la protesta social, de tirarles a los revoltosos con todo el Código Penal y de la necesidad imperiosa de reprimirlos. Artur Mas, el conservador mandatario regional, ya le pidió a la población «comprensión» ante la fuerza que ejercerán las fuerzas de seguridad de un momento a otro.
Hasta los «indignados» moderados de Madrid salieron a condenar lo que es, a todas luces condenable. Pocos, sin embargo, recordaron que lo que los legisladores iban a votar era un ajuste, uno más, del orden del 10% en una sociedad que, está visto, no da más. Tampoco, claro, que quien instaló la violencia, días atrás, fue la propia policía regional en un frustrado y brutal intento de desalojo de una campe pacífico.
Mientras, en Grecia, se llevaba a cabo la tercera huelga del año contra el ajuste perpetuo de un Gobierno sin rumbo, consistente esta vez en ahorros por 28.000 millones de euros y el despido de 150.000 de los 700.000 empleados públicos antes de 2015. Los disturbios fueron tales, que los diputados socialistas que pleneaban aprobar el enésimo ajuste brutal (lo que no impide que el déficit fiscal sea, recesión mediante, cada vez máyor) comenzaron a recoger la línea. Forzado a pedir auxilio a una oposición conservadora que se relame ante el derrumbe, el primer ministro Yorgos Papandréu terminó ofreciendo su cabeza como prenda de paz. El default allí es cuestión de tiempo; la delarruización de una Grecia con un 16% de desempleo y un 45% de desempleo juvenil avanza a pasos acelerados.
Ya no es una cuestión ideológica sino pragmática, reconocida de izquierda a derecha: la receta del ajuste tocó a su fin. Se impone ahora, como quiere Alemania, que los bancos dejen de recibir los euros de los contribuyentes europeos en concepto de «salvataje» y afronten las pérdidas naturales por haber prestado a tasas usurarias a países insolventes.
Pero la caja de Pandora puede abrirse del todo. El default griego, más allá de cómo se lo maquille, ¿destruirá a los bancos, acreedores del Estado? ¿Pondrá en peligro a los bancos europeos, con los franceses en primer lugar? ¿Habrá un efecto dominó aun mayor?
Final lamentable y peligrosamente abierto.
En Grecia y España se termina la era del ajuste

