Si ayer se cumplieron diez años de los atentados del 11-S, hoy cabe recordar una década exacta del día en que el mundo, superando a duras penas su inicial y absoluto estupor, pudo volver a pensar el futuro.
«¿Y ahora qué?», era la pregunta. «El mundo no volverá a ser el mismo», era la respuesta de tantos analistas, que, a fuerza de obviedad y vaguedad, no hacían más que atizar el fuego de una incertidumbre que atravesaba todas las fronteras.
Hoy podemos constatar que el mundo en verdad ha cambiado drásticamente, aunque acaso no en la forma imaginada. Después de la brutal irrupción de los fanáticos de Osama bin Laden, las hipótesis de futuros atentados pasaban por la imagen de terroristas provistos de armas nucleares o, cuando menos, de «bombas sucias» capaces de irradiar amplias zonas de grandes ciudades. El temor a que usaran material bacteriológico o químico era igualmente evocado.
Al Qaeda («La Base») se mostró finalmente más como una «marca» del islamismo extremista, una «franquicia» atractiva para «emprendedores» individuales del terrorismo en diversos países, que como una organización verticalmente estructurada. Con todo, su puño se volvió a sentir en Madrid (2004) y Londres (2005), pero la acción internacional coordinada la fue confinando irremediablemente. Bin Laden hoy ya no es ni un cadáver.
Los atentados, se sabe, impulsaron a Estados Unidos a la guerra. A una convencional, con campos de batalla en Afganistán e Irak, y a otra no convencional, llevada adelante por servicios de inteligencia propios y aliados, y lamentablemente librada tantas veces en los sótanos que ocultan la tortura a los ojos del mundo exterior.
AFGANISTÁN E IRAK: DE LAS RAZONES AL ENGAÑO
La invasión estadounidense a Afganistán, poco después de los atentados, parecía justificada. Al fin y al cabo el régimen talibán había convertido al país en el santuario de Al Qaeda y, con su concurso al menos pasivo para la preparación de los ataques, había incurrido en un acto de guerra. El desalojo del poder de esos fanáticos de ciencia ficción, por otro lado, no sería un subproducto que lamentar, dado su desprecio por los derechos humanos de su población, en particular la femenina.
Más incierto resultaba, eso sí, lo que seguiría a su eyección. Lejos de constituir algo superficial, el fenómeno talibán estaba y está fuertemente enraizado en las tradiciones y la estructura tribal afganas, por lo que su derrota no sería otra cosa que cortar un yuyo al ras del suelo.
Diez años después, Estados Unidos logró sacar a los talibanes («estudiantes» islámicos) del poder, pero éstos vuelven a acechar desde sus bastiones rurales. Washington ha sido abandonado en buena medida por varios de sus mayores aliados occidentales y el Pentágono se afana por poner un plazo para retirar a los más de 130.000 soldados que mantiene en el terreno. Ansioso como quien fecha arbitrariamente una mudanza para presionar al arquitecto moroso que no atina a terminar la construcción, pretende entregar en 2014 las responsabilidades de seguridad a las autoridades locales, tan impotentes como siempre en la historia para imponerse como un poder verdaderamente nacional. Mientras, sus soldados combaten, matan y mueren, y el yuyo vuelve a crecer con fuerza renovada desde la tierra profunda.
Irak se presenta como una ecuación algo más fácil de resolver. Aquel miedo popular a las armas de destrucción masiva que podrían pasar a manos terroristas justificó una invasión absurda. Nadie se conduele por el derrocamiento de Sadam Husein, uno de los peores monstruos del siglo XX (lo que es, realmente, mucho decir), y ni siquiera por su destino personal. Lo lamentable fue que la mentira sobre esas armas haya permitido la invasión de un país, derivado en la masacre de decenas de miles de civiles y facilitado la colonización de sus riquezas petroleras, todo con la complacencia de medios de comunicación, analistas y expertos que nunca intentaron realizar, y probablemente de ningún modo conseguirían, un pedido de disculpas a la altura de los males causados.
El premio consuelo era llevar la democracia a la región. La promesa dista de concretarse y, si lo hace, será más por el empuje de los pueblos (como se ha visto en Túnez, Egipto y, al comienzo, en Libia) que por las bombas inteligentes.
El Instituto Watson de Estudios Internacionales calculó en los últimos días que Estados Unidos perdió en la última década 1.749 efectivos en Afganistán y 4.477 en Irak, un total de 6.226. Un contraste fuerte con el piso de 236.500 muertes, en su gran mayoría de civiles, que ha dejado hasta ahora la «guerra contra el terrorismo»: entre 30.400 y 45.600 en Afganistán (¿quién lo sabe en realidad?), 171.000 en Irak, y de 35.000 a 45.000 en Pakistán. ¿Cuántos de los fallecidos fueron civiles? Entre 12.400 y 14.700 afganos y 126.000 iraquíes, según la misma fuente.
Claro que no todas esas muertes son producto del fuego norteamericano; en buena medida corresponden a los estragos provocados por las guerras civiles desatadas tras las invasiones, que en el caso de Irak incluyen la penetración de Al Qaeda, toda una novedad que fue posible sólo debido a la dilución dramática del poder central.
DE GENDARME GLOBAL A POTENCIA IMPOTENTE
Toda una corriente de pensamiento atribuye a las guerras una parte importante del avance económico de los Estados Unidos. Simplismo: lo que encumbró a ese país al rango de superpotencia entre la Primera y la Segunda guerras mundiales fueron los montos en dólares de gasto público que demandaron, no los litros de sangre derramados. Y, en paralelo, la destrucción que las contiendas provocaron en las potencias dominantes hasta entonces.
