La prensa de los Estados Unidos se refería como el día del Armagedón al de mañana, martes, cuando el país entraría en cesación de pagos de no mediar una autorización del Congreso para que el Tesoro pudiera tomar nueva deuda. Como se suponía, después de algún suspenso, el acuerdo llegó.
Si los mercados financieros nunca se tomaron demasiado en serio el peligro de default, hay que decir a esta hora que tampoco muestran gran alivio por que este haya sido evitado: todo cae. Observan que los problemas de la economía internacional permancen intactos, que Grecia, España y compañía mantienen al euro en la cuerda floja, que la Unión Europea se mantiene apegada a una ortodoxia absurda para los tiempos que corren y que Estados Unidos no levantará vuelo en el futuro previsible.
Este es el dato. El más que frío 1,3% del segundo trimestre, que lastra cualquier posibilidad de que el desempleo baje del actual entorno del 9% y que el consumo se reactive.
El próximo año será electoral y, sin mejores indicadores, Barack Obama encontrará más difícil la pelea por la reelección. Hay allí una apuesta republicana. Al imponerle a la Casa Blanca una estrategia de ajuste procícilica juega desvergonzadamente con el futuro de los estadounidenses. Apenas podrá consolarse con que el pacto le evitará mendigar penosamente nuevas extensiones del límite de deuda hasta 2013 y que su Partido Demócrata no será el únco que exponga en las inminentes votaciones legislativas del paquete visibles fracturas.
Hoy, en el día posterior al acuerdo por la deuda, surgen varios elementos de análisis. Obama deberá afrontar un ajuste fuerte: 2,4 billones de dólares, 15 puntos del PBI, en diez años. La economía seguirá fría, y eso afectará las mismas posibilidades de cerrar la brecha fiscal. El Presidente deberá renunciar a su idea de que los más ricos y las grandes corporaciones compartan el esfuerzo a través de la restauración de los impuestos eliminados por George W. Bush y, con ello, a que el ajuste sea menos recesivo y encarnizado con el gasto social.
Obama queda expuesto, una vez más, como un líder exasperantemente conciliador, incapaz de pelear con audacia en pos de algún objetivo; la idea es que siempre termina cediendo. En su plan de salud, en la persecución de los torturadores del Pentágono, en la política hemisférica, en el cierre de Guantánamo, en los plazos para cerrar las guerras en curso, en Medio Oriente, en la política económica… Una idea ya repetida en este blog desde su misma asunción.
El Partido Republicano (P.R., o partido de los ricos) sigue en manos de la ruidosa minoría del extremista Tea Party, que literalmente tomó de rehén a toda la sociedad en los últimos días, demostrando que, si Estados Unidos evitó el default económico, sin dudas cayó en el default político, tal fue el dislate de su clase dirigente. Un bananerismo histórico, que ellos y nosotros haríamos bien en recordar en el futuro.
Que Estados Unidos no haya caído en cesación de pagos no es poca cosa. Mantiene a salvo la cadena de pagos internacional, el crédito interbancario, el comercio mundial, la liquidez global y el grueso de los activos de todos los bancos centrales. Pero los peligros están a la vuelta de la esquina. Donde siempre estuvieron.
Radican en una potencia cada vez más visiblemente impedida de ejercer un rol global responsable. En un país que, de no tener la impresora que escupe la moneda internacional ya estaría en defalut hace rato, con una deuda del 100% del PBI y un déficit fiscal del orden del 10%. En una belicosidad externa que excede largamente (por el momento, claro) sus posibilidades materiales. En una clase política (y una mayoría electoral) enceguecidas por la ideología, el conservadurismo y la hartante inquietud sobre «qué se hace con mis impuestos».
El mundo gira sin destino claro. Y el piloto no tiene la menor idea de adonde va.