Uno de los aspectos más notables de la crisis europea es que ha corrido decididamente la línea de debate ideológico. Que el ajuste a ultranza no es una opción para griegos, irlandeses, portugueses, españoles y otros ya no es solo una postura que defiende la izquierda o una constatación del crescendo de manifestaciones y disturbios callejeros. Son ya gobiernos, como el de Alemania, y los propios profesionales de la Economía mainstream quienes así lo plantean, concientes de que si la suya es una disciplina epistemológicamente fuerte, la Biología lo es más en el campo práctico: los muertos dejan de ser actores económicos.
Sin embargo, la receta del ajuste se mantiene. El Fondo Monetario Internacional, hasta hace poco calificado como renovado e ideológicamente más moderado por algún distraído en la Argentina, y la burocracia de la Unión Europea insisten en recortar, cueste lo que cueste. Las condiciones para «salvar» a Grecia con deuda nueva por la friolera de 110.000 millones de euros (que se suman a otro tanto entregado previamente a los solos efectos de evitar un default gravoso para los bancos franceses y alemanes) pasan ahora por el despido de 150.000 de los 700.000 empleados públicos del país, un aumento del IVA, una suba de los combustibles, y un impuesto extraordinario a los salarios superiores a la «fortuna» 1.700 euros. Ajuste sobre ajuste, y habrá más.
Mientras, el «nuevo» FMI conminó el martes a España a ser más «valiente» en la reforma del mercado de trabajo. Ya hubo una, reciente, que tendió a abaratar el despido, pero se pide más: descentralización de las negociaciones salariales a nivel de empresa, que las subas no sigan a la inflación sino a la productividad, flexibilidad mayor para realizar despidos, indemnizaciones más baratas… Reducir, en síntesis, al extremo el poder de negociación de los sindicatos, en un contexto de una desocupación del 21% (43% entre los jóvenes), un elevado empleo precario y un Gobierno socialista que hace su más mansa y suicida contribución histórica.
¿A qué responde esto, a mera porfía ideológica? No, a la necesidad de sostener al euro, esa moneda quimérica que unió a países con niveles de competitividad abismalmente disímiles. Sin poder devaluar, la forma de reducir los costos internos es una depresión económica brutal, tal como fue el ensayo que desembocó en el estallido de 2001-2002 en nuestro país.
Sin embargo, la estrategia tiene patas cortas. A las resistencias populares, cada vez más notables y hasta violentas, como en Grecia o como en Barcelona, se suma el enojo de los contribuyentes de países como Alemania, Holanda y otros por seguir volcando fondos que no sobran en lo interno para salvar a los bancos que prestaron irresponsablemente en otros países.
Y los gobiernos, tarde o temprano, deberán tomar nota de esto. Una llamativa encuesta realizada por el instituto Allensbach entre altos representantes de la política, la industria y las finanzas de Alemania arrojó que el apoyo promedio del 80% registrado por Angela Merkel hace cuatro años trocó e un rechazo espectacular.
Con guarismos superiores al 75%, los consultados calificaron a la canciller de «floja», «torpe» e incapaz de generar confianza. ¿Los motivos? El «apagón nuclear» previsto para 2020, que podría encarecer los costos de la energía, y la mala defensa de las intereses nacionales en la UE.
Es difícil vender a otros países de la eurozona la idea de que los bancos coparticipen de las pérdidas por la crisis griega y que acepten una reestructuración de la deuda, se defendió ella. De a poco, con todo, la «salida argentina» gana espacio.
Una solución argentina para los problemas europeos (parte 2)