Este argumento permite justipreciar lo que implicó para el país el costo económico de la persecución global del terrorismo y las guerras en Irak y en Afganistán. Siempre según el mencionado centro de estudios de Rhode Island, los conflictos sumaron nada menos que 3,7 billones de dólares a la deuda pública nacional, un impactante 40% de su monto actual, en concepto de presupuestos, intereses y gastos anexos.
Este tema, el de una deuda que da cuenta de casi el 100% del PBI, subyace a las dificultades técnicas y políticas para que Barack Obama pueda hoy imponer programas fiscales capaces de evitar el camino del país a su segunda recesión en sólo tres años, la que, inevitablemente, arrastraría al resto del mundo. Así, las desmesuras del militarismo de la última década imponen hoy al país salidas más o menos desordenadas de los escenarios de combate, un ajuste de 400.000 millones de dólares del presupuesto del Pentágono en los próximos doce años y un recorte inédito de su capacidad de continuar actuando como el gran gendarme global. El reciente y poco gracioso paso al costado de Obama en la ofensiva de la OTAN contra Libia es, a no dudarlo, un trascendente rasgo de época.
COSTOS QUE FUERON MUCHO MÁS ALLÁ DE LA ECONOMÍA
Pero los daños no han sido sólo económicos. Los hubo de otros tipos, estratégicos, políticos y hasta morales, que también han contribuido a delinear un mundo en buena medida inmanejable para Estados Unidos.
Basta con mirar un mapa para comprobar que las invasiones a Afganistán y a Irak constituyeron un mensaje claro al país que acaso represente en realidad la mayor amenaza global de la actualidad: Irán. Con cientos de miles de soldados estadounidenses al este y al oeste, cuya prometida retirada no será de ningún modo total y dejará en cambio bases militares permanentes, la República Islámica no ha encontrado en la última década más que incentivos estratégicos para persistir en su programa nuclear y, de hecho, acelerarlo. Pensar las relaciones de hostilidad obliga a comprender el punto de vista del adversario. ¿Por qué un Irán consciente del poder nuclear de su gran enemigo regional, Israel, renunciaría a dotarse de uno propio en la actual coyuntura? Ése es, acaso, el tema que George W. Bush debió atender en primer lugar y que, en cambio, decidió relegar a la última página de su agenda.
¿Qué otro camino se esperaba que siguieran los ayatolás iraníes con su sospechado plan nuclear? ¿Desmantelarlo o desmilitarizarlo de modo comprobable, como le reclama Occidente? El ejemplo de Muamar el Gadafi, quien lo borró de un plumazo cuando decidió reconciliarse con el mundo, pero que termina ahora de ser barrido por sus no tan antiguos aliados, es demasiado elocuente de su inconveniencia.
Pero si Irán es un peligro concreto, no es menor el que supone Pakistán. La influencia talibán se irradia desde allí, y su creciente activismo (terrorista, pero también político) se da en el único país musulmán que cuenta hoy efectivamente con un arsenal atómico. Otro foco desatendido por Bush y con el que Barack Obama, como es notorio, no sabe muy bien cómo lidiar.
Con sus más y sus menos, con su Gobierno enfrentado a los terroristas, pero con sus servicios de inteligencia infiltrados por éstos hasta el tuétano, Pakistán, supuesto «aliado clave» en la lucha contra los extremistas, no ha podido explicar todavía qué hacía Bin Laden en su territorio disfrutando de un plácido exilio.
Su doble juego, con todo, ha sido funcional a los aspectos más oscuros de la «guerra antiterrorista»: el secuestro, la desaparición y la tortura de militantes probadamente peligrosos, de sus entornos y, por qué no, de muchos que no han tenido nada que ver.
La base de Guantánamo, donde los sospechosos no tienen ni abogados, ni cargos, ni debido proceso, un antro que Obama había prometido cerrar; Abu Ghraib, la cárcel iraquí de las fotos inolvidables, que mostraban escenas que habrían hecho las delicias de los más sádicos torturadores de Sadam; las recientes pruebas de que sospechosos de terrorismo eran llevados por la CIA a las catacumbas de regímenes como el de Gadafi (cuando éste era un amigo, claro) para que fueran debidamente interrogados, sin los límites de la sensibilidad norteamericana; las evidencias de tormentos sistemáticos, que Obama no sólo decidió no investigar, sino que, habría seguido tolerando, tal como reconoció su exjefe de la CIA y actual secretario de Defensa, Leon Panetta, en ocasión de explicar cómo el «submarino seco» había generado la información que permitió dar con el paradero de Bin Laden… Éstas son sólo algunas postales rápidas de lo mucho que Estados Unidos también dejó en la última década en términos de moral e imagen internacional, acaso poniendo en su lugar aspectos que anteriormente estaban algo sobrevalorados.
Puertas adentro, algunas libertades también resultaron sacrificadas en el altar de la seguridad, tal el modo en que George W. convirtió a toda una sociedad que se presumía libre en objeto de espionaje y escrutinio.
Así repasado, parece claro que el mundo cambió y mucho en los últimos diez años. Afortunadamente, los émulos de Bin Laden parecen languidecer. Pero esas tres mil vidas preciosas no fueron lo único que terminarían arrancándole a Estados Unidos desde aquella todavía incomprensible mañana de fines del verano de 2001.

(Nota publicada en Ambito Financiero).