El agravamiento de la crisis económica global y las angustias de los que se juegan fortunas cada día en los casinos financieros de todo el mundo no nos deben dejar atrapados en la urgencia. Al contrario, invitan a pensar en el futuro de la principal potencia mundial a más de un año vista, cuando Barack Obama dé la pelea por su reelección. Una pelea que se le presenta más cuesta arriba que, por caso, a sus dos antecesores directos.
El hecho de que la memoria no es un don equitativamente entregado a los seres humanos explicó en buena medida la decisión de una mayoría del electorado de Estados Unidos de premiar al pirómano (el Partido Republicano) y no al bombero (el propio presidente) en las elecciones legislativas de mitad de mandato. Después de llorar en la iglesia, éste debió enfrentar la realidad de que encarará la campaña hacia noviembre del año próximo con una Cámara baja opositora y con un Senado que le responde por un pelo y que lo tiene a merced de tácticas obstruccionistas. Y, además, con una crisis económica profunda, indómita después de tres años de esfuerzos, cuya evolución sellará sus posibilidades.
La decisión de salvar al sistema financiero de la crisis al comienzo de su gestión disparó el déficit fiscal al 10% del PBI, la deuda pública al 100% y, lo más sensible, el desempleo a más del 9%. Sin más creación de puestos de trabajo y sin una mejora sensible del nivel de vida, a Obama sólo le quedará apelar a su carisma y a la credibilidad que le quede para pedirles a los votantes comprensión y una segunda oportunidad. Herramientas precarias, sin duda.
El recorte de gastos por u$s 900.000 millones en diez años que dio lugar al acuerdo que salvó a Estados Unidos (y al mundo) de la cesación de pagos hace que, en lo que respecta a empleo y actividad económica, 2011 esté ya jugado y, acaso, también 2012. Moodys calculó que el pacto recortará el crecimiento del país, ya casi en curva de electroencefalograma plano, en un punto porcentual. Mientras, el Economic Policy Institute (EPI) calculó que, debido a él, se destruirán al menos 323.000 puestos de trabajo en 2012.
El intercambio entre ajuste y permiso para tomar más deuda definido agónicamente entre demócratas y republicanos despeja el horizonte hasta la asunción del nuevo presidente en 2013, pero será seguido por nuevas negociaciones bipartidarias destinadas a detectar otros focos de recorte del gasto por entre 1,2 y 1,5 billón de dólares en la próxima década. Un crecimiento robusto se parecerá a una quimera por un buen tiempo.
Un tema que se deberá dirimir en ese foro es si el ahorro se hará solamente a golpe de hacha o si incluirá, como pretendía Obama antes de arriar las banderas, la restauración de los impuestos a los más ricos al nivel de la era pre-Bush. ¿Será posible reflotar ese objetivo en la comisión que se acaba de conformar para definir las modalidades del ajuste antes del 23 de noviembre? Difícilmente.
El organismo cuenta con doce miembros: seis demócratas y seis republicanos, la mitad de cada Cámara. Entre los conservadores que han sido designados figuran el senador Rob Portman, nada menos que el director de la Oficina de Presupuesto de George W., y su par Pat Toomey, hombre del Tea Party, el movimiento ultraconservador que tomó por rehén al país en la reciente negociación. Un dato más: Toomey fue uno de los senadores que votó en contra del acuerdo para el aumento del tope de deuda logrado por los líderes de las dos bancadas y que dio lugar a la comisión de la que ahora formará parte.
Con el látigo en la mano difícilmente se logre en ese ámbito, inevitablemente político, una reactivación de la economía y del empleo. Es probable que Obama llegue desnudo a los comicios de noviembre de 2012.
La comisión bipartidaria devendrá seguramente en campo de batalla sobre temas como la financiación de la tibia reforma de salud del mandatario Obama (que el Tea Party quiere voltear como sea por considerarla socialista), el gasto social en general y la remanida cuestión de los impuestos a los ricos.
Ahora bien, ¿cómo funcionó en los hechos la desgravación de Bush, que los dogmáticos defienden con uñas y dientes?
El Economic Policy Institute, un centro de investigaciones de Washington que no oculta su foco en los intereses de las clases trabajadoras y de bajos ingresos, dijo, citando datos de la Oficina de Presupuesto del Congreso, que aquélla «benefició desproporcionadamente al 1% más rico» de la población. Ese sector, explicó, capturó el 38% de las desgravaciones aprobadas, mientras que el 20% ubicado en el medio de la escala de ingresos se quedó con un 11%.
En una perspectiva de largo plazo. aquel 1% pasó de capturar el 7,5% del ingreso nacional en 1979 al 17,1% en 2007, antes del estallido de la crisis que, presumiblemente, acentuó la tendencia. El 20% de clase media, en tanto, vio decaer su participación en el ingreso estadounidense del 16,5% al 14,1%. Una etapa que, vale recordar, abarca la «revolución conservadora» de Ronald Reagan, la «tercera vía» de Bill Clinton y los años de Bush hijo.
Lo que está en juego no es sólo una cuestión de equidad. Si de déficit fiscal se habla no puede ignorarse, dicen los autores, que esos beneficios fiscales sumarán entre 2009 y 2019 nada menos que u$s 5,4 billones, el 43% del acumulado previsto para el período.
No deben pasar inadvertidas en este sentido las definiciones de Warren Buffett, dueño de la tercera fortuna del mundo (¡u$s 50.000 millones!), que le rogó ayer a la clase política de su país que deje de regalarle.
La mencionada debilidad fiscal hace que Obama acierte en acelerar la salida de las tropas de las dos guerras que Bush y los republicanos le legaron (junto con la rebaja de impuestos, el déficit y la crisis de las hipotecas). Y dice mucho sobre cuáles serán las posibilidades de Estados Unidos en el mediano plazo de mantener su rol de policía global, algo que ya se vio con su poco elegante paso al costado en la campaña de la OTAN en Libia. La ola de atentados registrada ayer en Irak, la peor del año, constituye un ominoso recordatorio de cuán arriesgado resulta el proyectado mutis por el foro.
El presidente, quien hizo historia como primer negro en llegar a la Oficina Oval, se juega en poco más de un año la posibilidad de buscar revancha o de salir de aquélla sin pena ni gloria y por la puerta de atrás, reduciendo su legado a un mero dato histórico-estadístico.
Además de rezar que el giro a la derecha del Partido Republicano devenga en pulsión suicida a la hora de elegir candidato, Obama necesitará una dosis adicional de arrojo. Acaso esté pensando en lo doloroso que es perder sin siquiera haberse animado a dar una buena pelea.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

