Decíamos tiempo atrás, cuando el caso Strauss-Kahn sacudía (ups, perdón) al FMI, que la opción por Cristine Lagarde era de alto riesgo. También francesa, se mantenía la conducción europea habitual en el organismo y se permitía a Nicolas Sarkozy mantener la «quintita» como se había estipulado.
El problema es que la señora también venía con sorpresa: una autorización de indemnización a un empresario «amigo», Bernard Tapie por casi 400 millones de euros, en 2008. Visto bueno que dio como ministra de Finanzas de Sarkozy, cancelando la vía judicial que estaba en curso.
Ahora la justicia de su país decidió abrir un proceso en su contra por supuesta «complicidad en falsificación» y «complicidad en el desvío de bienes públicos».
Justo cuando más activo se espera que esté en medio del tembladeral financiero global, el FMI vuelve a entrar en crisis. Una crisis que, parece, va más allá de hechos puntuales. Crisis de elefanteasis, de esclerosamiento, de negación de la realidad. De anteojeras ideológicas, también.
Una desastre total, bah.
¡Cómo cambian los tiempos! El que da pena ahora es el FMI

