Insisto con lo de ayer: hay que entender y no denostar el voto que a uno no le gusta. Y, con cabeza fría, interpretar qué significa a futuro lo que pasó ayer.
Claro, Buenos Aires estará gobernada cuatro años más por Mauricio Macri. Eso, sumado a que este mejoró sus desempeños previos, lo posiciona bien para 2015, aunque eso dependerá de que logre armar algo más que un partido vecinal. Está igual que en 2007, y uno no ve cómo avanzará en esa tarea sin un arrastre nacional en octubre. Nada es tan lineal y la foto puede ser diferente de la película.
El 27 y pico por ciento de Daniel Filmus contrasta con el impactante 47% de Macri, pero no es poco en sí mismo. Más si se observa que ese es un piso mínimo para Cristina en octubre, cuatro puntos por encima de lo que la Presidenta logró en 2007 en el distrito: 23,6%. Si entonces eso le alcanzó para ganar en primera…
Volviendo a la problemática local, insisto en un punto: no hay que hablarle más a un votante que dejó de existir hace veinte años. Los 90 y el 2001 pasaron también por la Ciudad, y cambiaron completamente su perfil. Hoy el 50% de los chicos y adolescentes va a escuelas privadas (de las humildes también, claro) y sólo el 20% de la población carece de prepago u obra social y, por eso, depende del hospital público. Existe una mayoría a la que es posible apelar para ganar aun con una gestión con fuertes carencias en materia de educación y salud pública.
Son muchos los porteños que ya se han acostumbrado a pagar privadamente, aun a costa de muchos sacrificios, por esos servicios. Ya no añoran el pasado en el que la salud y la educación estatales constituían un modo de mejorar su calidad y nivel de vida. Eso ya no provoca nostalgia ni forma parte siquiera de un sueño utópico. Que el Borda no tenga gas, que los estudiantes secundarios militantes del Frente (un poco angosto, es verdad) de Izquierda (el mismo que no llegó ayer al 1%) tomen colegios supuestamente destrozados, que falten insumos en los hospitales… no son temas para esa mayoría. Pueden causar inquietud moral, algún sentimiento de solidaridad, pero no alcanzan hoy para ganar.
A esa mayoría le interesa más la seguridad, y ve que en algunos barrios la presencia de la Metropolitana incrementa la sensación de control. ¿El «Fino» Palacios? Ya fue. ¿Y el sur, adonde la nueva policía aun no llegó? Sería bueno recordar los sucesos del Indoamericano y preguntarles a los vecinos (los realmente existentes) qué sintieron en el trance ante el largo abandono de la Federal. ¿Rehenes de los políticos? ¿Quién ganó y quién perdió en esa coyuntura?
A esa mayoría le interesa la estética barrial, mejorada en algunas zonas.
A esa mayoría la atormenta el tránsito, pero no ve (o no le muestran) alternativas para mejorarlo. El informe de la famosa «torre de control» es una nueva versión del servicio meteorológico. Es algo inevitable. Lueve o hay sol, hace calor o frío. Hay embotellamientos más o menos grandes. Todos los días. Y siempre están a mano los cortes y los piquetes para ligar una cuestión estructural a la falta de orden callejero.
A esa mayoría le preocupa más lo que ocurrió con las viviendas sociales que el Estado Nacional construyó vía Sergio Schoklender que las que Macri nunca hizo y en las que, en cualquier caso, no iba a vivir.
Quien mejor entiende esta ciudad es un ecuatoriano.
Quienes desean recuperar lo bueno del pasado, la idea de servicios públicos de calidad para todos, deben entender que hay un elector distinto. Entender eso y hablarle con claridad, sin cometer el dislate de, aun en la necesidad de remontar en intención de voto, dejar la silla vacía en un debate. ¿Había que plantear la queja por la cuestión de la localía? Bien, hasta cinco minutos antes. Y luego, usar el espacio para decirlo propio. A veces empecinarse en las razones propias es poco inteligente.
Hay que dirigirse, en resumen, a una mayoría de gente que sufre estrecheces pero que, quejas folklóriacs aparte, se siente satisfecha. Que, incluso, se asume en un lugar social superior al que indica su posición en la escala de ingresos y que, al ver a otros menos favorecidos, incrementa esa sensación de satisfacción, de pertenencia a una comunidad.
Por caso, ¿un demócrata del sur de EE.UU. es igual a uno de Massachusetts? ¿O no quedó claro que el republicano Rudolph Giuliani sólo podía ser alcalde de Nueva York por ser un defensor de los derechos de los homosexuales y hasta del aborto? A un público, una cierta oferta. No siempre la misma ni la de hace treinta años.
La Ciudad cambió, y Macri la entendió mejor que Filmus. No alcanza con el servicio de algunos encuestadores que dan por ganable lo que no lo es y terminan errando en sus pronósticos por 15 puntos. Para los derrotados de hoy ya es hora de cambiar.
PD: Ahora sí. En la próxima vuelvo al mundo.

